Sexo y poder:
para una semiótica de la violencia
En 1992 el chileno Ariel Dorfman estrenó su obra La muerte
y la doncella. Aunque sin referencias explícitas, el drama
alude a los años de la dictadura de Augusto Pinochet y a los
primeros años de la recuperación formal de la democracia en
Chile. Paulina Salas es el personaje que representa a las
mujeres violadas por el régimen y por todos los regímenes
dictatoriales de la época, de la historia universal, que
practicaron con sadismo la tortura física y la tortura moral.
La violación sexual tiene, en este caso y en todos los demás,
la particularidad de combinar en un mismo acto casi todas las
formas de violencia humana de las que son incapaces el resto
de las bestias animales. Razón por la cual no deberíamos
llamar a este tipo de bípedos implumes animales sino
cierta clase tradicional de hombre.
Jorge Majfud
Escritor uruguayo y profesor de literatura latinoamericana
en la Universidad de Georgia, EE.UU.
Otro
personaje de la obra es un médico, Roberto Miranda, que
también representa a una clase célebre de sofisticados
colaboradores de la barbarie: casi siempre las sesiones de
tortura eran acompañadas con los avances de la ciencia:
instrumentos más avanzados que los empleados por la antigua
inquisición eclesiástica europea, como la picana eléctrica;
métodos terriblemente sutiles como el principio de
incertidumbre, descubierto o redescubierto por los nazis
en la culta Alemania de los años treinta y cuarenta. Para toda
esta tecnología de la barbarie era necesario contar con
técnicos con muchos años de estudio y con una cultura enferma
que la legitimara. Ejércitos de médicos al servicio del
sadismo acompañaron las sesiones de tortura en América del
Sur, especialmente en los años de la mal llamada Guerra Fría.
El tercer personaje de esta obra es el esposo de
Paulina, Gerardo Escobar. El abogado Escobar representa la
transición, aquel grupo encargado de zurcir con pinzas las
sangrantes y dolorosas heridas sociales. Como ha sido común en
América Latina, cada vez que se inventaron comisiones de
reconciliación se apelaron primero a necesidades políticas
antes que morales. Es decir, la verdad no importa tanto como
el orden. Un poco de verdad está bien, porque es el reclamo de
las víctimas; toda no es posible, porque molesta a los
violadores de los Derechos Humanos. Quienes en el Cono Sur
reclamamos toda la verdad y nada más que la verdad,
fuimos calificados invariablemente de extremistas, radicales y
revoltosos, en un momento en que era necesaria la paz. Sin
embargo, como ya había observado el ecuatoriano Juan Montalvo
(Ojeada sobre América, 1866), la guerra es una
desgracia propia de los seres humanos, pero la paz que tenemos
en América es la paz de los esclavos. O, dicho en un lenguaje
de nuestros años setenta, es la paz de los cementerios.
Paulina lo sabe. Una noche su esposo regresa a
casa acompañado por un médico que amablemente lo auxilió en la
ruta, cuando el auto de Gerardo se descompuso. Paulina
reconoce la voz de su violador. Después de otras visitas,
Paulina decide secuestrarlo en su propia casa. Lo ata a una
silla y lo amenaza para que confiese. Mientras lo apunta con
un arma, Paulina dice: “Pero no lo voy a matar porque sea
culpable, doctor. Lo voy a matar porque no se ha arrepentido
un carajo. Sólo puedo perdonar a alguien que se arrepiente de
verdad, que se levanta ante sus semejantes y dice esto yo lo
hice, lo hice y nunca más lo voy a hacer”.
Finalmente
Paulina libera a su supuesto torturador sin lograr una
confesión de la parte acusada. No se puede acusar a Dorfman de
crear una escena maniqueísta donde Paulina no toma venganza,
acentuando la bondad de las víctimas. No, porque la historia
presente no registra casos diferentes y mucho menos éstos han
sido la norma. La norma, más bien, ha sido la impunidad, por
lo cual podemos decir que La muerte y la doncella es un
drama, además de realista, absolutamente verosímil. Además de
estar construido con personajes concretos, representan tres
clases de latinoamericanos. Todos conocimos alguna vez a una
Paulina, a un Gonzalo y a un Roberto, aunque no todos pudieron
reconocerlos por sus sonrisas o por sus voces
amables.
Un problema que se deriva de este drama
trasciende la esfera social, política y tal vez moral. Cuando
el esposo de Paulina observa que la venganza no procede porque
“nosotros no podemos usar los métodos de ellos, nosotros somos
diferentes”, ella responde con ironía: “No es una venganza.
