Excepto por este tipo de compensaciones
inútiles para la reproducción, es como si a la naturaleza no le
importásemos como individuos sino sólo como especie. Por eso nos hemos
despegado de ella o nuestros artificios son producto de su propia
evolución que aspira a superarse a sí misma, aún a riesgo de suicidarse
por sus excesos. Somos o nos creemos individuos libres, más allá de la
fatalidad de la biología. Pero esa libertad, por mínima que sea, es en
potencia una palanca de Arquímedes, capaz de mover la Tierra. Por eso,
porque la libertad no es una condición abstracta y absoluta y sólo se
accede a través de la liberación de las condiciones que nos limitan
(materiales y culturales), también se ha creado la cultura opuesta: la
cultura de la opresión, de la opresión propia y de la opresión ajena.
En nuestro tiempo histórico pueden reconocerse varios logros
humanistas en progreso, como la desobediencia de las masas, la progresiva
igualación de los derechos humanos y la aceptación de la diversidad como
acompañante de esta igualdad radical entre individuos. Pero también debe
reconocerse la progresión de otras taras. Por ejemplo, nuestra cultura ha
subestimado en una medida creciente e insoportable la voluntad del
individuo, al mismo tiempo que ha hecho de la individualidad un ilusorio
ídolo de barro. Tal vez se trate de un proceso dialéctico. Al mismo tiempo
que la humanidad puja por su liberación social, al mismo tiempo se impone
una idea panfletaria de la libertad. El individuo se convierte en un ente
individualista, intoxicado por una sobredosis de discursos que apelan a la
idea de su libertad. Así nos creemos libres, como un pájaro en el cielo
que fatalmente sigue las rutas magnéticas de la migración.
La política partidaria en sus fines tradicionales tiende a eso. Aunque puede
ser un instrumento (provisorio) de acción por la liberación, su
constitución misma procura y exige la obediencia y la renuncia de la
libertad —del poder— de los individuos que siguen a sus líderes.
En muchos aspectos, también la psicología dominante, la psicología populista
ha planteado el problema así. Un médico, por lo general, no nos exige fe
para curarnos una fractura o bajarnos el colesterol. Un curandero o un
terapeuta sí (siempre habrá maravillosas excepciones). Si el curandero o
el terapeuta fracasan, no se hacen responsables: el responsable es el
paciente, el hombre o la mujer sin fe, el enfermo que se resiste a la
cura. Esto es parte de una equívoca tradición cristiana. Lo cual, en
última instancia lleva su verdad: la revolución interior, la cura final,
radica en el individuo, en su propia responsabilidad, en su voluntad de
libertad.
El problema es que la misma cultura dominante ha hecho
de la voluntad una antigüedad. A los ladrones se los consideran enfermos,
como a los alcohólicos y a los fumadores. Los enfermos o los diferentes
que antes debían sufrir la persecución y la hoguera ahora son,
indiscriminadamente víctimas, objetos o sujetos de compasión. Una cultura
que considera “enfermedad” a cualquier conducta indeseada debería
considerarse a sí misma una cultura enferma.
Como parte de la sociedad de consumo, proliferan las terapias para todo tipo y gusto bajo
la bendición de lo “políticamente correcto”. Allí aparecen los Don
Francisco —no niego su buen corazón— hablando con un señor que golpea a su
mujer con tono compasivo: “Señor, usted está enfermo. Debe pedir ayuda.
Debe asistir a una terapia”. Se dice en la televisión y todos aplauden,
incluso el hombre que ha golpeado a su mujer por diez años, con lágrimas
en los ojos. Si el hombre reconoce que es malo y acepta el
disciplinamiento de una terapia, es redimido al estatus de héroe moderno,
ejemplo de civilización. Y claro, en parte el método resulta. Lo bueno es
que, como en la curandería, esta superstición funciona porque quien paga
por el servicio siempre obtiene algo a cambio. El dinero ha reemplazado
las hojas de tabaco y los sahumerios, y el señor o la señora especialista
en corazones, desde su impresionante espacio chamánico, ha reemplazado al
brujo o al cura que aliviaba y curaba los pecados con cien avemarías a
cambio de la voluntad y la libertad del creyente.
Pero no importa. Seamos prácticos mientras tanto. Terapia para adelgazar, terapia para
engordar, terapia de pareja para no separarse, terapia de pareja para
separarse, terapia para sobrevivir a la terapia, terapias de cuarenta y
cinco minutos para ser feliz al contado. Es nuestro tiempo y hay que jugar
con las cartas que están sobre la mesa. El método resulta, aunque la cura
sea un síntoma de la enfermedad. Resulta por lo mismo que fallamos todos:
por olvidarnos que más que enfermo somos apenas indignos de un mínimo de
voluntad para la libertad. Le pagamos a un extraño para que nos resuelva
los problemas que no podemos resolver por falta de voluntad. ¿Usted fuma y
no puede dejar de hacerlo? Mentira, señor, usted no quiere dejar de fumar
y punto. ¿Usted es infiel, violento, jugador, ambicioso, avaro,
sexomaníaco? Usted no está enfermo, usted es un cretino según los
estándares de los últimos cinco mil años.
Claro que en un límite
de irracionalidad un individuo deja de ser responsable de sus actos y se
convierte en un enfermo. En ese caso necesita ayuda. La víctima suele
compartir un grado de responsabilidad que alimenta al opresor, aunque la
responsabilidad del opresor está multiplicada por la cuota de poder que
sustenta. El problema es cuando tenemos una sociedad compuesta de entes
que cada vez se declaran menos responsables de sus actos. Otro síntoma de
la Sociedad Autista. Dividuos o individuos que pretenden resolverlo todo
pagándole a un tercero para que alimente una enfermedad cultural con un
alivio a sus propias debilidades.
Paradójicamente, las nuestras son
sociedades que se vanaglorian de altos estándares de libertad. Pero una
sociedad que niegue o subestime el valor de la voluntad del individuo
también está enferma. Como decía el indio M. N. Roy (Radical Humanism,
1952), con un tono existencialista, sólo la libertad individual es real
(“freedom is real only as individual freedom”). No hay plena liberación
individual sin la progresiva liberación social, pero el objetivo de la
sociedad y de su liberación sigue siendo la libertad de conciencia del
individuo. Los humanistas no apostamos por la liberación budista o la del
ermitaño, porque esa pretendida pureza del alma está sucia de egoísmo.
Pero entre otras piedras que habrá que remover en el camino de la
liberación social e individual, están las superticiones modernas que
renuevan el disciplinamiento de los individuos según opresivos clichés
socialmente consagrados por la pereza intelectual. Es decir, dejar de
movernos como obedientes rebaños. La sociedad de consumo le vende la idea
de la libertad a cada oveja al mismo tiempo que no cree en ella. Como
decía un personaje de Juan Goitisolo (Makbara, 1980), avanzando un slogan
publicitario: “Confiar su poder de decisión en nuestras propias manos será
siempre la forma más segura de decidir por usted mismo”.
The University of Georgia, enero de 2008