Manuel Pérez García
Actualizado: 2 de Septiembre de 2001
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Ante la muerte de Paco Rabal

También Francisco
en Burdeos

Manuel Pérez García

Francisco Rabal ha muerto cuando regresaba a España luego de recibir un homenaje en la XXV edición del Festival de Films du Monde de Montreal. La tarde del 29 de agosto el avión de British Airways sobrevolaba Burdeos. Paco recordó que su otro Francisco (su admirado Goya de tres de sus películas) había dejado de pintar estos mundos en esa ciudad. Seguro que no lo meditó mucho cuando, apurando los restos de su vaso de vida, decidió que precisamente ese era el momento y el lugar adecuado para no decirnos adiós.

La noticia en la prensa se leyó diferente. Buscaba causas apelando a la sensibilidad de quienes le seguiremos viendo en la pantalla. Así debían hacerlo y entre homenajes apresurados y comentarios me entretuve en releer una entrevista de tiempo atrás con Francisco Umbral (va de Franciscos la nota). Allí el escritor no hablaba del hombre, del actor, hablaba de los dos, de más cosas sintetizado todo en esa calva tan noble, tan vivida, toda la madurez en esa calva, un mapamundi de experiencias, soles y cicatrices, un hemisferio macho y soleado. Una calva así hay que trabajársela como un fruto, como una idea hermosa y solar que al fin nos llena toda la cabeza.

Qué hermosa síntesis. Qué definición más acabada para ese ser capaz de guardar en su humanidad al auténtico cómico, al cómico de antaño, al cósmico cómico de nuestro mañana. Al de los caminos polvorientos y cuatro tablas a guisa de escenario. Al ser comprometido, al que no perdió el norte (ni el sur) en las dos Españas que le helaron el corazón.

Paco tiene épocas, como Picasso: con calva y sin calva. La estuvo tapando durante muchos años, con más ironía que otra cosa. Sólo las mujeres de su intimidad sabían que él tenía todo el talento en la calva, bajo la melena alquilada. La calva de Paco era la calva más pública y escondida de Madrid. Un convencionalismo aceptado por todos. Dice el dicho que a cierta edad todo hombre es responsable de su cara. 

Para qué añadir más, tan solo que sería muy pretencioso de mi parte pensar que allá donde esté, Francisco Rabal leerá esta nota. Aunque seguro que de hacerlo, no podrá decir otra cosa más que eso de cuántas tonterías se es capaz de escribir cuando uno no las puede contestar, pero seguro que él sabía que así iba a ser y nos perdonará.

Trazos de una vida intensa

Francisco Rabal Valera había nacido en 1926 en un coto minero de Aguilas (Murcia). Hijo de minero, cuando tenía seis años su padre emigró a Madrid, y, cuando la Guerra Civil terminó, ayudó a su padre y hermano vendiendo mercancías infantiles por las calles: pipas, caramelos, etc. Más tarde, trabajó en una fábrica y asistió a las clases nocturnas de los Padres Jesuitas de Chamartín de la Rosa, donde montaba cuadros teatrales, haciendo de actor y director con obras de la Galería Salesiana o alguna escrita por él mismo.

Por aquella época se inauguraron los Estudios Cinematográficos Chamartín donde fue admitido como aprendiz de electricista. Allí también encontró sus primeras oportunidades como figurante y luego como actor de reparto en dos películas de Rafael Gil: La pródiga y Reina Santa (1946), y en otras tantas de José López Rubio, El crimen de Pepe Conde (1946) y Alhucemas (1947), a las que seguiría ya un papel principal en María Antonia la Caramba (1950), de Arturo Ruiz-Castillo.

Después de varios papeles pequeños logró entrar como meritorio en los Teatros Infanta Isabel y María Guerrero, donde conoció a José Tamayo, quien le contrató como actor profesional de la Compañía Lope de Vega, con la que debuta en 1947. En la compañía estaban Carlos Lemos, Alfonso Muñoz, Maruchi Fresno y María Asunción Balaguer, con la que contrajo matrimonio tres años después, en 1951.

Más tarde Luis Escobar, director del María Guerrero, le contrató como protagonista de La Honradez de la Cerradura. Interpretó también Luna de Sangre, de Rovira Beleta, y regresó a la compañía Lope de Vega para estrenar en Madrid La Muerte de un Viajante, de Arthur Miller.

Alterna a partir de entonces los trabajos cinematográficos con su presencia en los escenarios hasta que, en 1953, fue contratado en exclusiva por Vicente Escrivá para interpretar algunas de las películas de corte religioso o político que producía Aspa Films, como La guerra de Dios (1953), El beso de Judas (1954) o Murió hace quince años (1954), dirigidas todas por Rafael Gil.

De ahí en adelante, amplió su sus registros interpretativos con trabajos a las órdenes de José Luis Sáenz de Heredia (Historias de la radio, 1955) o José María Forqué (Amanecer en Puerta Oscura, 1957), a la vez que dio sus primeros pasos en el cine extranjero a través de varias coproducciones como Marisa la civetta (1957), de M. Bolognini, o Prisioneros del mar (1957), de G. Pontecorvo.

