Mauricio Aira - rodelu.net  

23 de Noviembre de 2003
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Los marginados del Reino de Suecia
Mauricio Aira
En este tiempo moderno se habla mucho de la liberación del hombre, del progreso alcanzado mediante la lucha del movimiento obrero que ha transformado en forma pacífica la sociedad feudal y explotadora en el socialismo democrático de que hoy goza el Reino de Suecia.

Un orden que estaría basado en la voluntad y los esfuerzos de los inviduos y al margen de la opresión, de la falta de libertad a que el poderoso interés capitalista somete al trabajador y en general al ciudadano que tiene que mostrarse activo, ya que un ciudadano pasivo constituye una amenaza contra la democracia.

Lo extraño es que, cuando se trata del socialismo democrático se carga la tinta en aprovechar la fuerza que existe en cada individuo, su voluntad de actividad y de influír sobre su propia situación y sobre la sociedad, en suma un sistema que está basado en la fe, la voluntad y la capacidad de los individuos que tienen dignidad y son iguales ante la Ley y la Autoridad.

Principios muy atractivos y demasiado hermosos para ser ciertos, porque debemos reconocer que tal socialismo ha fracasado cuando se trata de los marginados del Reino, abandonados a su propia suerte y condenados a una muerte en vida, al olvido y a la indignidad.

Tenemos que referirnos a un grupo que en lugar de disminuír y de desaparecer crece y crece sin solución ni voluntad alguna de ponerle un atajo. El grupo se constituye de cuatro grandes subgrupos, los deshabitados o los “hemlösa”, de los alcoholistas, de los drogadictos y de los criminales que cumplieron sus condenas y gozan de libertad. La Sociedad del Reino les ha puesto una marca indeleble y con honrosas excepciones, nadie desea encontrarlos de cerca.

Una de estas excepciones es la del Camping y Pensionado Meros, en la población de Askim, Gotemburgo, cuyo propietario y fundador el misionero pentecostal Jean-Erik Mårtensson se ha puesto a las espaldas el enorme peso de darles protección y reposo dentro de los cinco mil metros de su propiedad particular, desde hace ya muchos años. “Todo empezó cuando una familia de necesitados, nos pidió permiso a mi esposa Elisabeth y a mi persona para pasar la noche en el terreno circundante a nuestra casa”,  cuán lejos estaban los esposos Mårtensson de imaginarse que aquel simple acto, sería el inicio de una actividad que no tiene visos de terminar un día. En efecto, tras de la primera llegó una y otra familia de seres humanos para quienes todo les está prohibido. Ninguna empresa de vivienda les admite como inquilinos y las instituciones del Estado se cansan muy pronto de su presencia, nadie les da trabajo.

Según fue pasando el tiempo, la vivienda de la pareja se fué estrechando y cediendo espacio a hombres y mujeres de las subgrupos sociales  mencionados, añadiendo no pocas veces un quinto grupo el de inmigrantes en vías de solicitar asilo, o cuyas solicitudes están en interminables trámites ante la policía o el departamento de Inmigración. Como los grupos fueron en aumento, se hizo necesario construír barracas con todos los servicios como ser calefacción, agua, electricidad, y los espacios se fueron cubriendo de vagones rodados a modo de viviendas precarias donde los habitantes de este camping original, aprenden a convivir y a observar las reglas elementales de recíproco respeto para compartir techo y alimentos asistidos por un puñado de colaboradores piadosos de Mårtensson.

La colonia de los marginados de nuestra sociedad, llegó a superar por momentos las 60 personas, muchos de ellos remitidos por unidades de asistencia social de los municipios del gran Gotemburgo, pero también de otros distantes, a tal punto que su presencia y su deambular alteró de alguna manera la apasible existencia de los vecinos de Meros.

Algunos de ellos reaccionaron tolerantes al drama humano de individuos que representan según otros una escoria, una costra sangrante de esta sociedad, un contraste con los rostros hermosos y los prototipos que nos presentan la televisión y los grandes diarios. “Estos andrajosos y criminales deberían desaparecer” exclamó más de uno de los vecinos de una residencia cuyos vidrios habían sido destrozados por uno de los huéspedes de Meros. “Es que los que están aquí no son tan criminales para estar en la cárcel, ni tan enfermos para estar en un sanatorio”, nos aclara Jean-Erik, cuando reconoce que se han dado casos, -felizmente esporádicos- de pacientes no del todo repuestos y que han tenido conducta agresiva, “varias veces, Dios ha detenido el instrumento con que quisieron herirnos”, dice Mårtensson que explica que sólo por la Fe y el espíritu cristiano ha sido posible continuar con esta labor.

Ahora bien, los vecinos propietarios de Meros, han visto disminuídos los precios de sus villas y terrenos debido a este factor “es un hecho que la presencia de la policía es casi cotidiana debido a los robos, las peleas, la amenaza que representan estos grupos” explica compungido otro de los vecinos mientras que “la policía está aquí casi todos los dias, a pedido nuestro en previsión de lo que pudiera ocurrir”, replica el pentecostal aclarando. Según las estadísticas la criminalidad de la zona, no es muy diferente a la de otras zonas circundantes a las grandes ciudades del Reino. Los vecinos aseguran que el precio de sus bienes ha bajado ostensiblemente.

¿Porqué nos ocupamos de tema tan escabroso cuando resulta tan placentero escribir sobre asuntos inocuos que no provocan urticaria? Es que Meros, o sea, los grupos de los marginados del Reino están a punto de ser desalojados por la presión de los vecinos y la promesa que dió el Alcalde Göran Johansson para “solucionar de una vez el problema”, mediante la remisión de los huéspedes de Askim, a otras zonas, a otras casas. Recientemente se supo que se presentaron firmas de ciudadanos de Angered rechazando la propuesta de construír allí una residencia parecida a la de Meros. “No queremos tener a estos marginados en la vecindad” fue el principal argumento. La pregunta surge sola. ¿Dónde encontrarán un oasis los marginados del Reino, al ser echados de Meros?

23 de Noviembre de 2003

Mauricio Aira
Periodista boliviano
mauricio.aira@comhem.se

 
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