Cine latinoamericano
La progresiva pérdida
de la memoria colectiva
Jorge Majfud
Escritor uruguayo y
profesor de literatura latinoamericana
en la Universidad de Georgia, EE.UU.
Parte fundamental de cualquier ideología dominante consiste
en asociar al margen con descalificativos éticos, como pueden serlo de orden
social, sexual o de producción. Es decir, el margen es improductivo,
desordenado, peligroso para el orden y la seguridad, sexualmente desviado o
contra natura, inmaduro, etc. En las películas de Hollywood
el margen finalmente se integra al centro (en la realidad también, como ejemplo
basta recordar un hippie llamado Tony Blair. El hippie, el bohemio, el contestatario, la mujer
libertina terminan fracasando o integrándose a la estructura capitalista. En
ocasiones -según Mas’ud Zavarzaeh-, el margen aparece
como una forma inocente que cumplirá una función “reparadora” de algunos
elementos disfuncionales del centro (la misma función de personajes inocentes
como los sobrinos del pato Donald o el hijo del Lobo,
según Ariel Dorfman). En otros momentos, el margen crítico
aparece reconociéndose a sí mismo como incapaz de cambios serios y debido a su
natural inmadurez psicológica, ideológica, productiva y moral.
Por el contrario, en películas latinoamericanas como El
crimen del padre Amaro (México,
2002) el centro triunfa finalmente en la trama pero este triunfo significa
una mayor derrota ética en las lecturas del espectador. El centro se revela,
esta vez, como inmoral, corrupto. También en esta película se da una paradoja
que, aunque pueda sorprender, no es para nada propiedad de la posmodernidad, sino de los orígenes del cristianismo: el
centro representa la fuerza y el poder social, la dominación, al mismo tiempo
que la disfuncionalidad moral. El centro se encuentra
deslegitimizado. Desde este punto de vista, este
discurso es marginal. Sólo el poder del dominante puede imponer una censura de
expresión; pero el censurador es, históricamente, el que ha perdido la batalla
por la legitimación ética, porque su acción y discurso contradicen el paradigma
del Humanismo.
El personaje del padre Natalio
representa al típico marginado: se encuentra en la clandestinidad política y
eclesiástica. También se encuentra marginado por el poder político, civil,
representado por el periódico del pueblo. Sin embargo, es el único
“héroe-ético” que sobrevive en la aniquilación dialéctica de la película. Su
derrota, la excomulgación -la separación definitiva
de la corrupción y del poder- como la de Jesús, es la única forma efectiva de
triunfo moral.
Como afirma el profesor de la Universidad de Berkeley, Mas’ud Zavarzaeh,
el disentimiento es parte de la tradición del actual sistema hegemónico. La
tradición integra y resuelve dos tópicos fundamentales de las sociedades
capitalistas -lo nuevo y lo permanente- operando una “deshistorización”
de los hechos sociales y políticos. Integra en su propio discurso al
“disidente”, al rebelde, como resultados necesarios de una sociedad dinámica,
moderna y pluralista -democrática.
En el caso de América Latina, el rebelde, el subversivo,
cuando no logró en un gran movimiento revolucionario destruir la estructura de
dominio social -lo cual constituye la regla general-, cumplió la función
justificar una reacción violenta a favor del status quo.
Si bien encontraremos en el cine de las últimas décadas
(1) una tradición intermedia donde la memoria se convierte en la denuncia, en
la reescritura de la historia olvidada, también tendremos (2) un género
“documental” más reciente, en el amplio sentido de la palabra, donde se recoge
el presente y se lo convierte en memoria futura, como son los casos de las
películas colombianas La vendedora de rosas (1998) y La virgen de los
sicarios (2000). Dentro del primer grupo podríamos ubicar, como
ejemplos, a Tiempo de revancha (1981), La historia oficial
(1983), Amanecer Rojo (1989), Garage Olimpo (1999),
Botín de Guerra (1999) y -una de las mejores-
Kamchatka (2002). En todas, el discurso es de
denuncia contra “la historia oficial”, contra la historia escrita por el poder.
