Manuel Pérez García |
Actualizado:
2 de Agosto de 2001
|
|
|
Las cárceles también son negocioEn esta realidad de comienzos del siglo XXI en que lo políticamente correcto suele encubrir el lado desfavorable de la realidad, uno de los términos que más se pretende evitar es el prisión. Se suele utilizar como sustituto «centros penitenciarios» o «correccionales», los que cuentan además con el añadido de una gama de «servicios», cual establecimientos especializados de hostelería se tratara, que van desde la educación social a la formación profesional. Hasta el vocablo presidiarios nos
parece inhumano y preferimos referirnos a internos. Sin embargo no es necesario
profundizar demasiado para acercarnos a los serios problemas que afronta
(globalmente) todo el sistema carcelario, sin dejar de tener en cuenta
la elevadísima inversión que representa mantener entre rejas
a los internos y el creciente abismo que media entre los objetivos de encarcelación
y los verdaderos efectos de ella.
Una realidadEs así que cada vez son más las voces que se alzan cuestionando la eficacia de las cárceles, con el tan simple argumento de que si bien la cantidad mundial de presos supera los 8 millones el índice de criminalidad no ha disminuido. Además, aunque un alto porcentaje de reclusos está en prisión por delitos relacionados con la droga, la disponibilidad en la calle de ellas sigue aumentando.A pesar de lo antes reseñado para muchos el encarcelamiento es la pena ideal, a su modo de ver el infractor encarcelado recibe su justo merecido, pero, si la prisión persigue cuatro fines específicos: castigar al infractor, proteger la sociedad, evitar delitos futuros y reformar al delincuente, los posibles logros alcanzados dejan demasiado que desear. El sistema penitenciario pocas veces elimina la conducta delictiva. Las nombradas anteriormente grandes sumas de dinero invertidas para hacer más celdas a costas del concepto que el preso tiene de sí mismo, suele ser el preludio de más y peores delitos. Estos suelen decir que casi todos comienzan con delitos menores, luego pasan a cometerlos contra la propiedad para finalmente licenciarse en delitos contra las personas. Las cárceles son para ellos las auténticas escuelas de formación profesional. Y si bien es cierto que cumplidas las penas o antes, mucho salen a la calle poco o casi nada se hace para que no retornen en gran número a corto o mediano plazo, y sobre todo los jóvenes de las zonas urbanas marginadas suelen ver en el encarcelamiento un rito de iniciación. Este círculo vicioso tal vez explique porqué según un estudio llevado a cabo en Estados Unidos, el 50% de los delitos graves sólo los perpetúen el 5% de los delincuentes. El hecho fundamental de que durante sus condenas no tengan una «manera constructiva» de pasar el tiempo, hacen que esas horas se acumulen sólo con resentimiento (algo lógico) el que naturalmente será puesto en práctica al salir o dicho de otra manera, la puesta en práctica de un «ajuste de cuentas» con la sociedad. Las condiciones inhumanas en que
el porcentaje mayoritario de reclusos se encuentran precisamente no fomenta
la confianza en la cárcel como posibilidad de regeneración.
Para ello basta citar cuatro características comunes a casi todas:
el hacinamiento, la violencia, el abuso sexual y la salud e higiene en
estos establecimientos.
A modo de ejemploPara comprobar la primera de las características nombradas citaremos estos ejemplos: en Gran Bretaña existe un promedio de 125 presos por cada cien mil habitantes, en San Pablo, Brasil, la cárcel de mayor tamaño construida para 500 reclusos cuenta en la actualidad con seis mil, en Rusia, celdas preparadas para 28 presos, albergan hasta in centenar; en los países asiáticos se aglomeran 13 o más en celdas de tres metros cuadrados, mientas que en Australia se ha afrontado la falta de espacio encerrando a los presos en contenedores.La revista alemana Der Spiegel informa que en las prisiones de ese país los reclusos se matan y torturan entre ellos por «la lucha que existe entre las bandas por el negocio ilegal del alcohol, el narcotráfico, el sexo y la usura» y las tensiones étnicas suelen avivar esos conflictos. «Hay convictos de 72 nacionalidades... es inevitable que surjan fricciones y conflictos». The New York Times bajo el título «La violación en las cárceles» expresa: «cada año en Estados Unidos sufren abusos sexuales más de 290.000 hombres encarcelados... La experiencia de ser violado no suele limitarse a una ocasión aislada, sino que a menudo pasa a ser algo cotidiano». Una organización dedicada al estudio de esta situación establece que a diario se producen en ese país 60.000 actos de ese tipo. La propagación de enfermedades de transmisión sexual entre la población reclusa está bastante documentada. La tuberculosis entre los presos rusos y algunos países africanos atrae la atención del mismo modo que la negligencia existente en muchas prisiones del planeta en cuanto al tratamiento médico, de higiene y nutrición. No debemos dejar también de
citar un informe de la agencia de noticias Associated Press hecho público
en 1998 hizo pública la denuncia de ex presos de la cárcel
de Holmesburg de Pensilvania quienes solicitaban una indemnización
por haber dio utilizados como cobayas humanas para experimentos químicos
durante su encarcelamiento, a la vez de que en ese país se vuelven
a ver cuadrillas de presos encadenados. Amnistía Internacional lo
explica: «trabajan de diez a doce horas, a menudo bajo el sol ardiente,
con descansos muy breves para beber agua y una hora para comer. Para hacer
sus necesidades sólo disponen de un orinal tras una cortina improvisada.
Los presos siguen encadenados mientras lo usan. Si no pueden acceder a
él no tienen otra alternativa que hacerlo a la vista de todos»
También es negocioLos presos que han tenido que padecer esta situación difícilmente se reformarán, como así tampoco debe dejar de inquietar la creciente cantidad de miembros de minorías étnicas en las cárceles europeas nos lleva a la pregunta de si se trata de una simple coincidencia u otra muestra de discriminación racial.Aunque podamos decir de que la gente en general se siente más segura cuando los criminales peligrosos están encerrado, no podemos dejar de citar lo sucedido en la población de Cooma (Australia) cuando se protestó vehemente mente por el intento de cierre de la cárcel local. ¿El argumento para mantenerla en funcionamiento? La comunidad local se quejó de los perjuicios económicos que eso les acarrearía ya que la cárcel suministraba muchos puestos de trabajo en el lugar. En los tiempos que corren algunos gobiernos han vendido las cárceles a empresas privadas como medida de ahorro, pero de esta forma es lógico que cuantos más presos haya y más largas sean las condenas, más lucrativo será el negocio o sea que la justicia forma también parte del gran mercado en que están transformando a mundo. A la luz de todo lo anteriormente
expuesto tal vez esté de más plantearnos si el objetivo de
reformar delincuentes es lo que realmente mueve a las direcciones de las
prisiones: dado que la gran mayoría de ellas solo obstentan el nada
honroso título de universidades del delito, podemos afirmar que
aun estamos demasiado lejos como para pensar que el mismo sea por lo menos
el objetivo prioritario y todo esto sin tener para nada en cuenta los factores
sociales que puedan impulsar al individuo a delinquir, aunque lógicamente
estos están mucho más claros y todos los conocemos.
Manuel
Pérez García
|
| PORTADA | MANUEL PÉREZ GARCÍA |