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26 de agosto de 2007
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África mía
Una vez en la mágica Pemba, tuve la oportunidad de cenar con Ntewane Machel,
el hijo del famoso revolucionario africano Samora Machel. N. había estudiado
en Europa y por entonces estaba dirigiendo operaciones militares en el norte
de su país. Nuestra conversación de esa noche giró entorno a ciertas
historias de espíritus animales que habían invadido una aldea. Considerando
su origen capitalino y su formación europea, le pregunté si creía en la
magia de los hechiceros.
Jorge Majfud
Escritor uruguayo y profesor de literatura latinoamericana
en la Universidad de Georgia, EE.UU.
Ntewane frunció la frente y la boca como alguien
que no se anima a reconocer que cree en Dios en medio de una reunión de
ateos. Pero finalmente respondió que sí con una historia. Cuando más joven,
una bruja había predicho que él o su hermano iba a morir pronto. Antes del
mes, N. cayó enfermo y poco después su hermano tuvo un accidente
automovilístico. Y murió. Cuando terminó su historia, N. me miró como un
profesor que acaba de demostrar un teorema y mira a su alumno tratando de
ver si ha comprendido. Con mi expresión más occidental, dije:
-Bueno, ¿y dónde está la prueba?
Alguien que estaba a mi lado suspiró molesto; no era posible que alguien
tuviese tantas dificultades para entender una prueba irrefutable.
-Yo no veo la prueba -insistí-; lo único que veo es un crimen inducido.
Creo que mis amigos optaron por cambiar de tema cuando notaron que los
puntos de vistas se habían radicalizado demasiado.
Pero veámoslo desde un punto de vista psicológico, que si no es el mejor
tampoco ha de ser peor que la interpretación mágica. Consideremos que,
después de la revelación, tanto N. como su hermano debieron quedar muy
perturbados; sobre todo porque ambos eran africanos de pura ley y muy
susceptibles a las palabras de una adivina con fama. La enfermedad de N.
debió golpear directamente a su hermano, ya que eso indicaba quién sería el
mortal aludido. ¿No es éste el mejor estado psicológico para que se produzca
un accidente, real o involuntario?
Reconozco que estoy siendo algo injusto al exponer un razonamiento que es
propio de nuestra mentalidad occidental a lectores que seguramente serán
occidentales. No estoy afirmado que ésta sea la verdad, sino que ninguna de
las dos realidades puede ser probada absolutamente. Las creaturas
proyectamos sobre toda la realidad una determinada visión del mundo que ha
sido sugerida o verificada por una parte mínima de esa realidad. Porque la
Realidad es infinita y nuestras facultades intelectuales son limitadas;
porque no podemos evitar generalizar una comprensión; porque no podemos ver
el mundo a través de dos verdades diferentes. -Solo podemos decir que una
proposición es verdadera cuando se integra a aquellas verdades básicas que
no estamos dispuestos a modificar. Este compromiso es simple cuando
relaciona axiomas y corolarios matemáticos, pero se vuelve harto complejo
cuando escapa a esa ciencia tautológica.
* * *
En la prehistoria epistemológica no existía la discusión iluminista que
separó razón y experiencia. Por entonces, no había alternativa; como para
algunos modernos, la verdad era aquello que se podía ver: un búfalo, un
cuchillo, el sol, la luna, el espíritu de los antepasados y la magia del
brujo. No hace mucho, en la región norte de Mozambique, un macúa me contó,
con fanáticos detalles, cómo una mujer había convertido un saco de arena en
un saco de azúcar. No solo había visto cambiar de color la arena, de rojo a
blanco puro; también había experimentado el nuevo gusto. Al mismo tiempo que
reconocía que semejante transformación era imposible, afirmaba que era la
pura verdad. ¿Por qué? Porque lo había visto con sus propios ojos y lo
había probado con su propia lengua.
-Dígame, ¿usted sabe qué son los sueños? -le pregunté, no sin desconfianza
en mí mismo.
-Sí, yo sueño todas las noches. -contestó el macúa.
-¿Qué fue lo último que soñó?
-Esta noche soñé que iba en un avión, volando entre las nubes.