La principal motivación de esta reescritura es política y, en todos los caos,
consiste en una lucha por la recuperación de la memoria, no sólo aquella
memoria enterrada por el poder sino aquella otra deformada por el mismo
(podríamos incluir Yo, la peor de todas,
1990, si no considerásemos su referencia al siglo XVII).
Tanto La virgen de los sicarios como La vendedora
de rosas, desafían la tradicional estructura del cine hollywoodense
y revierten el precepto de arte como medio de diversión o de belleza, del arte
como objeto puramente estético. Ambas películas no sólo procuran exponer una
realidad dramática y conocida por muchos, sino que serán un día la mejor fuente
documental para aquellos que procuren entender algo de nuestro tiempo,
concretamente del presente de las sociedades marginales de América Latina. Aquí
ya no tenemos la denuncia con el objetivo de una reescritura de la historia. Ya
no se busca “recuperar” una memoria perdida, sino exponer la tragedia del
olvido más desgarrador y absoluto. Mucho menos relación tiene con la memoria de
la Utopía. No sólo no se busca alcanzar la sociedad perfecta, sino que ni
siquiera se pretende la resistencia de una sociedad derrotada: un profundo y
oscuro nihilismo, a veces autocomplaciente y destructivo, recorre estas
propuestas cinematográficas. Una violenta concordancia con la realidad, la
degradación de la vida y de la muerte. Aquí el presente contrasta
violentamente: nos recuerda el viejo género de ciencia-ficción-catástrofe,
donde el mundo ha sucumbido al caos y la gente -una clase sumergida, lejos de
los poderosos, como siempre- busca desesperadamente sobrevivir entre la peor
miseria y abandono, entre la violencia y la alineación. La vendedora de
rosas nos dice que ese futuro ya llegó, que el caos es ahora, que el mundo
ya se ha perdido. La destrucción, la decadencia -moral y material- conviven en
un basural con elementos de la modernidad, con símbolos de un lejano mundo
desarrollado, con el recuerdo fragmentado de objetos que alguna vez fueron
útiles, que alguna vez formaron parte de un orden lleno de memoria. Sólo que
aquí, a diferencia de Hollywood, no hay promesas de
redención, no hay héroes organizando la resistencia, incubando la rebelión. No
hay esperanza, sino la muerte. La muerte para alcanzar la liberación virginal;
la muerte infantil -como de hecho sucede en la película y con la pequeña y
ocasional actriz en la vida real- para volver a los brazos de la madre.
Para los personajes de La vendedora de Rosas, los
símbolos -la memoria colectiva- han perdido su significado; el texto, su
memoria. El hecho de la “pérdida de la memoria colectiva”, está acentuada no sólo
por las drogas que todo lo borran, sino también por la edad de sus
protagonistas principales y por la pobreza del lenguaje que es, en suma,
memoria colectiva y que, en este caso, ha dejado de comunicar o sólo comunica
sonidos guturales, propios de un ser humano que casi ha dejado de serlo.
No hay ficción, en el sentido tradicional del término; los
actores no son profesionales y su papel es representarse a sí mismos. O, más
aún, no representan nada, sino que continúan su vida como si la cámara no
estuviese presente. Ya no se trata del neorrealismo nacido de los barrios
pobres de Italia y de América Latina: es crudo hiperrealismo, desechos
humanos, supuestamente vivos aún, excretados a las cloacas de la ciudad
moderna. Una interesante versión cuyo tema central también es la desmemoria y
la alienación del mundo posmoderno, pero referida a la clase empresarial,
podemos verla en la también excelente El hijo de la novia (2001).
Como los huesos de un hombre primitivo sirven hoy para
recordar al resto de los hombres y mujeres que lo rodearon, sin que alguno de
ellos se lo haya propuesto nunca, así servirán estas memorias del olvido, para
recordar lo que fuimos alguna vez -si algún día tenemos la suerte de dejar de
ser eso que también somos.
The University of Georgia, 7 de setiembre de 2007