Significativamente, el 26 de febrero de 1964,
en el Año de la Economía, en otra carta a José Madero Mestre el mismo
Guevara responde: "Solo una afirmación para que piense: Anteponer la
ineficiencia capitalista con la eficiencia socialista en el manejo de la
fábrica es confundir deseo con realidad. Es en la distribución donde el
socialismo alcanza ventajas indudables". Más adelante: "Desgraciadamente, a
los ojos de la mayoría de nuestro pueblo, y a los míos propios, llega más la
apologética de un sistema que el análisis científico de él. Esto no nos
ayuda en el trabajo de esclarecimiento y todo nuestro esfuerzo está
destinado a invitar a pensar…" La idea de Guevara sobre el "hombre nuevo"
iba más allá de la simple buena distribución, simplificada en una carta
informal, pero ese no es el punto que voy a abordar ahora.
El ejemplo sirve para introducir la actitud con que se aborda la actual
tesis del descalabro de Estados Unidos en la literatura ensayística y
periodística más reciente. Claro que en este caso parece estar apoyado por
aquello que el mismo Guevara reclamaba: un análisis científico, objetivo, de
los economistas, además de "confundir deseo con realidad". Pero como vimos
en otra oportunidad, si por algo se caracteriza la ciencia es por sus
errores, aunque, a diferencia de los errores teológicos, políticos,
metafísicos y religiosos, la ciencia suele tener la honestidad de
reconocerlos. A los otros les basta con no reconocer un error para que no
exista.
Podemos aceptar como hecho histórico que la economía norteamericana -como la
de muchos otros países- tiene un comportamiento cíclico, como las manchas
del Sol. Es probable, según todos los cálculos, que más que cíclico se trate
de una progresivo enlentecimiento de la Gran Maquinaria. No obstante, en
cada análisis se dejan afuera algunos factores que pueden ser decisivos para
cualquier pronóstico. Uno de ellos es el factor psicológico y cultural.
El mayor capital que ha tenido siempre Estados Unidos es su optimismo
crónico. Yo los he visto hundirse en el más profundo pantano y estirar la
mano con entusiasmo por la existencia de una pequeña rama. La queja, una de
nuestras características latinoamericanas, es rara entre esta gente. Su
optimismo llega a los límites de un fructífero autoengaño: cuando se hacen
ricos después de apostar el alma en un arriesgado negocio, se lo atribuyen a
Dios. Pero cuando quiebran o su casa se incendia por un rayo, no culpan al
Cielo de la tragedia sino a la naturaleza o a un error de cálculo. Y si se
sienten obligados a atribuirle a Dios sus males -al fin y al cabo nada
ocurre sin Su consentimiento-, lo justifican con el libro de Job: sólo se
trata de una prueba del Señor a la inquebrantable fe de sus preferidos. Más
allá de la verdad o falsedad teológica de este razonamiento, de lo que no
quedan dudas es de su invalorable función político-económica e, incluso,
existencial.
No hace mucho una muchacha me mostraba las fotos de su casa arrasada por el
incendio provocado por un rayo. Mientras describía el pasado irreconocible
de cada escombro, iba señalando lo poco que se había salvado del fuego como
si se tratase de una ganancia. Para completar, me comentó todo lo que había
aprendido de Benjamín Franklin, a raíz del desastre. En otra oportunidad, vi
cómo un hombre subía a la montaña de escombros en la que había quedado
convertida su casa después de un huracán. Después de hurgar un rato, rescató
una camisa y un par de objetos más y los levantó como si fuese un trofeo,
para que lo vieran los demás con una sonrisa que despistaría a cualquier
extranjero.
El optimismo americano es uno de los factores principales de su economía y
de su historia. Aunque la cultura de la cuantificación lo simplifique bajo
la etiqueta de "consumer confidence", no se trata de un optimismo
circunstancial, dictado por la realidad, sino un optimismo crónico, a veces
ciego, consolidado por una cultura. Si bien el optimismo ciego puede perder
a mucha gente, a un norteamericano lo salva, si no para Dios o para la
justicia, al menos para la economía. Entre los escombros siempre ven una
oportunidad de levantar algo mejor, aunque la lógica indique lo contrario.
Este es un país acostumbrado a las catástrofes y, además, construido en la
idea de una amenaza permanente. De ahí esa tendencia periódica a tolerar la
sustitución de la defensa por un ataque.
Por otro lado, no se trata de un país habitado por un único yankee con
una ideología única. Hay profundas divisiones sobre lo que debe ser el
futuro. Aunque los conservadores más radicales quieran hacer creer que el
Mal siempre viene de afuera -con esa tendencia feudalista a las murallas,
físicas y mentales-, para muchos liberals y otros opositores el mayor
problema radica en su interior, en las poderosas elites que desde la
oscuridad dirigen la fuerza bruta. Ante este diagnóstico, a veces tenebroso,
persisten en un optimismo crónico de que pronto estos males serán superados.
No sin paradoja, los conservadores más radicales han operado un cambio en la
tradición liberal de este país. En la narración de la historia reciente, se
acepta que a mediados de los '90 se produjo una "revolución conservadora".
En mi opinión, ésta se inició a principio de los '80, como reacción al
temblor cultural de los '60. De igual forma, es posible que Estados Unidos
se encuentre hoy al borde de una revolución silenciosa que se profundice en
la próxima década. Es probable que ese terremoto sea más radical de lo que
podemos imaginar en este momento. Porque tampoco se debe subestimar la
capacidad de una rebelión cultural en un país que nació de una revolución
histórica y tiene por derecho constitucional la desobediencia civil. Ni se
debe subestimar el optimismo de la izquierda norteamericana, uno de los más
resistentes a los cataclismos de los últimos treinta años.
En los años '60 los intelectuales latinoamericanos insistieron sobre el
valor del optimismo como un factor revolucionario, como el motor creador de
la nueva realidad. Este estímulo de carácter moral -que no tenía nada de
materialismo dialéctico- fue responsable del último gran temblor de la
historia del continente. Fue derrotado por la maquinaria reaccionaria de los
ejércitos tradicionales, por insuficiencia propia o por el exceso del
optimismo capitalista.
Quizás el pragmatismo norteamericano consista en no ver la realidad. Su
optimismo crónico confunde deseo con realidad. Cuando la realidad no se
ajusta al deseo, peor para ella.
The University of Georgia, octubre de 2007