Unas 40 personas integrantes del grupo "10 de Setiembre de 1815" hijos y
nietos de aspirantes a colonos de las zonas de La Aldea, Cerro de Pastoreo,
Zapará, Quiebra Yugos, Luján, La Matutina y Cerro de Vera coparon ayer el
frente del Instituto de Colonización reclamando tierras para “trabajar”.
El Avisador, Tacuarembó 28 de febrero de 2007
Razón y significado
de los eternos reclamos
Aunque desconozco a los
integrantes del grupo "10 de Setiembre de 1815", razón por la cual no tomo
posición a favor ni en contra de las personas concretas que lo integran,
quisiera manifestar desde aquí mi apoyo a una causa antigua en América
Latina, como lo es la redistribución de tierras en una medida
mínima.
Jorge Majfud
Escritor uruguayo y profesor de literatura latinoamericana
en la Universidad de Georgia, EE.UU.
Si bien es cierto que nuestro siglo XXI ya no puede basar
sus economías exclusivamente en el minifundio, no es menos cierto que la
marginación económica (impuesta por la violencia moral de las ideologías
enquistadas en el poder social), es una causa popular urgente en cualquier
progreso social e histórico. Se me podrá decir que esa vieja causa
latinoamericana no existió en Estados Unidos, el paradigma del desarrollo
económico, etc. Pero la respuesta es muy fácil: En Estados Unidos no hubo
movimientos de reformas agrarias ni movimientos de Liberación porque este
país no se fundó sobre los latifundios de una sociedad aristocrática, como
en América Latina, sino en una inicial distribución infinitamente más
equitativa de los colonos que trabajaban para sí mismo, como lo quería
José Artigas, y no para el Rey o para el hacendado. No por casualidad José
Artigas y Simón Bolívar, cansados de ser usados en el bronce, no fueron
mitos griegos sino hombres comunes pero llenos de ideales que debieron ver
cómo se derrumbaban ante una sociedad refractaria y aristocrática hasta la
médula.
No es casualidad que los fundadores de los originales
Estados Unidos del norte —sin pretender desconocer todos sus defectos— se
consideraron exitosos en sus proyectos radicalmente revolucionarios,
populistas, y antiimperialistas, mientras que nuestros líderes
latinoamericanos murieron amargados cuando no en el exilio. Estos detalles
no se suelen comentar en los monumentos ni en los himnos nacionales:
tuvimos independencias políticas, pero no revoluciones sociales; no
tuvimos independencia económica ni independencia intelectual. Como decían
los caudillos de la época, las "leyes se respetan pero no se cumplen", lo
que recordaba al absolutismo de Luis XIV: "l'Etat c'est Moi". Y así
tuvimos constituciones republicanas e idealistas, casi siempre copias de
la norteamericana, pero con una diferencia: la realidad las contradecía.
Quizás el ejemplo más digno en América latina de democracia progresista la
dio el mismo Uruguay a principios de siglo XX, hasta que la vieja
tradición oligárquica abortó aquel proceso de modernización
humanística.
En América Latina fuimos el remedo de un discurso que
ni siquiera se aplicaba en los centros desarrollados del mundo, pero que
servía a la oligarquía criolla y mantenía sumergidos al resto de las
poblaciones. Tan violenta fue esta moralización, que cuando los indios
bolivianos o peruanos reventaban sistemáticamente a los treinta años por
los trabajos animales que debían hacer, a veces con orgullo ajeno y casi
siempre con desgano propio, se los llamaba indefectiblemente
"vagos".
Si bien ese sistema feudal (típico de Brasil y de tantos
países latinoamericanos que incluía peones casi gratis, con derecho a un
día al mes para ser persona, o al sistema del "pongueo" que impedía el
desarrollo agropecuario e industrial) existía al sur de Estados Unidos,
éste sistema anacrónico fue vencido por las fuerzas progresistas y
antiesclavistas del norte, en la segunda mitad del siglo XIX. En América
Latina no. Esta estructura, vertical y aristocrática de nuestro
continente, sirvió a la explotación propia y al propio subdesarrollo y
benefició a las potencias mundiales de turno, quienes no fueron tan tontas
como para sostener discursos morales de la vieja aristocracia. Mientras
tanto, nuestra "heroica" oligarquía (los "padres del pueblo"),
desparramaba el discurso desmoralizador hacia quienes reclamaban mayor
equidad social y económica: eran vagos, izquierdistas "vendepatria",
"antipatriotas". Según este discurso aceptado casi por unanimidad por los
mismos esclavos, quienes se oponían al Orden heredado eran holgazanes que
querían vivir del Estado, como si la oligarquía no se sirviese de la misma
violencia de este Estado para sostener sus intereses y privilegios, muchas
veces apoyando las dictaduras de turno que significativamente llamaban
"salvadoras" y que luego "combatieron" en el discurso para presentarse
como los eternos "salvadores de la patria" y volver a instaurar el mismo
statu quo aristocrático, razón misma del atraso histórico de nuestras
sociedades. Así, el negocio era doble pero también era doble la
insatisfacción: los de abajo y los de arriba estaban de acuerdo en algo:
"las cosas en este país no funcionan" o "a este país no lo salva nadie",
etc. Pero de reformas, nada.
Por esta breve y rápida nota,
manifiesto abiertamente mi apoyo a luchas de ese tipo. No apoyo la
violencia. Pero no la apoyo porque sobre todo la considero una buena y
recurrente excusa para desprestigiar a quienes luchan por la justicia
social, lucha humanística que se iniciara en el siglo XV y que se continúa
hoy. Por esa razón no apoyo la violencia, pero no porque permanezca en ese
estado de ingenuidad que se niega a reconocer que la violencia no nace con
quienes reclaman derechos históricos sino con quienes históricamente se
han apoderado de todos los derechos, haciendo de nuestros sufridos países
bastiones conservadores de antiguos feudos e impidiendo no sólo el
progreso material sino, lo que es peor, el progreso y la justicia social e
individual, pilar de cualquier humanismo que se tenga respeto.
28 de febrero de 2007