Su amigo Buñuel

A finales de esta década, la de los cincuenta, tuvo lugar uno de los momentos decisivos de su dilatada carrera: el encuentro con Luis Buñuel en Nazarín (1958). Su interpretación intensa y sincera del sacerdote protagonista se convirtió en la puerta que abrió su colaboración con el maestro aragonés, prolongada luego en Viridiana (1961) y en Belle de Jour (1966).

Su proyección internacional alcanzó en estos años la etapa más interesante gracias al trabajo con creadores como Michelangelo Antonioni en El eclipse (1961), Leopoldo Torre-Nilsson en La mano en la trampa (1961), Jacques Rivette en La religiosa (1966) o Luchino Visconti, con el que trabajo en el episodio La strega bruciata viva (1966).

La siguiente década la inició con las obras polémicas y desiguales de Glauber Rocha (Cabezas cortadas, 1970) o Silvano Agosti (N. P. il segreto, 1972). Esta etapa estuvo dominada por trabajos alimenticios, fundamentalmente en el cine italiano, por su dedicación a la realización de documentales sobre Machado, Alberti y Dámaso Alonso; así como por un cierto alejamiento del cine español a pesar de sus notables interpretaciones en películas como Goya, historia de una soledad (1970), de Nino Quevedo, o Tormento (1974), de Pedro Olea.

Pasada esta etapa, la madurez artística y personal de Rabal coincide con el período más fecundo y creativo de su extensa carrera. 

De esta época es La Colmena (1982) y, sobre todo, Los santos inocentes (1984), ambas de Mario Camus, y por la segunda de las cuales obtuvo (conjuntamente con Alfredo Landa) el Premio a la Mejor Interpretación Masculina en el Festival de Cannes.

Un amplio registro

A partir de entonces, Rabal desarrolló en el cine español toda una gama de personajes de amplio registro interpretativo que generaron capacidad de identificación, desgarro y vitalismo, y a los que su rostro cuarteado y su personalísima voz no fueron ajenos.

Así, dio vida al intelectual Rocabruno de Epílogo (1983), de Gonzalo Suárez, y al pícaro Ginés de Truhanes (1983), de Miguel Hermoso. De esta época son también sus excelentes trabajos en Padre nuestro (1985), de Francisco Regueiro; Tiempos de silencio (1986), de Vicente Aranda; El disputado voto del señor Cayo (1986), de Antonio Giménez-Rico; ¡Atame! (1989), de Pedro Almodóvar; o El hombre que perdió su sombra (1991), de Alain Tanner.

A raíz de sus creaciones en diversas series de televisión, en especial Juncal (1988) y Una gloria nacional (1992), escritas y dirigidas por Jaime de Armiñán para Televisión Española, acrecentó todavía más su popularidad. 

En los últimos años, y a pesar de su avanzada edad, Rabal siguió trabajando en el cine en filmes como Así en el cielo como en la tierra (1995), de José Luis Cuerda; El palomo cojo (1995), de Jaime de Armiñán; Air-bag (1997), de Juanma Bajo Ulloa; Pajarico (1997), de Carlos Saura; Pequeños milagros (1997), de Eliseo Subiela; El evangelio de las maravillas (1998), de Arturo Ripstein; Goya en Burdeos (1999), de Carlos Saura, por la que consiguió el Goya a la Mejor Interpretación Masculina; Lázaro de Tormes (2000), de José Luis García Sánchez; o Divertimento (2000), de José García Hernández.

Además de demostrar su profesionalidad a lo largo de su carrera, Rabal se caracterizó por su talante solidario y de izquierdas, manteniéndose fiel a sus fuertes convicciones políticas y sociales. 

Entre la larga serie de premio recibidos, figura el Premio Nacional de Cinematografía (1984). En 1992 se le otorga la Medalla de Oro de Bellas Artes y, al año siguiente, la Medalla de Oro de la Academia de Cine, y en 2000 le concedieron la Medalla de Oro al Mérito del Trabajo. En 1995 la Universidad de Murcia le hizo Doctor Honoris Causa, siendo el primer reconocimiento de tal clase que recibía un actor cinematográfico en nuestro país. Para el presente mes de septiembre estaba previsto que el Festival de Cine Internacional de San Sebastián le entregara el Premio Donostia en reconocimiento a toda su carrera.

Rabal, que según sus propias palabras llevaba 55 años escribiendo «sus cosillas», publicó en 1994 el libro Mis versos y mi copla y más tarde, con la colaboración del escritor Agustín Cerezales, su biografía Si yo te contara.

En los últimos tiempos el actor, junto a su mujer Asunción Balaguer, realizó el recital Queridos poetas..., con el que recordó a muchos de los grandes escritores en español y en catalán del siglo pasado y así para recaudar fondos para uno de sus sueños: la Casa del Actor.

Se ha escrito mucho sobre Rabal, se escriibirá mucho más aún, pero volviendo a Francisco Umbral a cierta edad, cuando Paco Rabal se sintió responsable de su calva, la descubrió para siempre, hecha ya a los soles y las sombras de la clandestinidad, y sólo se la ha tapado alguna vez con una boina de pueblo para ser el señor Cayo de Miguel Delibes, o el tonto de la milana bonita, boina de santo inocente. No podía caber la más mínima duda: Burdeos, era el lugar adecuado para esconder su calva. Su calva y su cara con cicatrices.
 


Manuel Pérez García
manpergar@hotmail.com

 
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