Manuel Pérez García |
30 de Marzo de 2003
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La
torta, tarta, pastel, queque, la expresión más «in»
de «kake» o llámese como se quiera llamar siempre ha
simbolizado la riqueza o mejor dicho, la riqueza a repartir. Y si bien
es cierto que para repartir la torta (incluídas las de boda y cumpleaños)
el ser humano siempre ha estado a los tortazos, ha habido y hay quienes
son, por don o desdén de la madre natura, propensos a establecer
las alianzas más variopintas o a una mezcla de sabores acordes con
el paladar del repartidor que corresponda, para aspirar aunque sólo
sea a unas pocas migajas.
En definitiva
estos epulones son los que habitualmente dicen tener la medida exacta del
grosor del trozo a recibir por los comensales. Siempre se hacen pasar por
enterados, amén de autoproclamarse abanderados del casi ineludible
fáctico reparto. Hecho éste que, de una forma u otra, les
permite habitualmente el acceso sin restricciones al comedor. Ellos son
los que se congratulan al ser considerados como el hoyo de la masa cocinada,
edulcorada y decorada teóricamente a compartir.
Sólo en
determinados momentos (llámese situación coyuntural) los
epulones suelen acercarse a quienes jamás estarán de acuerdo
con la forma de repartir la torta. La auténtica razón, si
a la razón puede llamársele razón, es simplemente
no estar de acuerdo por creer ser merecedores de un trozo mayor. A ellos
les es indiferente quien la cocine, lo importante es que el tamaño
(y la forma) de la misma, sea capaz de adaptarse a su apetito, muy voraz
por cierto. Sí, porque aunque haya aún quien lo niegue, todos,
en algún momento de nuestra vida, tenemos apetito.
Pero, (y esto
es muy importante) no debemos olvidar jamás que por ahí también
anda el dueño (algunos al referirse a él, lo hacen en plural)
de la torta. El mismo que por sistema o imposición histórica
siempre se negará a repartirla. La considera de su exclusiva propiedad
ya sea por legitimidad de sucesión dinástica, elección
o por autoproclamación tras un golpe de cocina. Es envidiado, censurado,
vapuleado pero al fin siempre a regañadientes aceptado (¿o
no?). Es el gran maestro repostero, empleador de los repartidores, el más
inteligente pese a ser considerado tonto (y dice muchas tonterías).
El sabe maniobrar con la gula de los demás. A veces ofrece un trozo
de torta, pero cuidado, siempre de acuerdo a su propia necesidad. Como
también suele entretenerse cuando contempla solaz a quienes torta
va, torta viene, apenas pretenden subirse a la bandeja transportadora.
En esta viña
del Señor, nadie está libre de alianzas, desalianzas y vuelta
a liarla por agraciarse con el gran maestro repostero o desagraciarse si
hace falta, (algunas veces sí hace falta), como cuando la unión,
por ejemplo, se realiza con algún proveedor de materia prima en
decadencia, (léase el proveedor o la materia, según se crea
más conveniente o cause menos inconvenientes).
No creo que sea necesario ser adivino para darse cuenta de cuáles son las tortas a repartir hoy o de por dónde vienen los tortazos. Lo cierto es que muchos comensales seguirán siendo espectadores por la gracia de Epicuro y yo, por si las moscas, hace tiempo que, al postre, lo sustituí por un café sin azúcar. Si de todo esto
se pudiera extraer una moraleja, me sentiría muy satisfecho. Mientras
tanto me conformo con comprobar que al no ser torta lo mismo que tortilla,
la tortilla no se debe cocinar en una tortera.
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