Jorge Majfud - rodelu.net |
17 de diciembre de 2006
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Los cabellos blancos de un presidente
El pasado lunes por
la noche, el presidente de Brasil, Luiz Ignacio Lula da Silva, fue homenajeado
por la revista Istoé, que lo eligió Brasileiro do Ano. Significativamente,
la revista entregó otras distinciones: IstoÉ Dinheiro e IstoÉ Gente, que
puestos en su propio contexto podrían significar dos premios redundantes.
Jorge Majfud
Escritor uruguayo y profesor de literatura latinoamericana
en la Universidad de Georgia, EE.UU.
El texto de AFP,
repetido por una docena de diarios del continente, dice: “Las cosas
evolucionan de acuerdo con la cantidad de cabellos blancos y
la responsabilidad que uno tiene’, dijo Lula, de 61 años, señalando sus
canas en un improvisado discurso”. Y más adelante: “‘Si uno conoce
a un izquierdista muy viejo es porque debe estar con
problemas’, dijo el presidente arrancando carcajadas y aplausos del público
formado por empresarios políticos y artistas”.
En algo llevan
razón sus palabras: los viejos izquierdistas como seu Luiz ya no son
izquierdistas porque resolvieron sus problemas. No obstante, aunque se refuta a
sí mismo, el mensaje fue leído sin ambigüedades por todo un continente y por
los hilarantes empresarios: el presidente convertido a la sensatez se refería a
los problemas psicológicos e ideológicos de quienes ya no piensan como él. Lo
cual constituye la tesis central y el único recurso dialéctico de libros como Manual del perfecto idiota latinoamericano:
la mera calificación de las facultades mentales del adversario.
Analicemos brevemente el silogismo planteado.
En la antigüedad,
para reclamar respeto se aludían a las blancas barbas. Seu Luiz tiene barba
pero el nuevo pudor ideológico le impide aludir a su pasado remanente y al
dramático travestismo ideológico que supone el encanecimiento de aquellas
barbas, más de una vez en remojo. El antiguo aforismo que pretende recordar y
confirmar la sabiduría —política— de los hombres que peinan canas, sólo nos
garantiza que dicho discurso proviene de un anciano. En este caso, de un
anciano en el poder. En Informe sobre
ciegos (1961), Ernesto Sábato decía, por boca de un canalla: “al sustantivo
‘viejito’ inevitablemente anteponen el adjetivo ‘pobre’, como si todos no
supiéramos que un sinvergüenza que envejece no por eso deja de ser sinvergüenza,
sino que, por el contrario, agudiza sus malos sentimientos con el egoísmo y el
rencor que adquiere o incrementa con las canas”. Canalla, pero irrefutable. Por culpa de este
tipo de canallas, un “pobre viejito” como el recientemente fallecido General
Augusto Pinochet debió ser cremado para que su tumba —según sus familiares— no
se convierta en un santuario de protestas y profanaciones. En India la cremación
tiene una finalidad semejante: así se evita la continuación del samsara, la indeseable reencarnación del
fallecido.
América Latina
posee una larga historia de caudillos que ascienden al poder por la escalera de
la izquierda y luego se sostienen aferrándose al pasamano de la derecha. Entre
los recursos narrativos más recurrentes del poder de turno ha estado siempre la
falsa alternativa del “justo medio”. A las confesiones aplaudidas por los
empresarios en San Pablo, el compañero Lula, agora o seu Luiz, agregó que, como
en toda conducta humana, lo ideal es el “camino del medio” y el “equilibrio”.
Entre México y
Buenos Aires existe una distancia con un inequívoco punto medio. El problema es
calcular ese punto medio en un orden político, social, donde se disputan el
negro y el oscuro como si fuesen dos opciones radicales. ¿Cuál es el punto
medio cuando un niño llora de hambre o ni siquiera tiene fuerzas para llorar? ¿Cuál
era el camino del medio cuando Hernán Cortés quemaba ciudades enteras y
decapitaba hombres y mujeres indefensas? ¿Cuál era el camino del medio cuando
hasta ayer los dictadores militares o caudillos más pequeños en nuestro
continente disponían de países enteros como un hacendado dispone de su ganado? ¿Existe
un sabio camino del medio entre los
violadores de los Derechos Humanos y aquellos radicales que por años reclamaron
la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad cuando pensaban que habían
recuperado la democracia? ¿Se puede ser medio
criminal, medio violador, medio hipócrita? ¿Qué significa
equilibrio para una sociedad que produce
indistintamente palacios y favelas?
Los dilemas que se
usan en política para establecer un equilibrio,
un punto medio, casi siempre son
falsos; como el juego de regateo en un mercado, que deja contento al cliente
que paga de más al lograr un precio algo más bajo que el inicial propuesto por
el vendedor. Por supuesto que todos valoramos el equilibrio entre los reclamos
y los logros humanos, pero el problema surge cuando tomamos este precepto y lo
generalizamos a rajatabla por una razón de conveniencia personal o de clase o
de gremio: no es lo mismo un equilibrio entre las posibilidades materiales y el deseo,
que el equilibrio entre la justicia y la violación de los derechos.