Pienso darle todas las garantías que él me dio a mí”. En
varias oportunidades Paulina y Roberto deben quedarse solos en
la casa. Sin la presencia conciliadora y vigilante del esposo,
Paulina podría ejercer toda la violencia contra su violador.
De esta situación se deriva un problema: Paulina podría
ejercer toda la fuerza física hasta matar al médico. Incluso
la tortura. Pero, ¿cómo podría ejercer la otra violencia, tal
vez la peor de todas, la violencia moral? “Pienso darle todas
las garantías que él me dio a mí”, podría traducirse en
“pienso hacerle a él lo mismo que él me hizo a mí”.
Es
entonces que surge una significativa asimetría: ¿Por qué
Paulina no podría violar sexualmente a su antiguo violador? Es
decir, ¿por qué ese acto de aparente violencia, en un nuevo
coito heterosexual, no resultaría una humillación para él y sí
una nueva humillación para ella?
En mi novela La
reina de América (2001) cuando la protagonista logra
vengarse de su violador, ahora investida con el poder de una
nueva posición económica, contrata a hombres que secuestran al
violador y, a su vez, lo violan en una relación forzosamente
homosexual mientras ella presencia la escena, como en un
teatro, la violencia de su revancha. ¿Por qué no podía ser
ella quien humillara personalmente al agresor practicando su
propia heterosexualidad? ¿Por qué esto es imposible? ¿Es parte
del lenguaje ético-patriarcal que la víctima debe conservar
para vengarse? ¿Deriva, entonces, tanto la violencia moral
como la dignidad, de los códigos establecidos por el propio
sexo masculino (o por el sistema de producción al que responde
el patriarcado, es decir, a la forma de sobrevivencia agrícola
y preindustrial)?
Octavio Paz, mejorando en El
laberinto de la soledad (1950) la producción de su
coterráneo Samuel Ramos (El perfil del hombre en la cultura
de México, 1934), entiende que “quien penetra” ofende,
conquista. Abrirse (ser chingado, rajarse),
exponerse es una forma de derrota y humillación. Es hombría
no rajarse. Abrirse, significa una traición.
Rajada es la herida femenina que no cicatriza. El mismo
Jean-Paul Sarte veía al cuerpo femenino como portador de una
abertura.
Opuesto a la virginidad de María
(Guadalupe), está la otra supuesta madre mexicana: la
Malinche, la chingada. Desde un punto de vista
psicoanalítico, son equiparables -¿sólo en la psicología
masculina, portadora de los valores dominantes?- la tierra
mexicana que es conquistada, penetrada por el
conquistador blanco, con Marina, la Malinche que abre
su cuerpo. (El conquistador que sube a la montaña o pisa la
Luna, ambos sustitutos de lo femenino, no clava solo una
bandera; clava una estaca, un falo.) Malinche no hace algo muy
diferente que los caciques que le abrieron las puertas al
bárbaro de piel blanca, Hernán Cortés. Malinche tenía más
razones para detestar el poder local de entonces, pero la
condena su sexo: la conquista sexual de la mujer, de la madre,
es una penetración ofensiva. La traición de los otros jefes
masculinos -olvidemos que eran tribus sometidas por otro
imperio, el azteca- se olvida, no duele tanto, no significa
una herida moral.
Pero es una herida colonial. El
patriarcado no es una particularidad de las antiguas
comunidades de base en la América precolombina. Más bien es un
sistema europeo e incipientemente, un sistema de la cúpula
imperial inca y azteca. Pero no de sus bases donde todavía la
mujer y los mitos a la fertilidad -no a la virginidad-
predominaban. La aparición de la virgen india ante el indio
Juan Diego se hace presente en la colina donde antes era de
culto de la diosa Tonantzin, nuestra madre, diosa de la
fertilidad entre los aztecas.
Ahora, más acá de
este límite antropológico, que establece la relatividad de los
valores morales, hay elementos absolutos: tanto la víctima
como el victimario reconocen un acto de violación: la
violencia es un valor absoluto que ambos reconocen y que el
más fuerte decide ejercer sobre el más débil. Esto es
fácilmente definido como un acto inmoral. No hay dudas en su
valor presente.
La especulación, el cuestionamiento de
cómo se forman esos valores, esos códigos a lo largo de la
historia humana pertenecen al pensamiento especulativo. Nos
ayudan a comprender el por qué de una relación humana,
de unos valores morales; pero son absolutamente innecesarios a
la hora de reconocer qué es una violación a los derechos
humanos y qué no lo es. Por esta razón, los criminales no
tienen perdón de la justicia humana -la única que depende de
nosotros, la única que estamos obligados a comprender y
reclamar.
The University of Georgia, 10 de diciembre de 2006