Manuel Pérez García |
15 de abril
de 2002
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Recuerdo
a mi madre hablar con devoción de Jorge Negrete. Contar que, cuando
pequeña llegaba a su aldea algún «hombre de cine»
con las películas de su ídolo, el local donde iban a ser
proyectadas tenía un lleno asegurado. Yo la oía e imaginaba
casas de mohosa piedra, descascarada pintura verde en marcos de puertas
y ventanas, el duro día a día de un tiempo también
marcado por la guerra, las faenas del campo y niños alborotando
el domingo a la tarde. Sí, contaba que las películas eran
pocos domingos al año y por consecuencia un acontecimiento que se
esperaba y recibía cada vez con igual expectativa. El tiempo me
dio la posibilidad de llegar al norte de España y a esa aldea. Entonces
aquellas películas mías se vieron recompensadas al completar
el escenario, con sólo intercambiar el imaginario verde de los marcos
por un paisaje inmenso. Es cierto, lo pude comprobar. Todavía suele
estar algún domingo Jorge Negrete en una de las mesas del único
bar junto a la carretera; sosteniendo una copa y cantando rancheras. Canta
décadas con sabor a México sin dejar de mirar los ojos de
María Félix.
Supe de su existencia
sólo porque mi madre la relacionaba con Jorge Negrete. Un conocimiento
muy pobre, escaso de interés y sí, en realidad hasta bastante
tiempo después no supe de su belleza, de sus películas ni
que es tan símbolo de México como Pancho Villa o que sabe
ser muy mujer cuando y en un país dónde, en su época,
difícil fue serlo.
De a poco crece
la información. Creo no equivocarme si digo que a mediados de los
90 es cuando llega a mis manos un libro con el nombre de Todas mis
guerras. Una autobiografía que lamentablemente un día
quedó por el camino de algún viaje y temo no volver a conseguir.
Ese es el punto de partida de una nueva etapa en mi comunicación
con María Félix, ya con Jorge Negrete en la memoria de mi
madre o tal vez de parranda por algún pueblo de Jalisco.
Estoy convencido que entre nosotros no existió la infidelidad. Las veces que intenté saber algo de María Félix, respondió con creces a las expectativas. Por mi parte no dejo de admirarla día a día y cada vez que me ama desde la pantalla. Entre papeles aparece otro libro: el publicado en 1992 por su hijo Enrique y en él, previo a sus fotografías, un prólogo de Octavio Paz con esta definición: María nació dos veces: sus padres la engendraron y ella, después, se inventó a sí misma. También sé del libro de un tal Henry Burdin escrito en 1982 con el título «La Mexicaine». 769 páginas sacadas de su vida, más, al final de cuentas, ¿cuántos otros libros inspirados en María Félix se habrán escrito? Así de entre muchas letras comienza a erupcionar un volcán. Una mujer capaz de hacer una historia con cada una de sus facetas. Pero ante todo, y por encima de la artista, la musa capaz de inspirar soñadas melodías o la María Bonita a la que basta un solo gesto para tener a sus pies cuanto hombre quiere, privilegia con naturalidad el asumir lo más difícil: transitar cada día admitiendo ser leyenda. (Al final de cuentas su público fue quien la entronó como máxima diva latina y diosa del cine mexicano). Una personalidad única que no copia a nadie. Un estilo propio que nadie puede copiar. Amiga de mujeres como Frida Kahlo y Eva Perón; de Leonor Fini, Collete o Dolores Del Río, ha estado siempre presente en el acontecer mexicano; así y todo María no deja de decir Yo no soy ejemplo de nada y lo dice pese a haber demostrado con su talento, inteligencia y esfuerzo que alcanzar las metas propuestas no es imposible si hay disciplina y deseos de luchar por lo que se quiere.
En su carrera cinematográfica participó en 47 películas. Trabajó con Pedro Armendáriz, Yves Montand, Vittorio Gassman, Curt Jurgens, Fernando Rey, Jorge Mistral, Arturo de Córdova, Jorge Negrete, Carlos Thompson, Emilio Fernández y muchos, muchísimos más. Pero al final de cuentas lo más popular de María son sus amores. ¿Porqué no? Si desde el primer marido Enrique Alvarez hasta su última relación, el pintor francés Antoine Tzapoff, soñaron a su lado Diego Rivera, Agustín Lara o Jorge Negrete. A cada uno inspira y más, antes de que la pantalla proyectara su imagen, se asegura le fueron compuestos valses y boleros que han quedado inéditos. Convertida en musa de Agustín Lara, él le compuso sus más bellas canciones. El amor lo llevó a Humo en los ojos, Palabras de mujer, y por supuesto María Bonita. Cómo para sentir celos tener que llegar a María por el camino de Jorge Negrete. No importa. Él se va de la aldea y la memoria. Ella sigue andando pese a no querer festejar su último cumpleaños. El padre, Bernardo Félix, tenía sangre de indio yanqui y su madre Josefina Güereña, hija de españoles fue educada en un convento en Pico Heights, California. Una reportera que le pregunta la edad. María responde: Mire señorita yo he estado muy ocupada viviendo mi vida y no he tenido tiempo de contarla. Tarda 88 años. No me hablan más de Jorge Negrete. A partir de ahora es María quien me invita a compartir la misma mesa en el único bar de la aldea. Desde el norte verde me muestra las casas blancas de Álamo, en Sonora y un 8 de abril, para pasear juntos por Guadalajara en el preciso instante en que se encienden las luces.
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