Albérico Lecchini Albérico Lecchini - rodelu.net
5 de mayo de 2006

Atado a una sillas de ruedas

Albérico Lecchini
La llamanada nueva ley de asilo que fue derogada al entrar en vigencia los tribunales de migración el 31 de marzo pasado, le ha dado oportunidad a miles de solicitantes de asilo de que sus casos sean revisados y tengan una respuesta positiva. Sin embargo en algunos casos el aspecto humanitario que iba a tener una preponderancia clara para definir la suerte del que busca asilo político o humanitario en Suecia, cobra en algunas ocasiones características de una crueldad inusitada en un país que ha firmado la convención de las Naciones Unidas de defensa de los DDHH. Tal es el caso de Dawitt, un eritreano inválido que hace casi cuatro años espera de la Dirección Nacional de Migración una decisión que le otorgue el derecho de asilo.

Una mañana de abril, cuando ya la nieve había desaparecido de los campos labrados y listos para la siembra, llegué a la pequeña ciudad de Hedemora, al sur de Dalarna. En la estación me esperaba John Persson, un ex-funcionario de la comuna, ahora jubilado, que había prometido ser mi guía en un proyecto de reportaje que habíamos convenido antes en un encuentro casual. El tema convenido era la denuncia que la Cruz Roja y la Iglesia sueca estaban levantando por las condiciones en que viven un grupo de lisiados de guerra. Junto a él estaba también Birgitta Westerlund, representante de la Federación de Minusválidos de Suecia, con uqien habíamos convenido que nos acompañara para valorar si las críticas eran corecctas o no.
En su antiguo y ya algo herrumbrado Saab, nos montamos con rumbo a Gussarvsgården, un ya renombrado sitio donde Migración había alojado a los nueve lisiados de guerra. Cuatro de ellos curdos, heridos de bala o por las minas, en combates entre fracciones enemigas curdas o por los últimos estertores del ejército de Sadam. También había eritreanos, ellos con heridas de bala sufridas en los combates entre las tropas eritreanas y etiopíes.

El sol resplandecía sobre el establecimiento pintado con los colores tradicionales rojo sangre y ventanas de color blanco. Una casa que en su tiempo había sido un geriátrico, cerrado hacía tres años luego que la comuna decidiera inhabilitarla por falta de ancianos que pudieran valerse por sí solos para vivir allí. Desde entonces luego de una remozada, había sido alquilada la primera planta por Migración para alojar allí a los lisiados de guerra. Según la jefa de Migraciones de la región de Dalarna de entonces, Majvor Skoglund, la casa estaba completamente equipada para atender a los solicitantes de asilo que por sus heridas estaban condenados a estar sentados en sillas de ruedas. Sin embargo pronto se comprobó que los nueve apartamentos de poco más de 20 metros cuadrados, en realidad dejaban mucho que desear. En uno de ellos nos encontramos con Dawitt, un eritreano que nos esperaba con el pelo revuelto y una sonrisa ancha. Nos saludó y nos hizo pasar al pequeño apartamento. Allí pudimos ver las dificultades que tenía para poder moverse con soltura.
-Desde el primer momento que visitamos el lugar nos dimos cuenta que el local no estaba acondicionado para recibir esta gente. Lo único adaptado a las necesidades de una persona obligada a estar sentada en sillas de ruedas es que las puertas son anchas y no hay marcos, el resto no es para nada adaptado a las limitaciones de ellos, nos cuenta voz John Persson. Birgitta Westerlund, mientras tanto, inspeccionaba con ojo crítico la diminuta kitchinet donde un diminuto fregadero y una cocina de dos hornallas, sin otro espacio, eran el punto central para un frustrado Dawitt, excelente cocinero que hacía lo posible por manejarse con su silla de ruedas en el reducido espacio. Nos había invitado a comer un guiso de cordero típico de Eritrea, acompañado con el pan tradicional, chato, circular y gomoso sobre el que se coloca la carne guisada.

-Aquí podemos ver que la cocina no tiene el espacio abierto inferior para que Dawitt pueda acercarse y tampoco tiene la altura necesaria para que pueda cocinar con comodidad. Tiene que colocar la silla oblicuamente y eso le hace perder fuerzas y el control para hacer la tarea. Corre el riesgo de quemarse las manos o los brazos, señala Birgitta, mientras que Dawitt, con su típica sonrisa, muestra algunas cicatrices en los brazos de las quemaduras pasadas.
-Sí, además cada vez que cocino termino con un dolor de espaldas tremendo, se queja. Dawitt.

