No sin paradoja, sigue siendo la palabra el instrumento para acusar a la
palabra, a su uso indiscriminado. La palabra cura tanto como mata. La
palabra sirve para comunicar y para incomunicar, para develar y para
ocultar, para liberar y para dominar. Desde que el psicoanálisis entronó la
palabra a un nivel místico de curación científica, la palabra ha sufrido una
progresiva devaluación por inflación. La confesión, que antes servía, entre
otras cosas, como instrumento de dominación social a través del terror del
individuo angustiado por el pecado sexual, renovó su superstición original
de liberación de la culpa. Con la palabra creó Dios el mundo y por la
palabra perdió la humanidad el Paraíso. Casi todas las grandes religiones se
basan en el misterio de la palabra tanto como las filosofías que se oponen a
ellas. Sobre todo, la palabra escrita se ha convertido hoy en campo de
batalla entre la omnipresencia del poder y la resistencia del margen, en una
lucha por no sucumbir en un mar infinito de palabras, producto de la
estratégica inflación del mercado, y la revalorización de la palabra por
algún tipo de razón: razón crítica, razón histórica, razón lógica o razón
dialéctica.
Pero la razón nunca es un poder en sí mismo. De nada sirve razonar ante un
paquidermo, ante el César o ante alguien que sufre los efectos de una droga
poderosa. La razón no puede hacer nada sino ante quienes pueden hacer uso de
ella y, además, están dispuestos a renunciar a la fuerza bruta de su interés
propio. La razón necesita que la fuerza bruta renuncie a sus propias
posibilidades para realizar esa otra superstición llamada "la fuerza de la
razón", ya que la razón no posee ninguna fuerza. Es falso decir que el
teorema de Pitágoras posee una fuerza incontestable, ya que basta con que
alguien diga que no es verdad y luego nos de con un palo en la cabeza para
demostrarnos que la razón no tiene ninguna chance ante la fuerza bruta, que
es la única y verdadera fuerza. Para que la razón tenga fuerza como para que
una moneda tenga valor, es necesario que haya alguien más, aparte del
interesado, que lo reconozca. ¿Qué valor tendría un Picasso en un mundo de
ciegos o en el siglo XVI?
Ahora, ¿qué significa "tomar conciencia" sino advertir correctamente cuál
elección nos beneficia? De aquí derivamos a dos posibilidades: si tomamos la
opción de bajarle con un palo en la cabeza a quien pretende demostrarnos el
teorema de Pitágoras, porque nos perjudica en las ganancias de otra fe,
estamos actuando en beneficio propio. En principio, ese acto de barbarie
sería una forma de "tomar de conciencia". Pero cuando esa conciencia se
amplía, puede surgir otro problema. Mi acto, a largo plazo, tendrá efectos
negativos. Cuando sea más viejo y más débil alguien repetirá, por venganza o
por buen ejemplo, mi acción. Es entonces que decido no bajarle un palo sobre
la cabeza de mi adversario razonador. Eso comienza a llamarse "civilismo" o
"cultura de la convivencia" que, en la tradición bíblica se conoce
como la regla de oro: "no hagas a los demás lo que no quieres que
te hagan a ti mismo". Pero el egoísmo sobrevive, nada más que ahora ha tomado
conciencia y se ha hecho más sutil y sofisticado, como un buen jugador de ajedrez
que es capaz de sacrificar un peón para salvar una torre o viceversa, si ese
movimiento incomprensible lleva a su adversario a un seguro jaque mate.
La primitiva prescripción cristiana de amar a los demás como a uno mismo,
revela que, al menos como punto de partida, uno mismo es lo más importante y
lo más amado de uno mismo. Sin embargo, la prescripción ya significa un
cambio sobre la interesada "regla de oro" y una promesa de elevación: por
este camino de renuncias la recompensa por el bien de un acto será el mismo
bien del acto, hasta que olvidemos el origen egoísta del amor democrático.
El egoísmo es un valor negativo en cualquier cultura, excepto en la
ideología ultracapitalista: está bien pisarle la cabeza a nuestra
competencia porque eso favorece al conjunto, es decir, a nuestra
competencia. Si le bajo un palo al razonador de Pitágoras le estaría
haciendo un bien, ya que con eso me beneficio personalmente. Luego podré
ejercitar el crédito de la compasión ofreciéndole una aspirina.
La idea utópica de algunos revolucionarios soñadores fue, por mucho tiempo,
la creación de un "hombre nuevo". En síntesis, este hombre estaría más allá
de los actos egoístas y de la fiebre materialista por la cual se mide todo
éxito. Evidentemente fracasaron. Pero como todo éxito y todo fracaso humano
es siempre relativo. Aquellos soñadores, que en su desesperada necesidad de
agarrarse de algo concreto se agarraron del marxismo, fueron derrotados por
la fuerza del palo: el capitalismo demostró ser mejor productor de bienes
materiales, aunque todavía no haya demostrado ser mejor productor de bienes
morales. Pero no hay que confundir fracaso con derrota. El socialismo, y
sobre todo esa parodia de socialismo que eran los países bajo la órbita de
la Unión Soviética, fueron derrotados por un sistema mucho más efectivo
creando capitales que, como ya lo sabían Pericles y Tucídides, es la base de
cualquier triunfo militar. Triunfo que luego se transforma, por la fuerza de
la repetición, en triunfo moral.
No obstante, la derrota de la utopía no ha sido un fracaso histórico ni la
utopía era una propuesta imposible. La mayoría de los Derechos Humanos de
los que se jactan los defensores del capitalismo no han surgido por el
capitalismo mismo sino a pesar del capitalismo. La moral siempre viene
corriendo detrás de los sistemas económicos: la abolición de la esclavitud,
los derechos de la mujer y la educación universal eran antiguas
proposiciones utópicas que no se impusieron en la práctica y en el discurso
hasta después de la Revolución industrial, cuando el sistema exigía
asalariados, más mano de obra en las industrias y en las oficinas y más
obreros capaces de leer un manual o las señales de tránsito.
Pero quizás todavía podemos pensar que los seres humanos somos algo más que
simples máquinas de producir riquezas y justificarlas con "valores morales"
hechas a su medida.
En el siglo XX, la fuerza principal de dominación fue la fuerza de los
ejércitos. El siglo XXI dista mucho de desembarazarse de esa maldición
surgida en el Neolítico y perfeccionada en los dos últimos siglos. Sin
embargo, si este lenguaje del poder persiste y se radicaliza, ello se debe a
una reacción a una creciente fuerza histórica, durante siglos dormida: la
fuerza de los individuos todavía integrante de "la masa". Cuando esta fuerza
se radicalice, los ejércitos ya nada podrán hacer. Hay dos áreas del tablero
que están siendo conquistadas: los medios de creación de riqueza material y
los medios de comunicación. La palabra seguirá curando y matando, pero ya no
estará al servicio del poder de una minoría sedienta de oro y de sangre.
The University of Georgia, 23 de noviembre de 2007