Manuel Pérez García |
Actualizado:
4 de Julio de 2001
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Anthony
Quinn
Todo un
personaje
Manuel Pérez García El 3 de junio, en Boston, Anthony Quinn dejaba a un lado su mejor interpretación: la vida. Mejicano de nacimiento y orgulloso de su Chihuahua natal, donde había nacido el 21 de abril de 1915, su imponente presencia y su rara capacidad para impregnar de emociones a la infinidad de personajes que el destino puso en su camino le permitieron hacerse un lugar muy pronto dentro e incluso fuera de Hollywood. Actor de excesos dramáticos, sus orígenes mexicanos y sus rasgos angulosos le relegaron durante una buena parte de su prolífica filmografía a papeles de procedencias exóticas, incluso aun después de ganarse un nombre y una reputación como actor encarnando personajes de indio, de esquimal, de árabe, de griego, y por supuesto de mexicano a parte de todo tipo de orientales. Nacionalizado estadounidense en 1947, Quinn se había criado en el Este de Los Ángeles. En 1936 Cecil B. DeMille se fijó en su cara y convenció a la Paramount para que le firmara un contrato en el que se dedicó por completo a un perfecto ejercicio de encasillamiento: sólo hacía de gangster o de indio. Por esa época también se casa con hija la adoptiva del director, Katherine. Son buenos o malos, traidores o nobles, amigos o enemigos de los protagonistas, los individuos a los que Quinn presta su figura, destilando vehemencia, intensidad y entusiasmo, cualidades que diluían de sobra las carencias técnicas del actor. Así le llegó el papel de Eufemio Zapata, hermano de Emiliano, en Viva Zapata (1951) lo que le valió su primer Oscar al mejor actor secundario en 1952. Europa se le descubre de la mano de Federico Fellini quien le eligió para La Strada (1954) y aunque solía decir que: En Europa, un actor es un artista; en Hollywood, un actor es un vago, salvo cuando trabaja, regresó a Hollywood para hacer películas a un ritmo frenético, e incluso convenció a su suegro para que le permitiese dirigir un «remake» de El Bucanero que fue un desastre crítico y financiero. Su fisonomía, ruda y tierna al mismo tiempo, le permitió llegar a personajes complejos, como el de boxeador humillado en Réquiem por un campeón o el beduino creado por David Lean en Lawrence de Arabia (1962). En 1964 llegó el papel de su vida interpretendo al humilde campesino de Zorba el Griego en la adaptación de la novela de Nikos Kazantzakis, un personaje que retomó en Broadway un cuarto de siglo después. Repasando su extensa huella sobre la pantalla van surgiendo un considerable número de personajes inolvidables los que por distintos motivos hacen que cada cual se reserve sus propios favoritos. Para algunos , por su exotismo de buen salvaje, es especialmente emblemático el del esquimal Inuk en Los dientes del diablo, para otros el mejor Anthony Quinn puede encontrarse en el atípico pirata Chávez, discretamente amedrentado por el descaro y la espontánea crueldad de los niños de Viento en las velas, que Alexander Mackendrick reinventó malévolamente a partir de la apreciable novela Huracán en Jamaica. La carrera de Quinn es difícil de abarcar y se extiende, además de por el exotismo ya mencionado, por una amplia galería de nombres ilustres de la historia a los que ha aportado más humanidad que rigor, desde Atila a Mahoma pasando por Barrabás; además de un nada desdeñable repertorio de figuras patriarcales sin olvidar, su actuación en películas como Murieron con las botas puestas (1941), de Raoul Walsh o Sangre y Arena (1941), de Rouben Mamoulian o cuando Vincente Minelli le brindó la segunda oportunidad de oro en su carrera al ofrecerle el papel de Gauguin en El loco del pelo rojo (1956), por el que obtuvo un nuevo Oscar al mejor actor secundario. Dentro de su extensa filmografía tampoco se pueden dejar de citar sus actuaciones en Barrabás (1962), de Richard Fleischer; Aventuras de Buffalo Bill, de William A. Wellman (1944); Notre Dame de París, de Jena Delannoy (1956) o Las sandalias del pescador (1968), de Michael Anderson, pero ante todo destacar que Anthony Quinn dejó en evidencia que detrás de sus personajes de ficción latía otro personaje, el suyo propio, el de su vida real, igual de turbulento y rebosante de vitalidad, más aún que el de aquellos a los que dio vida en la pantalla. Manuel
Pérez García
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