Podemos reconocerle virtudes al capitalismo de nuestros días, pero no le
debemos la vida. Quizás lo contrario. Por ejemplo, podemos reconocer que una
de sus virtudes ha sido su efectividad en generar riquezas materiales.
También una capacidad semejante para generar miseria y explotación.
Se puede entender que el capitalismo ha sido históricamente la sublimación
civilizada del antiguo sistema de esclavitud en que un hombre se beneficiaba
de la explotación de otro hombre, nunca sin una legitimación moral. Muchas
veces, sobre todo en las periferias mundiales del Derecho, ni siquiera ha
sido civilizada ni ha sido sublimación sino, simplemente, esclavitud
asalariada. Pero siempre en nombre de la libertad.
Otra de sus virtudes -que es también un defecto de los demás- es su
capacidad de generar falsa conciencia. Una de las ideologías más
consolidadas de los últimos siglos ha sido aquella que se ha apropiado de la
idea de libertad y, además, la ha opuesto estratégicamente a la idea de
igualdad. Se asume como axioma que si favorecemos la igualdad destruimos la
libertad y si imponemos la libertad destruimos la igualdad. Esta falsa
dicotomía ha sido uno de sus fundamentos que le ha permitido a un sistema
basado en la acumulación de capitales modelar las palabras y los conceptos
según su propio interés: al mismo tiempo que se levanta la bandera de la
libertad -libertad, a secas, como si fuese uno de los elementos de la
tabla periódica- se demoniza las aspiraciones de igualdad, asociándolo a la
opresión. Incluso cuando la igualdad es inevitable, se opera una nueva
apropiación moral de aquellos elementos consolidados por la historia:
igualdad de sexos, de raza, de religión. Al menos en la retórica.
Sin embargo, si interrogamos la historia desde del despertar del humanismo
en el siglo XIII, todo proceso de liberación social ha ideo acompañado de
una radicalización, lenta y progresiva, de la igualdad. Esto se ha expresado
no sólo en las revoluciones y en los nuevos sistemas sociales, que de a poco
fueron negando el derecho divino de las castas, de las clases sociales, de
los reyes y de la nobleza, sino los mismos inventos técnicos: desde la
imprenta de Gutemberg hasta Windows de Bill Gates y los sistemas más
abiertos han sido progresivos avances hacia la igualdad y, simultáneamente,
hacia la libertad. Tanto los populares libros de bolsillo como Internet
surgieron en las academias impulsadas por intereses militares y terminaron
rebelándose contra los poderes centralizados de donde habían surgido. Es
decir, terminaron, o están en eso, integrándose a la imparable corriente del
humanismo, libertario e igualitario. Esa corriente, claro, está llena de
diques y frecuentes desvíos que llevan las aguas hacia unas comarcas secando
a otras. Esta famosa y sensual libertad puede ser siempre una trampa
ideológica. Pero si bien podemos aceptar de que gran parte de nuestra
libertad es más ilusión que realidad, también podemos valorar la diferencia
relativa que se transforma en un valor absoluto: no es la misma libertad la
de un vasallo que trabajaba para el señor feudal, la de un indio pongo que
trabajaba gratis para el gamonal, que la de un joven o la de un pueblo que
se rebelan o se levantan en lucha por sus derechos fundamentales (humanos,
laborales o filosóficos).
Claro que la historia siempre retrocede, como la bolsa de valores: lo que se
gana hoy se puede perder mañana. Pero lo que no retrocede es la conciencia
histórica, al menos que se opere un blanqueado histórico a escala global,
cosa que cada día es más difícil que arrasar una aldea con la vieja excusa
de las tres G (God, Glory and Gold).
Una de las estrategias específicas de un sistema dominante -en este caso el
capitalismo- radica en que sus defensores pretenden hacernos creer que le
debemos el pan y la vida al orden y a ideología establecida. Si afuera cae
nieve y adentro tenemos calefacción, eso es gracias a los capitalistas que
especulan en la bolsa y así mantienen la economía de un país. Falso. Los
especuladores de la bolsa no son beneficiarios sino los beneficiados del
sistema. Hay alguien que trabaja para que ese radiador funcione
correctamente y no es un típico capitalista, al menos que haya sido
deformado por la falsa conciencia que llevaba a los esclavos a agradecer el
azote de sus amos. Si cada vez el trabajo práctico está hecho con más
intelecto y con menos manos humanas, no son precisamente los técnicos ni los
intelectuales prototipos de capitalistas o inversores bursátiles. Ninguno de
los científicos y muy pocos inventores de la historia han sido,
precisamente, capitalistas. Y si este teclado funciona más o menos bien y
estas letras se imprimen en este papel, no es gracias exclusivas a esos
señores que día y noche trabajan para asegurar sus propios beneficios
financieros que luego confunden con el progreso material de la historia.
Como si nada pudiese funcionar sin ellos.
Por el contrario, debemos empezar a dar las gracias a todos aquellos que
siempre se olvidan, desde los operarios hasta los inventores de lo mejor de
este mundo: desde los anónimos inventores del cero, pasando por Arquímedes,
el alucinado Pitágoras, el feo de Sócrates que estimuló una forma de pensar
dudando, los nuevos científicos del siglo XVII, un socialista como Albert
Eisntein, que como todos los demás acertó y se equivocó, fue adulado y
perseguido por la policía secreta por no dedicarse a acumular capitales
hasta Edward Said, por decir "no es así".
En resumen, no vamos a negarles virtudes a este sistema dominante. Pero ni
sueñen que sus ideólogos van a recibir de todos nosotros el terreno libre
para que terminen de hacer de este mundo su propiedad privada, los dueños
definitivos de Dios, la Gloria, el Oro y de toda la Buena Moral del mundo.
The University of Georgia, noviembre de 2007