Manuel Pérez García |
28 de April de 2003
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Una
mentira repetida cien veces, mil veces o más, sigue siendo mentira.
Aunque en estos tiempos sea preciada moneda de curso legal e incluso siga
teniendo potestad para cambiar el devenir de la historia, fue oficializada
ya hace siglos y rubricada en antiguos textos por beneméritos patriarcas
de diferentes partes del orbe.
Poseedora de una gran movilidad es capaz de infiltrarse a diario en los cerebros desde pantallas, receptores de radio o prensa escrita haciendo gala de un amplio poder de convicción. En fin, la mentira es un incuestionable fenómeno universal que, pese a seguir determinadas normas, ha resistido siempre una catalogación en regla. De todas formas se pueden establecer
dos grandes grupos: el de las mentiras verdaderas y el de las verdaderas
mentiras. Estas últimas son las más usuales.
En esos despachos se fabrican y distribuyen las verdaderas mentiras. Forman parte vital del día a día de los sesudos iluminados que han hecho de ellas su modus operantis; eso sí, puntual e incondicionalmente asistidos por una privilegiada corte de aspirantes y trepadores. Estos últimos, a su vez, se rodean de simples alcahuetes o aprovechados, (otrora bautizados como cuadros medios), eso sí hay que reconocerlo, muy capaces de desarrollar una sutil retórica con la que aspiran a disfrazar el alto grado de mediocridad que muy a su pesar se filtra en todo lo que hacen (o deshacen). Algunos estudiosos del tema sostienen que la mentira no es tan usual, (esto es citado como mentiras verdaderas) pues si habitualmente se mintiera nadie creería lo que se dice y por lógica consecuencia dejaría de ser eficaz; es decir la mentira sería una posibilidad parasitaria de la verdad vigente (que es una mentira). Por supuesto que en todo esto no hay nada de nuevo, ya en el siglo XVIII Kant lo expuso así. En definitiva y aún pecando de reiterativo, el hombre al recibir en forma cotidiana innumerables impactos de procedencia nada clara, (fuentes muy variables y difíciles de determinar); deja en entredicho o despersonaliza el término «verdad» y por ende la palabra; algo que de paso y con demasiada frecuencia se pretende vender como propiedad de ciertos «elegidos». Los mismos que de vez en cuando en un «derroche de generosidad», entiéndase no desinteresada, la vuelcan hacia los demás seres vivientes en forma de dádivas de conocimiento. (También es cierto que siempre se guardan u ocultan algo, para diferenciarse, claro). Mas por extraño que parezca, algunos sectores sí siguen contando con la verdad. Precisamente lo integran parte de esos anónimos receptores de mentiras. Esos que cada mañana ven amanecer sabiendo que en sus manos y sólo en ellas está la posibilidad sumar un día más, esos que a menudo comparten lo poco que poseen sin necesidad de proclamarlo a los cuatro vientos, esos que miran de frente porque nada tienen que esconder, esos que a veces aún con dificultades para leer y escribir se gradúan en la sabiduría que deja el haber vivido y trabajado con honestidad. Esos seres, tan peculiares y tan
normales, no temen lanzar la primera piedra pues si alguna culpa tienen,
(digo culpa por llamarlo de alguna manera), es precisamente la de haber
señalado y rechazado a la mentira con sus proclamas y reptantes
proclamadores, pese a la atractiva presentación y envoltorio de
diferentes colores y discursos.
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