Jorge Majfud Jorge Majfud - rodelu.net
1 de marzo de 2007

Unas 40 personas integrantes del grupo "10 de Setiembre de 1815" hijos y nietos de aspirantes a colonos de las zonas de La Aldea, Cerro de Pastoreo, Zapará, Quiebra Yugos, Luján, La Matutina y Cerro de Vera coparon ayer el frente del Instituto de Colonización reclamando tierras para “trabajar”.
El Avisador, Tacuarembó 28 de febrero de 2007

Razón y significado
de los eternos reclamos

Aunque desconozco a los integrantes del grupo "10 de Setiembre de 1815", razón por la cual no tomo posición a favor ni en contra de las personas concretas que lo integran, quisiera manifestar desde aquí mi apoyo a una causa antigua en América Latina, como lo es la redistribución de tierras en una medida mínima.
Jorge Majfud
Escritor uruguayo y profesor de literatura latinoamericana
en la Universidad de Georgia, EE.UU.

Si bien es cierto que nuestro siglo XXI ya no puede basar sus economías exclusivamente en el minifundio, no es menos cierto que la marginación económica (impuesta por la violencia moral de las ideologías enquistadas en el poder social), es una causa popular urgente en cualquier progreso social e histórico. Se me podrá decir que esa vieja causa latinoamericana no existió en Estados Unidos, el paradigma del desarrollo económico, etc. Pero la respuesta es muy fácil: En Estados Unidos no hubo movimientos de reformas agrarias ni movimientos de Liberación porque este país no se fundó sobre los latifundios de una sociedad aristocrática, como en América Latina, sino en una inicial distribución infinitamente más equitativa de los colonos que trabajaban para sí mismo, como lo quería José Artigas, y no para el Rey o para el hacendado. No por casualidad José Artigas y Simón Bolívar, cansados de ser usados en el bronce, no fueron mitos griegos sino hombres comunes pero llenos de ideales que debieron ver cómo se derrumbaban ante una sociedad refractaria y aristocrática hasta la médula.

No es casualidad que los fundadores de los originales Estados Unidos del norte —sin pretender desconocer todos sus defectos— se consideraron exitosos en sus proyectos radicalmente revolucionarios, populistas, y antiimperialistas, mientras que nuestros líderes latinoamericanos murieron amargados cuando no en el exilio. Estos detalles no se suelen comentar en los monumentos ni en los himnos nacionales: tuvimos independencias políticas, pero no revoluciones sociales; no tuvimos independencia económica ni independencia intelectual. Como decían los caudillos de la época, las "leyes se respetan pero no se cumplen", lo que recordaba al absolutismo de Luis XIV: "l'Etat c'est Moi". Y así tuvimos constituciones republicanas e idealistas, casi siempre copias de la norteamericana, pero con una diferencia: la realidad las contradecía. Quizás el ejemplo más digno en América latina de democracia progresista la dio el mismo Uruguay a principios de siglo XX, hasta que la vieja tradición oligárquica abortó aquel proceso de modernización humanística.

En América Latina fuimos el remedo de un discurso que ni siquiera se aplicaba en los centros desarrollados del mundo, pero que servía a la oligarquía criolla y mantenía sumergidos al resto de las poblaciones. Tan violenta fue esta moralización, que cuando los indios bolivianos o peruanos reventaban sistemáticamente a los treinta años por los trabajos animales que debían hacer, a veces con orgullo ajeno y casi siempre con desgano propio, se los llamaba indefectiblemente "vagos".

Si bien ese sistema feudal (típico de Brasil y de tantos países latinoamericanos que incluía peones casi gratis, con derecho a un día al mes para ser persona, o al sistema del "pongueo" que impedía el desarrollo agropecuario e industrial) existía al sur de Estados Unidos, éste sistema anacrónico fue vencido por las fuerzas progresistas y antiesclavistas del norte, en la segunda mitad del siglo XIX. En América Latina no. Esta estructura, vertical y aristocrática de nuestro continente, sirvió a la explotación propia y al propio subdesarrollo y benefició a las potencias mundiales de turno, quienes no fueron tan tontas como para sostener discursos morales de la vieja aristocracia. Mientras tanto, nuestra "heroica" oligarquía (los "padres del pueblo"), desparramaba el discurso desmoralizador hacia quienes reclamaban mayor equidad social y económica: eran vagos, izquierdistas "vendepatria", "antipatriotas". Según este discurso aceptado casi por unanimidad por los mismos esclavos, quienes se oponían al Orden heredado eran holgazanes que querían vivir del Estado, como si la oligarquía no se sirviese de la misma violencia de este Estado para sostener sus intereses y privilegios, muchas veces apoyando las dictaduras de turno que significativamente llamaban "salvadoras" y que luego "combatieron" en el discurso para presentarse como los eternos "salvadores de la patria" y volver a instaurar el mismo statu quo aristocrático, razón misma del atraso histórico de nuestras sociedades. Así, el negocio era doble pero también era doble la insatisfacción: los de abajo y los de arriba estaban de acuerdo en algo: "las cosas en este país no funcionan" o "a este país no lo salva nadie", etc. Pero de reformas, nada.

Por esta breve y rápida nota, manifiesto abiertamente mi apoyo a luchas de ese tipo. No apoyo la violencia. Pero no la apoyo porque sobre todo la considero una buena y recurrente excusa para desprestigiar a quienes luchan por la justicia social, lucha humanística que se iniciara en el siglo XV y que se continúa hoy. Por esa razón no apoyo la violencia, pero no porque permanezca en ese estado de ingenuidad que se niega a reconocer que la violencia no nace con quienes reclaman derechos históricos sino con quienes históricamente se han apoderado de todos los derechos, haciendo de nuestros sufridos países bastiones conservadores de antiguos feudos e impidiendo no sólo el progreso material sino, lo que es peor, el progreso y la justicia social e individual, pilar de cualquier humanismo que se tenga respeto.

28 de febrero de 2007


Jorge Majfud
Escritor uruguayo
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majfud@majfud.org
 
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