Manuel Pérez García |
18 de abril
de 2002
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De amigos,
costiyas
y otras hierbas
En una mesa de la cafetería San MillánManuel
Pérez García
Antesala
del mediodía de un sábado de noviembre en La Latina. Algún
desprevenido puede creer andar un día después y encaminar
sus pasos al Rastro, pero no es así: la calle Toledo es un atasco
auténtico, modélico diría algún desprovisto
del carnet de conducir. La boca del metro en permanente algazara, entrecruza
a los que van o vienen; los que titubean ante el quiosco o los que ascienden
al 23 a San Fermín. Otros apenas atinamos a estirar lo más
posible el cuello, en mi caso particular para ver si en una de esas alcanzo
a distinguir, oteando entre la jungla de cabezas, un sombrero negro con
barba.
Lo mismo
sería decir que, el día 20 del penúltimo mes del siglo,
mientras que a la misma hora, en una zona del norte cuyo nombre no vale
la pena recordar, en esta ciudad unos pocos, muy pocos, nostálgicos
recordaban al caudillo de España por desgracia de Dios, a la una
de la tarde. Tras cruzar finalmente el semáforo en rojo, di con
Poni Micharvegas (Los pasos del despierto atraviesan las pocas calles
bajo la turbia luz que el cielo gris permite al sol) y así en
la cafetería San Millán (no dejen de pedir orujo con la copa
fría, es excelente) de un Madrid libertario, se nos dio por viajar.
Es interesante
eso de andar de una parte a otra, del presente al pasado y aventurarnos
en el futuro, de espaldas a una puerta que no deja de marearse. Una auténtica
aventura hablar.
Mi memoria implacable -por la que Llama experimenta
verdadera devoción- se hace, como en el poema de Raúl Gustavo,
ligera, liviana, libre. Pero también cuando la rememoración
es intensa, la única metáfora posible es el silencio.
Argentina,
Uruguay, España... Al hablar del exilio/ no es que se abrieran
viejas heridas./ Esas nunca habían cerrado.
Continuamos la marcha nombrando, enfatizando, buscando palabras que no desentonen, que encajen en cada instante. Libros, poesía, destierro. El domingo a las siete en Galileo encuentro solidario del exilio argentino. Tantas primaveras estuvimos muertos, solos, arrojados como despojos a los perros del odio y del olvido. El tiempo es un escultor de presencias que no se disuelven, de voces que nos siguen hablando. (En Madrid aún es posible tener memoria). Intercambio de libros. Te dejo Por si acaso, me dejas Parajodas y la Costola di Adamo/ La costiya de Adán y dibujos y papeles y un crucigrama resuelto: USA NOS USA (S.O.S). Fenómeno interesante el de los crucigramas. Se venden como pasatiempos y pasan del tiempo. En busca de la costiya, sí, con y griega, se sentó a la mesa Federico Schmied. La muerte, es inmortal. Tu amigo que en septiembre del 95, se había ido con los muertos a otra parte. Te dejó y se llevó este libro que surgió como un plan de fuga, una venganza irrealizable, un balance de lo imposible. Como un coloquio onírico, rocío, contaminado de amaneceres, tiempos volvedores cargados del (sin) sentido. Debíamos sentirnos graves. La dieta no tenía nada que ver con nuestros agobios pero marcaba el límite que no se pasaría si uno amaba vivir. Poni y Federico filosofan sobre el artículo determinante la, en larga marcha hacia la soledad. La realidad general es un error ilusorio... Era un borracho inaudito: sólo se embriagaba de sí mismo. Así de fugaz, cansado de buscar su costiya es que Federico Schmied decide marcharse. La muerte le sorprendió lejos de su casa pero instalado en el corazón de sus amigos. Mas antes nos dejó la parte proporcional de su costiya. Para que la compartiéramos todos. Zitarrosa permitió que habláramos de Guitarra Negra el día de su regreso a Buenos Aires y pasaron Cameron (la poesía siempre lo extrañará en Suecia), Gelman, la Revista del Sur, el otro Federico (Ferrando), Pepe Alanís, Resumen, Liberación, Freud y no sé cuanto más. El pasaje fue lento, conversado, cargado de ayeres muy presentes, asemejado a esos días que saben dejar cicatrices. Todo es posible en sólo una hora y media y en la mesa de una cafetería en La Latina. Las fotos y las consabidas promesas están ahí y aquí. Yo cumplo la mía. Vaya esto como un presunto comentario de un libro que no precisa ser comentado con letras. Se comenta con el orujo (siempre con la copa fría), con el café cortado del otro amigo presente, José Bravo, y sobre todo con una buena dosis de libertad y fraternidad. Cuando la rememoración es intensa, la única metáfora posible es el silencio. La otra ronda la invita la casa. La costola de Adamo/La costiya de Adán Martín
Micharvegas - Federico Schmidel
Proletras
Latinoamericanas
Madrid,
1999
Sus
propios pies
Tener
en las manos el nuevo libro de Martín "Poni" Micharvegas, no es
más que el inicio de una aventura que, a partir de la dedicatoria
y expresada página a página, con golpes de palabra-efecto,
nos transporta hasta un final donde el autor es capaz de tender al lector
una mano de sutil complicidad.
Bautizado
Totemas,
con el sello de Proletras (de prisa podemos leer "proletas"), y fechado
en Madrid el día 154 de la nueva era, 12-2-2000, el libro es un
reencuentro con la poesía más interior de Martín,
una poesía frontal, sin otorgar (tampoco se da) concesiones, desbordada
de palabras irremediablemente inmersas en un mundo del que no es, ni le
es, ajeno.
En él
van pasando, entre exaltaciones y autocríticas, algunas solapadas
nostalgias y un dejo de autobiografía. Naufragando en una
suerte de proclama, vigente de exilios y desexilios, tiene la fuerza como
para completar sueños que fueron realidad y realidades que tan solo
se quedaron en sueño.
Totemas es en definitiva un puente por el que transcurren los amigos del poeta junto a la sombra de José Angel Valente y Rafael Alberti, entre otros, atestiguando con su presencia una declaración de amor al vivir. Y aunque diga: Comienzan a quedarme lejos/ mis propios pies, no rehuye afirmar que ni siquiera/ con todo lo que fue/bastó. En fin, Martín Micharvegas se llena y nos llena de sensaciones, sin perder, en ningún momento, la perspectiva de sus deseos. TOTEMAS Martín
Micharvegas
Proletras
Latinoamericanas
Madrid
2002
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