Manuel Pérez García - rodelu.net
18 de Noviembre de 2003
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Quién lo iba a decir:

Tres décadas después

Manuel Pérez García
Quién lo iba a decir apenas tres décadas atrás. Que todo sigue a los tumbos no es ninguna novedad, pero de esas ningunas novedades una en sí preocupa y mucho. En ese lapso de tiempo latinoamérica, por ejemplo, pasó de gobiernos parlamentarios a dictaduras, de éstas a democracias desmemoriadas, de ellas a populistas de diferente tipo y cuño y todo salpicado por la debacle del Este europeo, «transiciones ejemplares» y caída del muro, incluyéndose el estratégico cambio (porqué no pragmático) del enemigo de la civilización occidental. 

Pero esos ”cambios” (imposible sintetizarlos en cuatro párrafos) no han alterado para nada un discurso-afirmación globalizado: ”es necesaria la unidad de la izquierda”, unidad que siendo sinceros no ha dejado de acumular  multicolores ”experiencias”: con verdes de diferentes tonos, rojos extraviados, acérrimos nacionalistas y hasta con la mismísima derecha; al final de cuentas los cargos importan y dan lustre, a la par que desde ellos también es posible ”hacer las transformaciones sociales”, o por lo menos así algún aspirante lo comenta.

Hoy politólogos, profesores, doctores y nostálgicos, tanto en artículos como conferencias (pagas por supuesto), siguen pretendiendo dar no sé si proyección aritmética o dimensión geométrica a una izquierda imperiosamente necesitada, en algunos casos para subsistir y en otros para gobernar, de una reformulación de contenidos y estrategias.

Aderezo para su discurso nunca le ha faltado ni le falta. Tomemos ahora Europa por ejemplo; en España Aznar estuvo contra las cuerdas por el caso del Prestige al que se le sumó su compromiso sin condiciones con la política belicista de George W. Bush; en Alemania, Schröder es incapaz de afrontar la crisis económica y una cifra de desempleo superior al 10%; en la flemática Gran Bretaña, Tony Blair se encuentra bajo sospecha (más bien bajo certeza) de haber engañado a sus ciudadanos para dar vía libre a la participacipación del ejército de su graciosa majestad en la Guerra de Irak; Chirac, en la Francia ”comprometida con la paz”, se acoge a una ley de inmunidad para no declarar en un caso de desviación de fondos de la Alcaldía de París; Berlusconi acomoda la legislación italiana a sus necesidades empresariales y todo sin hablar de Putin o de que el Pacto de Estabilidad europeo atraviesa uno de sus momentos más críticos. ¿Más guindas al pastel? Sí, que las hay, las hay.

¿Es acaso tan difícil, derrumbadas las viejas murallas, formular un discurso diferente y a la vez atractivo?. Esto podría ser cierto si aceptamos la premisa de que la tan manida carrera por el centro político la ganan quienes llegan primero y no quienes aportan el mejor curriculum. Una izquierda (y porqué no también socialdemocracia) que dilapida su tiempo rememorando el pasado o batiendo loas a un cuestionable presente, corre el riesgo de convertirse en una fuerza reaccionaria más. Ya que hoy, fuera del mero discurso captavotos, no existen planteamientos políticos generales muy diferenciados. Es más, el ciudadano medio, empobrecido o no, el que aporta la mayor cantidad de votos, no se siente representado por partidos que languidecen anquilosados a esquemas teóricos, muchas veces de difícil comprensión y que en la mayoría de los casos propuganan la verticalización, sin facilitar por consecuencia esa renovación (sería muy saludable por cierto) de líderes y propuestas.

Lo mismo que se podría decir de las pasadas divisiones de la izquierda, se debe reiterar con las propugnadas (y propangandeadas) posibles ”anexiones” de la actualidad. La incertidumbre del elector es la primera y más palpable consecuencia. A ella se le debe sumar el pragmatismo de quienes se encargan en aceitar la maquinaria mediática del capital para sacarle, como es habitual, el mayor provecho.

Hace treinta años la nueva sociedad parecía estar al alcance de nuestros sueños (o por lo menos nos lo hacían creer), hoy seguimos navegando en el mismo mar tormentoso con más de un rumbo en el casco, el instrumental envejecido y lo que es peor, con timoneles incapaces de dar la confianza necesaria para llegar a buen puerto. Vale pues la pregunta: quién lo iba a decir apenas tres décadas atrás.

 
Manuel Pérez García
manpergar@hotmail.com
 
 PORTADA MANUEL PÉREZ GARCÍA