Manuel Pérez García |
Actualizado:
28 de Abril de 2001
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Con el cantautor Rodrigo Veramendi, «Rodriges» Cantar es un acto íntimo e instintivo de los seres vivos escribe
Llegar hasta Rodrigo Veramendi, bautizado por los suecos como Rodriges, es acercarse hasta un hermoso límite; saber quedarse en él con la sensación de que tan sólo un paso más sería el necesario para alcanzar ese estado de ánimo capaz de rebasar la cercana fronda arbolada y dejarse atrapar por su espíritu, su energía y porqué no: su música. Una casona azul pastel al
borde del bosque en Hovmantorp, a un costado del lago Rottne, en Småland,
la tierra del cristal y emigrantes que, además de conocerse todos,
son buenos amigos. Rodeado de objetos que en sus formas guardan más
de alguna anécdota y paredes con cuadros dedicados por pintores
amigos, y algún que otro, como él dice, garabato de mi
autoría, Rodriges indica las escaleras al sótano, donde
entre cuatro guitarras, cables, micrófonos, parlantes, mixers, afiches
de actuaciones y otros reconocimientos (y por supuesto una computadora),
su estudio brinda el marco adecuado para conversar de la música
de su vida o su vida con música, que quede a gusto del lector, porque
este hombre, a punto de tener en la calle un nuevo compacto, fue un viajero
de tiempos difíciles y, ante todo, cronista de sus pasos por muy
dispares lugares de un mundo que aún hoy se nos antoja más
ajeno que ancho.
A partir de allí vivió dos años en los Estados Unidos. Primero en Nueva Orleans donde se alimenta de hamburguesas y jazz para luego, en Nueva York, desempeñar los más diversos oficios tal como corresponde a un trabajador de la vida. Taxista de un Gipsy Car, cantante en clubes del Bronx, obrero textil en Queens y por supuesto el oficio que más identifica a la mayoría de los que nos vimos obligados a dar algunas vueltas por el mundo, el de lavaplatos, pero eso sí en un restaurante de lujo a un costado de Naciones Unidas en Manhattan. Tiempo suficiente
-observa- para conocer al pueblo norteamericano casi tan jodido como
los nuestros.
Pero la vida no deja de dar vueltas y cierto es que este tópico no tiene respuesta ya que a la memoria de Rodrigo, tras el calor llegaba el frío, el climático, el que le recibió en Moscú y lo hace reconocerse caminado por la calle Gorki o escribiendo poesía en un banco de la galería Tretiakov frente a un cuadro de Picasso. Cantando en los más grandes teatros y compartiendo la mesa solidaria de un pueblo que se merece y sin duda forjará una suerte mejor. A la interrogante de cómo definiría su música y si esta colmó sus expectativas, ante todo, Rodriges, precisa que es un cantautor, una forma de sintetizar poeta, compositor y cantante. Así se manifiesta: este oficio me ha comunicado con distintas gentes, porque lo elegí o me eligió para contar mis reflexiones. Y tengo la certeza de que mi trabajo es bien recibido; me lo dice la respuesta de la gente a la intimidad que ofrezco; porque cantar es un acto íntimo e instintivo propio de los seres vivos. Dice darle el mismo tratamiento a textos y música. Siempre procura que sus letras puedan existir por sí solas... y así sucede también con la música. Generalmente ambas cosas nacen juntas. Luego hay que separarlas y volver a reconciliarlas; que sean un todo armónico. Intento que mi proposición sea sincera y por lo mismo accesible a todos quienes me escuchan. Explica que procura un tono coloquial, sin grandilocuencias, apegado a su forma de hacer y sentir: es decir, que una canción posea una estructura compacta donde cada elemento juegue su rol, donde el uno exista en estrecha relación con el otro. Creo que estos son los pilares fundamentales sobre los que construyo mi propuesta. Al conversar con un creador sobre las influencias que recibe su trabajo; está sobre el tapete, más que el fin de buscar un nexo para su labor, el tributo otorgado a una persona capaz transmitir esa sensibilidad, pero Rodriges, ante ello define con claridad sus intenciones: Trato de no parecerme a nadie pero es inevitable toparse a cada rato con éste o el otro. Nos pasa a todos; en el intento de evitar las semejanzas aparecen las más de las veces los rasgos propios, aunque -concluye- la originalidad no es la piedra angular de mi quehacer. Sería inevitable no hablar de Amor Gitano, su primer CD editado hace algún tiempo por la Radio Sueca. Este es un disco al que quiero mucho y me representó en su momento. Ahora tengo nuevas canciones que se enmarcan dentro de otras tendencias y sin la constante nostálgica de Amor Gitano. Aunque personalmente pienso que en ese disco, Rodriges va más allá de la nostalgia para sintetizar ese existir que enraízado en los setenta, es capaz de devolvernos la cotidianidad de momentos especiales, cargados de cosas sencillas, esas que son, las más de las veces, tan difíciles de alcanzar. En referencia a su quehacer en Suecia, Rodrigo explica: como sabes he creado un puñado de temas en sueco alusivos al recismo y a la violencia los que presento desde hace tres años en eventos, festivales, etc. Y no es sólo un forma de reribuir lo mucho que he recibido de esta sociedad, sino porque considero urgente asumir una postura clara ante estos fenómenos. El trabajo ha contado con el reconocimiento de diversas organizaciones pero sobre todo del público de éste país que es lo más importante. Rodrigo Veramendi al futuro pide que le permita seguir escribiendo más y mejor; que no me baje del escenario por malo, que pueda hacer muchos discos y la gente los sienta como suyos. Qué otra cosa podría pedir alguien que siente y vive la música junto a la ventanilla de un tren que, proveniente de Santiago con paradas en Nueva York, México DF o Moscú, entre otras estaciones, tiene hasta hoy destino en Småland. Ahí, entre el cristal de la tierra y los antiguos emigrantes, en un estudio sito en el sótano de su casa azul pastel, al costado de un bosque muy cerca de lago Rottne, Rodrigo Veramendi, bautizado por los suecos como Rodriges, recapitula sus mundos, los agita, mezcla y comparte sin retaceos en vasos grandes colmados de generosidad. Manuel
Pérez García
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