El novelista procura, en una
suerte de dictadura monoléctica, definir 'enfermedad mental'
"como [una] debilidad y cobardía frente a la realidad real y como
una propensión neurótica a eludirla sustituyéndole una realidad
ficticia". Todo debido a "una incapacidad profunda para discriminar
entre verdad y mentira, entre realidad y ficción". En la campaña electoral
que Alberto Fujimori le ganó al propio Vargas Llosa en 1990, aquel le
reprochó a éste de tener "una imaginación de novelista", lo que
significaba exactamente lo mismo que años después el autor de este prólogo
le reprocha a los latinoamericanos como síntoma característico de una
enfermedad: nada más que calificaciones personales (enfermedad mental,
incapacidad, debilidad, cobardía, etc.), sin argumentos. Es decir,
esto es verdad porque lo digo yo.
Uno de los axiomas
centrales del Manual consiste en hacer entender (o creer) que vivimos
naturalmente en sociedades amorosas —sobre esto ya ironizó Voltaire—,
donde no existen poderes interesados en dominación de ningún tipo. Los
recursos de producción como el petróleo, las fuentes de sobrevivencia como
el agua, la multiplicidad de monopolios, la omnipresencia de la voz de los
más fuertes en los medios de comunicación, las donaciones millonarias de
los billonarios a las campañas electorales, todo, es parte de un gran
impulso fraterno por compartir la gracia de Dios. Criticando a los
teólogos de la liberación, los autores sostienen la actitud contraria:
"El término 'liberación' es en sí mismo conflictivo: convoca
ardorosamente a la existencia de un enemigo al que hay que combatir para
poner en libertad a los desdichados". Luego: "¿Es el Dios de la justicia
también el Dios de la envidia? […] A los curas de la liberación se les
escapa que el capitalismo resulta ser el sistema más solidario de todos,
un mundo donde la caridad […] es infinitamente mayor que cualquier otro
sistema. […] En el capitalismo, todos colaboran con todos. El
egoísmo capitalista resulta, pues, tan solidario que parece el que predica
la Biblia". (Fuera de contexto cualquiera podría atribuir esta frase a
Marx.) Más adelante una definición à la carte: "el capitalismo es una
palabra que simplemente describe un clima de libertad en el que todos los
miembros de una comunidad se dedican a perseguir voluntariamente sus
propios objetivos económicos". Es decir, el Genghis Khan promovió el
capitalismo en Asia mucho antes de los modernos
narcotraficantes.
Pero un sistema dominante no sólo necesita
negarse a sí mismo como tal, hacerse invisible, sino también moralizar
sobre la peligrosa existencia de todo lo marginal a su propio centro. La
tesis de buscar una causa del subdesarrollo en las facultades mentales de
un grupo o de un pueblo definido como fracasado, no menciona en ningún
momento qué función cumple la tesis en sí misma. Es decir, a quién
conviene —de dónde proviene— esta catequesis ideológica.
Este libro
fue citado y recomendado por políticos y presidentes como Carlos Menem en
la cumbre de la euforia primermundista que asoló a los países del
"continente idiota", poco antes de la debacle económica y moral de
principios de siglo. Pero no es una novedad sino una tradición
intelectual, que se remonta a Sarmiento o por lo menos a Alcides Arguedas
(Pueblo enfermo, 1909). Sólo que sin el correspondiente mérito
histórico y literario.
En 1550, para legitimizar la explotación y
genocidio de los nativos americanos, también el teólogo Ginés de Sepúlveda
echó mano a la Biblia. Ante el rey y la corte que debatía la justicia o
injusticia de la esclavitud denunciada por el sacerdote Bartolomé de las
Casas, Sepúlveda citó el libro de Proverbios. Según el famoso teólogo,
"escrito está en el libro de los Proverbios: 'El que es necio servirá al
sabio' tales son las gentes bárbaras e inhumanas, ajenas a la vida civil y
a las costumbres pacíficas y será siempre justo y conforme al derecho
natural que tales gentes se sometan al imperio de príncipe y naciones más
cultas y humanas". El mismo Hernán Cortés, invocando a Dios y luego de
torturar y asesinar al galope aldeas enteras, anotaba en sus cartas al rey
que la virtud de su acción consistió en dejar en paz a aquellos pueblos
salvajes. Para hacerlo más legal, solía leerles, en castellano, el
comunicado de una inmediata sumisión al rey de España, de lo contrario
serían sometidos por la fuerza. Y cuando lo hacían, escribía el héroe, los
mismos caciques —que no sabían una palabra de castellano— volvían
llorando, arrepentidos y reconociendo que la culpa de la destrucción de
sus ladeas radicaba en su misma necedad. Por esta desobediencia al
"derecho natural", afirmaba Sepúlveda, la guerra emprendida por el imperio
era una guerra justa.
Jorge Luis Borges, un intelectual funcional a
su clase oligárquica, supo sin embargo usar argumentos como principal
recurso retórico. Alguna vez recordó una anécdota: en una disputa entre
dos, uno de ellos le arrojó un vaso de agua en la cara del otro. El
agredido contestó: "Muy bien; eso fue una digresión. Ahora espero sus
argumentos". Desde un punto de vista filosófico, tal vez es una novedad
histórica comenzar definiendo al adversario dialéctico como "idiota" en
lugar de atacar sus ideas. Desde un punto de vista histórico no; es sólo
una tradición: (des)calificar al otro para perpetuar su opresión. Estas
ideas responsabilizan a los oprimidos de su opresión y al mismo tiempo
niegan la existencia de ésta. Legitiman un orden heredado de un pesado
pasado pero en nombre del futuro progreso material y
espiritual.
Según Mario Vargas Llosa, América Latina ha producido
destacados artistas, novelistas y pensadores delirantes, "tan faltos de
hondura y tantos ideólogos en entredicho perpetuo con la objetividad
histórica y el pragmatismo", todos síntomas de la idiotez. Se hace
implícito que en el único caso en que un escritor, un novelista
latinoamericano es capaz de ver la realidad real y la objetividad
histórica, en el único caso en que no estamos ante las observaciones de
otro idiota, es en el suyo propio. De lo contrario sus afirmaciones se
anularían a si misma, dada su supuesta condición de perfecto
idiota.
No creo en absoluto que Vargas Llosa sea un idiota. Es sólo
parte de una misma lógica. No es casualidad que él y los intelectuales
funcionales condenen la "realidad ficticia", como producto de una
"enfermedad mental" que impide aceptar la "realidad real". Porque realidad
es lo que existe (el canivalpitalismo). Por lo tanto, si es difícil crear
algo diferente al interés de un sistema dominante que crea esa realidad,
más difícil aún será hacerlo si condenamos la libertad de la imaginación,
como un atributo de la idiotez y el subdesarrollo. Esa misma imaginación
que se venera en los revolucionarios y progresistas utópicos del pasado
que no se resignaron a la "realidad real" del feudalismo o de los exitosos
negreros del siglo XVIII o de la venta de carne humana en las fábricas del
Progreso.
Junio de 2007