Manuel Pérez García
23 de abril de 2002
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John Argerich
Una opinión
sobre el poemario ”Rimas de soledad”,
de John Argerich
 
LA VIDA ES PODER VOLAR
 

Manuel Pérez García

 
Después de acostumbrarnos durante años a ejercitarnos semanalmente con la picaresca de Buenos Aires y el pintoresco lenguaje de sus personajes, John Argerich no deja de sorprendernos ahora con un libro donde la lírica ejerce de antítesis a todo su trabajo conocido. Rimas de soledad tiene ante todo la virtud de revelarnos al John desconocido, al peregrino que supo guardar retazos de ese mundo (y de su mundo) en forma de poemas, durante tantos lustros.

Si bien las palabras soledad y olvido no son sinónimos, permanecen ligadas cuando se trata de evocar momentos signados de amor, y definidos con el eco de una ausencia.

La búsqueda de ese yo sufrido que se conjuga en pasado, adquiere otra dimensión e incluso oculta vestigios de dolor, cuando quien lo evoca se abre entero a la esperanza de volver a intentarlo. Porque para algunos individuos, vivir significa velar cada noche una rima y amanecer luego recordándola. Aquí es cuando el creador se expresa en presente y en plural. Como en Rimas de soledad, donde Argerich nos regala una muestra de su poesía en la expresión más clásica, consecuencia de ese diálogo íntimo con la mejor inventiva de su espíritu.

Poemas desprovistos de retórica, (no existe necesidad de explicar algún sentido metafórico que puedan estar expresando), se acentúan en cada página con un lenguaje claro y sintético, coloquial e intimista, en el que fluyen interrogantes: A veces me pregunto:/ ¿Cuál es mi país?/¿Los lagos de Suecia?/¿Las costas de España?/¿La pampa sin fin? ...; la respuesta: ... Mi patria es la estrella lejana/ que un día elegí para ti; nostalgias: ...Desde mi ventana veo/ que pasan las golondrinas/ y se alejan, fugitivas/ sobre las olas del mar...; amores: ...Te recuerdo tierna,/ te recuerdo hermosa,/ como la promesa/ que viví a tu lado; y desamores: ¡Tu recuerdo se esfuma en el tiempo,/ pero vive por siempre en mi pena!/ Si lograra olvidarte un momento,/ Hundiría ese diario en la arena; todo fruto de una lógica elemental: existir.

Y es que muchas veces puede vivirse en forma distinta a como se siente y quiere, consecuencia de hechos capaces de habernos llevado a sendas por las que nuestros pasos no se hubiesen planteado andar. Algo muy propio de la Argentina de los años sesenta y setenta. Del país en pie que formó y le duele a Argerich, al poeta. Y le duele con sus amores y su añoranza: ...Como ellas vienen las penas/ y se van las alegrías./ El hoy es una mentira./¡La vida es poder volar!

No se puede leer Rimas de soledad sin dejar de tener en cuenta lo que expresa el autor en su dedicatoria. Un acto de fe que, pese al marcado carácter nostálgico del libro, trastocando su resultado final. Ya que cada página se impregna del espíritu de un Argerich convencido (y capaz de convencer) de que éstas son sus últimas rimas de soledad.

La vocación vital antes reseñada se expresa en un deseo hecho cuerpo por la imaginación triunfante desde la primera página ...- ”Para Livy. Porque después de encontrarla, no he vuelto a escribir rimas de soledad -... y nos acompaña hasta el final, testigo del destino deseado por su autor. Porque, en definitiva, tantos desvelos, sacrificios y sinsabores, son consecuencia de buscar incesantemente la felicidad (nunca sabré por qué razón a esta palabra se la ha querido catalogar de cursi).

En definitiva, Rimas de soledad revela que las ilusiones inherentes al espíritu humano son infinitas, y que la distancia entre la esperanza y los límites de lo real se mide sólo por la altura de los sentimientos.

Ya lo dijimos: La vida es poder volar.

Referencia:
”Rimas de soledad”,

por John Argerich.
Immigrant-institutet, 
Invandrarförlaget, 
Borås, Suecia - 2002

Manuel Pérez García
manpergar@hotmail.com

 
 PORTADA MANUEL PÉREZ GARCÍA