Jorge Majfud |
14 de marzo de 2008
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El pasado duele pero no condena
Los fragmentos de la unión latinoamericana
I
En América Latina, a falta de una revolución social en tiempos de las
independencias sobraron las rebeliones y las revueltas políticas. Con menos
frecuencia fueron rebeliones populares y casi nunca se trató de revoluciones
ideológicas que sacudieran las estructuras tradicionales, como pudieron ser la
Revolución norteamericana, la Revolución francesa y la Revolución cubana. Más
bien abundaron las luchas intestinas, antes y después de la parición de las
nuevas Repúblicas.
Jorge Majfud
Escritor uruguayo y profesor de literatura latinoamericana
en la Universidad de Georgia, EE.UU.
Medio siglo después, en 1866, el ecuatoriano Juan Montalvo hacía un dramático
diagnóstico: "la libertad y la patria en la América latina son la piel de
carnero con que el lobo se disfraza". Cuando las repúblicas no estaban en
guerra gozaban de la paz de los opresores. Aunque la esclavitud había sido
abolida en las nuevas repúblicas, existía de hecho y era casi tan brutal como
en el gigante del norte. La violencia de clase era también violencia racial: el
indio continuaba marginado y explotado."Esta ha sido la paz de la cárcel",
concluía Montalvo. El indio, deformado
por esta violencia física y moral, recibía los más brutales castigos físicos de
tal forma que "que cuando le dan látigo, temblando en el suelo, se levanta
agradeciendo a su verdugo: Diu su lu
pagui, amu". Mientras tanto, el puertorriqueño Eugenio M. Hostos en 1870 ya
se lamentaba de que "todavía no hay una Confederación Sudamericana". Como
contrapartida, sólo veía desunión y nuevos imperios oprimiendo y amenazando:
"¡Todavía puede un imperio [Alemania] atentar alevemente contra Méjico! ¡Todavía
puede otro imperio [Gran Bretaña/Brasil] destrozarnos impunemente al Paraguay".
Pero
también la admiración monolítica por la Europa central, como la de Sarmiento, comienza
a resquebrajarse a finales del siglo XX: "no es más feliz Europa, y nada tiene
que echarnos en cara en punto a calamidades y desventuras" (Montalvo). "Los
pueblos más civilizados -sigue Montalvo-, aquellos cuya inteligencia se ha
encumbrado hasta el mismo cielo y cuyas prácticas caminan a un paso con la
moral, no renuncian a la guerra: sus pechos están ardiendo siempre, su corazón
celoso salta con ímpetus de exterminación". La masacre del Paraguay se debe a
razones musculares dentro del continente y en esta percepción no se salva otro
imperio americano de la época: "Brasil es comerciante de carne humana, que
compra y vende esclavos, para inclinarse a su adversario y poner de su parte la
razón". La antigua acusación de la España imperial es lanzada ahora contra las
demás fuerzas colonialistas de la época. Francia e Inglaterra -y por extensión
Alemania y Rusia- son vistas como hipócritas en sus discursos: "la una tiene
ejércitos para sojuzgar el mundo, y sólo así cree en paz; la otra se dilata por
los mares, se apodera de todos los estrechos, domina las fortalezas más
importantes de la tierra, y sólo así cree en paz". En 1883, señala también las
contradicciones éticas de Estados Unidos "donde las costumbres contrarrestan a
las leyes; donde éstas llaman al Senado a los negros, y ésas los repelen de las
fondas". (El mismo Montalvo evita pasar por Estados Unidos en su paso a Europa
por "temor de ser tratado como brasileño, y que el resentimiento infundiese en
mi pecho odio", ya que "en el país más democrático del mundo es preciso ser
rubio a cara cabal para ser gente".)
No
obstante, aunque la práctica siempre tiende a contradecir los principios éticos
-no por casualidad las leyes morales más básicas son siempre prohibiciones-, la
ola imparable de la utopía humanista continuaba imponiéndose paso a paso, como
el principio de unión en la igualdad, o la "fusión de las razas en una misma
civilización". La misma historia iberoamericana es entendida en este proceso
universal "para unir a todas las razas en el trabajo, en la libertad, en la
igualdad y en la justicia". Cuando se alcance la unión, "entonces el continente
se llamará Colombia" (Hostos). También para José Martí, la historia se dirigía
inevitablemente a la unión. En "La América" (1883) preveía una "nueva acomodación
de las fuerzas nacionales del mundo, siempre en movimiento, y ahora aceleradas,
el agrupamiento necesario y majestuoso de todos los miembros de la familia
nacional americana". De la utopía de la unión de naciones, proyecto del
humanismo europeo, se pasa a un tópico común latinoamericano: la fusión de las
razas en una especie de mestizaje perfecto. Descartados los imperios de Europa
y Estados Unidos en semejante proyecto, el
Nuevo Mundo sería "el horno donde han de fundirse todas las razas, donde se
están fundiendo" (Hostos). En 1991, un Martí optimista escribe en Nueva York
que en Cuba "no hay odio de razas porque no hay razas" aunque se trata más de
una aspiración que de una realidad. Por la época todavía se publicaban en los
diarios anuncios vendiendo esclavos junto con caballos y otros animales
domésticos.
