Mauricio Aira - rodelu.net  

23 de Julio de 2004
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Ningún respeto
por Pinochet
Mauricio Aira
Nadie en el mundo puede arrogarse el derecho de privar de la vida a otro semejante. El derecho para matar, queda bien como una caricatura en los films infantiles del James Bond, o agente secreto 007, pero no en la vida real. Los que pasaron por la historia y se consideraron superhombres, con potestad de dioses, de poner fin a la vida humana, han sido aplastados por una condena general y su imagen aborrecida y despreciada. 
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De los dictadores más sanguinarios no queda sino un horrendo recuerdo, Napoleón, Hitler, Mussolini, Stalin, Franco, Stroessner, Pinochet. Para decirlo gráficamente, las generaciones actuales han escupido en el rostro a los criminales, que a título de salvadores de sus “patrias” cortaron las cabezas de ciudadanos de su propia bandera.

A la mínima conmiseración que guardaba un pequeno sector del colectivo sudamericano, en atención a su vejez y condición senil, Pinochet ha perdido esa sombra de estima, merced a las recientes revelaciones de un banco norteamericano, que por encargo del Senado, especialmente de los representantes del Partido Demócrata de los Estados Unidos, ha mostrado el manejo secreto de cuentas millonarias por el mismo sanguinario dictador.

Lo que todavía resulta extraño ante la conciencia democrática y humanista del Continente Sur, es la desvergüenza de los tribunales de justicia de Chile, que no terminan de despojar de su inmunidad a Pinochet. Cómo puede ser posible que mientras Argentina y Bolivia han seguido el proceso judicial a los dictadores Jorge Videla y otros cinco más y Luis García Meza, y los han puesto entre rejas con una condena de por vida (30 años sin derecho a indulto en el caso del boliviano) el aparato judicial de Chile, que se jacta de ser una República ejemplar en muchos sentidos no hubiera podido encarcelar hasta el dia de hoy al carnicero de la historia mapochina. Salvo el grupo de patriotas chilenos, profundamente demócratas y de conciencia revolucionaria que nos han demostrado su empeño en castigar al culpable, éste continúa paseándose por doquier, viajando de un extremo a otro de Chile, gozando “de buena salud” y burlándose de la Justicia.

No bastó que los jueces de Estados Unidos que castigaron la afrenta del asesinato de Orlando Letelier en pleno centro de Wáshington, hubiesen perseguido y descubierto toda la marana del crimen por el que se condenó a los principales autores del estallido del coche bomba, que mató al ex-canciller y ex-embajador chileno ante la Casa Blanca. Millones de dólares y varios largos años costó la investigación, que merced a un fiscal tenaz y justiciero logró rasgar el secreto que los incondicionales de Pinochet trataron de enterrar bajo tierra. Felizmente para nosotros los mortales, no hay mal que dure cien años, y no hay secreto que no se acabe, ni crimen que no se castigue. El informe de la CIA, y del poder judicial de los Estados Unidos, proporcionó al mundo entero los cien detalles del crimen contra Letelier (1975) y la esposa de su asistente y llevaron tras las rejas a Manuel Contreras el segundo de a bordo, fiel ejecutor de las órdenes de Pinochet como declaró el autor material del asesinato Michael Townley, que cambió sus revelaciones por la protección judicial y vive con otra identidad en algún lugar del mundo.

Por razones obvias, la Justicia de USA detuvo su mano justiciera en Contreras y su primer subordinado Pedro Espinoza, para no tocar al jefe del sindicato del crimen, puesto que en aquel momento pudo haber provocado una hecatombe y un terremoto político en todo el continente, sin embargo, ninguno que haya leído alguno de los diez libros que se han escrito sobre este episodio negro de la vida de Chile, empezando por los testimonios apasionantes de Carlos Fuentes y de las ediciones extras, perfectamente documentadas de La Nación de Buenos Aires y del diario El País de Madrid, podrá poner en duda, que todo apunta a Pinochet como el máximo autor de éste y otros tenebrosos crímenes. “Contreras y la DINA (hoy desaparecido organismo represor pinochetista) no mueven un pelo, sin que el Comandante en Jefe esté informado”, para explicar que por lo menos tres veces al día, Contreras daba el parte a su mandamás.

Por la dignidad de la justicia chilena, por la dignidad de la democracia de nuestra América, se impone el castigo ejemplar a Pinochet, por sus crímenes, por la destrucción de la Institucionalidad, por apropiación indebida de los recursos del Estado, por haber engañado y burládose de la humanidad entera.
La sangre de sus víctimas y el honor de la Justicia reclaman el castigo.

21 de Julio de 2004

Mauricio Aira
Periodista boliviano
mauricio.aira@comhem.se

 
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