Manuel Pérez García |
15 de Enero de 2003
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Si mal no recuerdo fue en noviembre de 1989. En Vallecas, en un local perteneciente al Ayuntamiento, funcionaba semanalmente un taller literario al que solía asistir. Allí, una noche, el responsable del mismo nos sorprendió con la noticia: Hoy nos va a visitar Pepe Hierro. Todos sabíamos que hasta poco tiempo atrás había estado ingresado en un hospital con graves problemas de salud. Esa razón sola nos parecía de suficiente peso como para ver poco probable que una fría noche como aquella alguien, ya con varios premios a cuestas, se dignara, aún convaleciente, salir a la calle para conversar y dar ánimos a un grupo de aprendices sin mucho futuro. Sin embargo no fue así, José Hierro llegó con la gorra calada hasta los ojos y una bufanda ocultándole casi toda la cara. Una vez hechas las presentaciones se dirigió a quienes ahí estábamos con sobriedad, con propiedad y por sobre todo con la humildad de los que saben de verdad. Se interesó por el trabajo que hacíamos, prometió colaborar con el proyecto de una edición conjunta que jamás llegó a ver la luz y nos habló de la vida y las palabras, de la vida con palabras y las palabras con vida, de lo que entendía debían ser, del equilibrio entre ellas y el preciso lugar que le corresponde a cada una. Contó que a través de la antología de Gerardo Diego, su ”padre espiritual”, descubrió la Generación del 27. Que comenzó a escribir a los 14 años. Que a esa temprana edad ya sentía la poesía como ”algo vivo”. Que era muy cuidadoso de la cadencia y el ritmo en el verso. Que compatibilizaba su oficio literario con la pintura. Que su sentido político siempre fue ”bastante acusado”. Estoy convencido: esa noche Pepe Hierro utilizó su mayor poder de síntesis para dejar por delante su máxima más preciada y que no omitió repetir: la palabra que sobra, mata. Pidió disculpas por no poder estar más con nosotros: Vosotros sabéis que hace poco salí del hospital... pero quedaba la sensación de que su corta presencia había sido más fructífera que muchos talleres. El no tenía olimpo. De verso desnudo y profundo, nunca creyó aquello de que se viviera un mundo justo, por eso, ”cantaba tristezas” y tenía una ironía que, como expresara Vicente Aleixandre, le convertía en esa ”persona de contrastes”, que a nadie dejaba indiferente. Lo acompañamos hasta la boca del metro de Portazgo -se negó a irse en taxi, (siempre viajaba en metro), o simplemente a compartir un café en el bar-, aún le aguardaban años en los que recibiría los más importantes reconocimientos, pero a quienes esa noche estuvimos en Vallecas nos regaló junto a una parte de su tiempo, su palabra y la memoria de una noche en Madrid. Una vida por la poesía Madrileño de nacimiento y santanderino vocacional, José Hierro, fallecido el pasado 21 de noviembre, fue uno de los poetas más representativos de los años cuarenta y cincuenta. Su obra, más intensa que extensa, se caracterizó por dejar de lado, al igual que Celaya y Blas de Otero, el culto a las formas estetizantes en aras de una poesía social y poseedora a su vez de una profunda reflexión de lo sencillo. Afiliado a la Unión de Escritores y Artistas Revolucionarios, su primer poema Una bala le ha matado, fue publicado en 1937 en el Romancero General de la Guerra de España, en plena Guerra Civil. Al término de la misma, en 1939, fue detenido y procesado por ”auxilio y adhesión a la rebelión” permaneciendo encarcelado hasta 1944. En prisión empieza a practicar de forma sistemática la literatura, apareciendo ya en sus primeros escritos diversos hechos vividos durante la contienda, como la muerte de su padre.Ya en libertad se instala algún tiempo en Valencia, ciudad en la que se incorpora, con Ricardo Zamorano y Francisco Ribes, a la revista Corcel. De regreso a Santander integra junto a Ricardo Gullón, el grupo fundador de la revista Proel. En 1952 se traslada definitivamente a Madrid. Allí trabaja en la Editora Nacional al tiempo de dirigir una tertulia poética en el Ateneo y colaborar en varias revistas de información. Finalmente se incorpora a Radio Nacional de España, lugar en el que permanece hasta su jubilación, en 1987. Durante treinta años ha impartido clases de Literatura en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo y también colaborado en numerosos diarios y revistas, ejerciendo la crítica de arte en diversos medios de comunicación. Sus primeros poemas fueron de una clara temática reivindicativa testimonial, más a partir de ellos su obra se hace de a poco colectiva y existencial. Para Hierro el proceso poético consistió en objetivar, racionalizar, lo que en principio se manifiesta de manera vaga, musical, como un vaho, una bruma que ha de solidificarse sometiéndola a la frialdad de la lógica. Lo que equivale a decir que el poeta, al comenzar un poema, no sabe cuál será su desarrollo y su fin. No ”se sabe” el poema. Descubrirá lo que quería decir cuando lo haya terminado. Obtuvo el Premio Adonais de Poesía por su obra ”Alegría” en 1947 y se hizo merecedor de otros muchos galardones, como el Premio Nacional de Poesía (1953), el de la Crítica en tres oportunidades, el Nacional de las Letras (1990), el Príncipe de Asturias de las Letras (1981), el Reina Sofía de Poesía Iberoamericana (1995) y el Cervantes en 1998. En abril de 1999 fue elegido académico de la Real Academia Española. Entre sus obras podemos destacar: Tierra sin nosotros (1946), Alegría (1947), El viento sur (1949), Con las piedras, con el viento (1950), Quinta del 42 (1952), (1985), Emblemas neurorradiológicos (1990), Cuaderno de Nueva York (1998), Guardados en la sombra (2002), ¿Qué puede la poesía? (2002) manpergar@hotmail.com |
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