-¿Viajó alguna vez en avión, entonces?
-No. Solo he visto aviones de lejos, volando.
-Pero usted estaba ahí. El señor vio y escuchó el avión desde adentro,
volando entre las nubes.
-Sí.
-Entonces es verdad que estuvo alguna vez en un avión.
-No, no es verdad.
Como se puede ver, entonces yo abusé de las artimañas de la dialéctica. Pero
ese es un juego válido solo para los hijos de Grecia, no para los otros. A
mi amigo macúa no le produjo ningún efecto la conversación. Tal vez se quedó
con la misma impresión novedosa que me quedé yo al conocerlos un poco.
Todavía más emocionadas son las historias que se cuentan en las aldeas
del matoafricano. Para las culturas "salvajes", todo lo que se ve es real.
Para los herederos de Grecia no: la verdad es lo que se esconde detrás de la
apariencia. Se cuenta que una vez un crítico de Platón le reprochó que solo
había visto caballos singulares, pero nunca había visto algo como una
"caballosidad". A lo que el filósofo respondió: "Eso es porque usted, señor,
tiene ojos pero no inteligencia". Ya antes de Platón inteligencia
significaba algo así como el poder de ver lo invisible. Es decir, el fuego de Heráclito,
la inercia de Galileo, la gravedad de Newton, la voluntad de Schopenhauer,
la lucha de clases de Marx, la libido de Freud. En la negación de la
experiencia nació el racionalismo griego (por lo cual no se puede hablar de
"ciencia griega" en el mismo sentido que la entendemos hoy). Algo más tarde
se propuso que esa Invisibilidad también (o solamente) podía ser percibida
con otra facultad humana: la fe; y en ese conflictivo romance invirtieron
años los escolásticos. Muchas religiones, desde las indianas hasta el
cristianismo primitivo, concluyeron que todo lo visible era engañoso y, por
lo tanto, perverso. ("Omnia quae visibiliter fiunt in hoc mundo, possunt
firei per daemones""; es decir, "todo lo que ocurre visiblemente en este
mundo puede ser hecho por los demonios"). Para los griegos, detrás de lo
aparente estaba la razón; para los cristianos, Dios o el Demonio; para los
modernos y para los vulgares detrás de todo está el sexo.
Bien, pero tanto a los hechizados africanos como a los que solo tienen ojos
para ver caballos hay que recordarles que no es verdad todo lo que se ve ni
se ve todo lo que es verdad.
* * *
Nunca más supe de Ntewane. En 1998 su madre, Graça, se casó con Nelson
Mandela, y así se convirtió en la primera mujer que fue "primera dama" de
dos países diferentes, Mozambique y Sudáfrica. Con su amigo de la
adolescencia, el ingeniero Pedro Cruz, compitieron en las olimpíadas de
Moscú 1980. Yo trabajé un tiempo para Pedro diseñando barcos en su Estaleiro
Naval de Pemba. Mi buen amigo Pedro era -y debe ser aún- un extraordinario
nadador. Recuerdo que con una amiga periodista de Suiza solíamos entrar tres
horas mar adentro. Las aguas tropicales del Índico son tan transparentes y
saladas que cuando uno se cansaba podía extender los brazos y las piernas y
quedarse un rato largo mirando el brillo multicolor de los corales. Hasta
que aparecía alguno de esos monstruos de formas y nombres indefinidos y se
acababa el descanso y la magia de África.
* * *
Una vez alguien me dijo que yo no podía hablar de religión porque no era un
hombre religioso. Me quedé pensando un instante, porque en algo tenía razón:
yo soy un espíritu religioso, pero no soy un hombre religioso porque mi
mente desconoce la seguridad. Obviamente, se equivocaba en lo demás.
-Señor -contesté, no sin timidez-, si los sacerdotes católicos desde siempre
han dado consejos matrimoniales y ahora hasta dan clase de conducta sexual,
por qué no podría un ateo enseñar teología?
The University of Georgia, agosto de 2007
Jorge Majfud
Escritor uruguayo
http://majfud.50megs.com/
majfud@majfud.org
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