Cuando el mismo presidente
Lula subió al poder con su utópico slogan Fome
Zero (Hambre Cero), no estaba proponiendo un camino del medio sino una opción
radical. Radical e inexcusable en un país donde el Estado invierte millones
para proteger mansiones improductivas mientras las cifras de niños muertos
antes de los cinco años es de 35 cada mil, bastante mayor que la de países como
Panamá (24 cada mil) o Chile (9 cada mil). El natural fracaso de una propuesta
radical como la de Fome Zero no
debería significar cambiarse hipócritamente de bando sino morir insistiendo en
un derecho humano, irrenunciable, honrosamente radical. En este caso, la
derrota ante la realidad no es tan vergonzosa como el discurso ideológico que
pretende justificarla con frases dictadas por los constructores y los
narradores de esa misma realidad.
Claro, cambiar no
es malo. Todo lo contrario. La historia de las posiciones religiosas,
científicas, filosóficas y políticas es rica en todo tipo de cambios, con
frecuencia cambios dramáticos. En el mundo de las pasiones y del pensamiento estos
virajes son comunes y a veces célebres: es el caso de Jean-Paul Sarte o de Mario
Vargas Llosa. Del primero, Octavio Paz dijo que tantos cambios afeaban su obra.
Del segundo se dijeron cosas peores, quizás porque, al menos hasta ayer, se
consideraba que la cultura era un campo de batalla que sirve o se resiste al
poder de turno. Renegar o no tomar posición era una forma de traición. En el
caso de Ernesto Sábato los cambios y las rupturas han sido dramáticas
y abundantes. De forma extraña, todas estas contradicciones filosóficas —para
no llamarlas simplemente políticas— se asociaron a una coherencia existencial y,
finalmente, a la coherencia, a secas.
Ahora, atribuir los
cambios a una mayor sabiduría simplemente es un engaño de las apariencias que
peinan canas. Einstein revolucionó las ciencias físicas con veinticinco años. Diez
años después, en 1915, logró una de sus últimas proezas intelectuales: la generalización
de su Teoría de la Relatividad. Desde
entonces hasta que murió en 1955 se pasó toda la vida negando las posibilidades
de gran parte de la física cuántica, aquella que tendría más éxito que su
frustrada búsqueda de una teoría determinista y unificadora, al mejor estilo de
la ciencia del siglo XIX —en lo que respecta al determinismo— y de la filosofía
del siglo V a. C., en lo que respecta al precepto epistemológico de la verdad unitaria.
Una broma común dice: “Si los padres saben más que los hijos, ¿por qué el padre
de Edison no inventó la bombita de luz?”.
Las canas, señor
Presidente, pueden significar más experiencia, sí. Pero no garantizan mucho más
que eso. Más experiencia puede ser una buena base para la sabiduría o para una
de las formas de la estupidez, como lo es la misma creencia de que la
experiencia produce ideas. Esta superstición ha sido refutada en todos los
laboratorios del mundo pero se mantiene viva gracias al orgullo senil de
quienes ya no tienen ideas.
Señor presidente,
resulta patético justificar un travestismo ideológico con las ideas del pato
Donald al mismo tiempo que se señala sus propias canas como si fuesen las canas
de Einstein —ya que no las de Marx—. ¿Qué nuevo acto de fe es necesario para
creer en sus nuevas opiniones? ¿Qué nuevo acto de hipocresía es necesario para reírse
a carcajadas junto con sus comensales del Gran Empresariado Tercermundista en
otro de sus clásicos delirios de grandeza? Dejarse crecer el pelo blanco no ayuda
mucho en la comprensión de una ecuación geodésica. Sólo lo asemejaría a usted
aún más a Benny Hill.
Sinceramente, señor
presidente, no me interesa defender aquella izquierda que lo llevó al poder de
su país. Soy demasiado escéptico y probablemente demasiado cínico como para
creer en discursos de izquierda, de centro o de derecha. Tal vez me repugne
menos la demagogia de un discurso callejero que la hipocresía de una cena con
champagne. Pero si vamos a analizar la profundidad de los pensamientos de esa
sabiduría encarnada ahora por usted, podríamos comenzar por las siguientes
conclusiones: (1) que habitualmente los hombres y mujeres de izquierda se vuelvan
viejos y viejas de derecha no garantizan a nadie su sabiduría; rigurosamente,
del silogismo planteado sólo se deduce que (2) la derecha está, como cualquier
viejito canoso, más cerca del poder y de la muerte que la izquierda. Por lo
cual habría que felicitar a los viejitos izquierdistas por su espíritu juvenil.
The University of Georgia, 13 de diciembre de 2006
Jorge Majfud
Escritor uruguayo
http://majfud.50megs.com/
majfud@majfud.org
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