Lo habían trasladado hacía un poco más de un año desde Boden a Hedemora con la promesa que iba a estar ubicado en un lugar adaptado a sus necesidades. Así también hicieron con otros del grupo.
-El baño también deja mucho que desear. Como en la cocina los armarios están tan altos que Dawitt no se puede mirar al espejo ni alcanzar lo que necesite. La silla de la ducha, no parece muy estable, afirma moviendo la cabeza desolada la representante de la Federación de Minusválidos de la sección de Dalarna. Esto nunca lo podría aceptar un minusválido sueco, ni tampoco lo alojarían aquí. Lo peor de todo es que no hay alarma,lo que en caso de un accidente puede ser fatal, agrega.

Hace dos meses ocurrió sin embargo lo que Birgitta Westerlund se temía podía pasar. Dawitt cuenta que se cayó de la silla de la ducha y estuvo más de dos horas esperando que alguien lo auxiliara. De haber tenido una alarma en su muñeca, podría haberse evitado la incertidumbre y desesperación de verse tirado sobre el piso mojado sin saber cuando alguien decubriría que algo había pasado.

Dawitt tiene una herida de bala en el centro de la espalda que le destrozó parte de la columna, y lo dejó paralítico de la cintura para abajo. Además le afectó varios órganos vitales que lo obligaron a hacerse varias operaciones, cuyas consecuencias todavía no han sido superadas por su sufrido cuerpo. Haber sobrevido una herida de ese tipo es un milagro. Pero el precio ha sido un constante sufrimiento físico y psíquico. Oculta por la camiseta, abultan las bolsas donde está conectados sus órganos digestivo y urinario. Nuevas operaciones esperan para tratar de eliminar en lo posible que sus necesidades deban evacuarse de esta manera, pero el futuro es incierto.

Dawitt hace casi cuatro años que espera un respuesta positiva a su solicitude de asilo. A pasado por todas las instancias donde la respuesta siempre fue la misma: su caso no reúne las condiciones para que se le otorgue el asilo. A última hora John Persson, hizo la solicitud para que bajo la ley transitoria de asilo le dieran una nueva oportunidad. Su caso todavía no ha sido tratado por los funcionarios de Migración, probablemente deba esperar dos o tres mes más a que su suerte se resuelva definitivamente.

Lo que sí es seguro es que si la respuesta es negativa sus posibilidades de sobrevivir en Eritrea si es repatriado allí, son inexistentes, nos dice John Persson, quien ha consultado con los médicos que han operado a Dawitt. La Cruz Roha de Hedemora y la Iglesia sueca están defendiendo su caso junto a los otros refugiados que viven en Gussarvsgården para que su calidad de vida esté a la altura de cualquier ciudadano que tenga similares problemas. Pero es protesta hasta ahora ha tenido poco eco. La dirección política de la comuna en manos del Partido del Centro y de su alcaldesa Gun Drogge se lava las manos asegurando que es Migración quien tiene la responsabilidad sobre la calidad de la vivienda y el servicio que reciben los refugiados en Gussarvsgården. Además de recalcar que todas las críticas a cómo viven los lisiados en Gussarvsgården “puede resultar negativa, porque la gente puede decir que si no están conformes con lo que tienen, pues que se marchen su país donde seguramente estarán mejor”, nos dijo en una entrevista cuando le preguntamos sobre su responsabilidad política en el caso.

Mientras tanto, el rey Carl Gustav festeja sus 60 años con la pompa habitual de la realeza y medidas de seguridad que paralizan la capital este domingo 30 de abril, con un costo en millones de coronas del bolsillo de los contribuyentes

Ellos, los solicitantes de asilo por el momento están condenados a una vida triste, sin ninguna actividad de recreación, si excluimos la mesa verde de pingpong que en un pasillo oscuro se levanta como un símbolo de la calidad humana de algunos burócratas que todavía ejercen su poder sobre el destino de los que están atados a sus sillas de ruedas.


Alberico Lecchini
Periodista de Radio Suecia Internacional
y del semanario uruguayo Brecha
Lecchini_alberico@hotmail.com
 
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