Por
otra parte, esta relación de opresores y oprimidos no se simplifica en europeos
y amerindios. Los collas, por ejemplo, también pasaban sus días escarbando la
tierra en busca de oro para pagar tributos a los enviados del inca y múltiples
tribus mesoamericanas tuvieron que sufrir la opresión de un imperio como el
azteca. Durante la mayor parte de la vida de las repúblicas iberoamericanas, el
abuso de clase, de raza y de sexo fue parte de la organización social. La
lógica internacional se reproduce en la dinámica doméstica. Por ponerlo en
palabras del boliviano Alcides Arguedas de 1909, "cuando un patrón tiene dos o
más pongos [trabajador sin sueldo], se queda con uno y arrienda los restantes,
sencillamente cual si se tratase de un caballo ó de un perro, con la pequeña
diferencia que al perro y al caballo se les aloja en una caseta de madera ó en
una cuadra y á ambos se les da de comer; al pongo se le da el zaguán para que
duerma y se le alimenta de desperdicios". Al paso que los soldados tomaban a
los indios de los pelos y a fuerza de sablazos y los llevaban para limpiar
cuarteles o les roban las ovejas para mantener a una tropa del ejército que
estaba de paso. Ante estas realidades, las utopías humanistas aparecían como
estafas. Frantz Tamayo, en 1910 declama, "imaginaos un poco el imperio romano o
el imperio británico teniendo por base y por ideal el altruismo nacional. […] ¡Altruismo!,
¡verdad!, ¡justicia! ¿Quién las practica con Bolivia? ¡Hablad de altruismo en
Inglaterra, el país de la conquista sabia, y en Estados Unidos, el país de los
monopolios devoradores!". Según Ángel Rama (1982), también la modernización se
ejerció principalmente "mediante un rígido sistema jerárquico". Es decir, se trató
de un proceso semejante al de Conquista y la Independencia. Para legitimarlo,
"se aplicó el patrón aristocrático que ha sido el más vigoroso modelador de las
culturas latinoamericanas a lo largo de toda su historia".
¿Acaso
tuvimos una historia diferente a estas calamidades durante las dictaduras
militares de finales del siglo XX? Ahora, ¿quiere decir esto que estamos
condenados por un pasado que se repite periódicamente como si fuese una novedad
cada vez?
II
Respondamos
con un problema diferente. La tradición popular psicoanalítica del siglo XX nos
hizo creer que el individuo es siempre, de alguna forma y en algún grado, cautivo
de un pasado. Menos arraigados en la conciencia popular, los existencialistas
franceses reaccionaron proponiendo que en realidad estamos condenados a ser
libres. Es decir, en cada momento tenemos que elegir, no hay remedio. En
mi opinión, son posibles las dos dimensiones en un ser humano: por un lado
estamos condicionados por un pasado pero no determinados por él. Pero si rendimos
tributo paranoico a ese pasado creyendo que todo nuestro presente y nuestro
futuro se debe a esos traumas, estamos reproduciendo una enfermedad cultural:
"soy infeliz porque mis padres tienen la culpa". O, "no puede ser feliz porque
mi marido me oprimía". Pero dónde está el sentido de la libertad y de la responsabilidad?
¿Por qué mejor no decir que "no he sido feliz o tengo estos problemas porque,
sobre todo, yo mismo no me he responsabilizado de mis problemas"? Así surge la
idea de víctima-pasiva y en lugar de luchar con criterio contra males como el
machismo se recurre a esta muleta para justificar por qué esta mujer o aquella
otra han sido infelices. "¿Estoy engripada? La culpa es del machismo de esta
sociedad". Etc.
Quizás esté de más decir
que ser humano no es sólo biología ni es sólo psicología: estamos construidos
por una historia, la historia de la humanidad que nos crea como sujetos. El individuo -el pueblo- puede reconocer la
influencia de contexto y de su historia y al mismo tiempo su propia libertad siempre
en potencia que, por mínima y condicionada que sea, es capaz de cambiar
radicalmente el curso de una vida. Es decir, un individuo, un pueblo que
rechace de plano cualquier representación de sí mismo como víctima, como planta
o como bandera que ondea el viento.
University of Georgia, Marzo de 2008
Jorge Majfud
Escritor uruguayo
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majfud@gmail.com
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