Quién
lo iba a decir:
Tres
décadas después
Manuel
Pérez García
Quién
lo iba a decir apenas tres décadas atrás. Que todo sigue
a los tumbos no es ninguna novedad, pero de esas ningunas novedades una
en sí preocupa y mucho. En ese lapso de tiempo latinoamérica,
por ejemplo, pasó de gobiernos parlamentarios a dictaduras, de éstas
a democracias desmemoriadas, de ellas a populistas de diferente tipo y
cuño y todo salpicado por la debacle del Este europeo, «transiciones
ejemplares» y caída del muro, incluyéndose el estratégico
cambio (porqué no pragmático) del enemigo de la civilización
occidental.
Pero esos ”cambios” (imposible sintetizarlos
en cuatro párrafos) no han alterado para nada un discurso-afirmación
globalizado: ”es necesaria la unidad de la izquierda”, unidad que siendo
sinceros no ha dejado de acumular multicolores ”experiencias”: con
verdes de diferentes tonos, rojos extraviados, acérrimos nacionalistas
y hasta con la mismísima derecha; al final de cuentas los cargos
importan y dan lustre, a la par que desde ellos también es posible
”hacer las transformaciones sociales”, o por lo menos así algún
aspirante lo comenta.
Hoy politólogos, profesores,
doctores y nostálgicos, tanto en artículos como conferencias
(pagas por supuesto), siguen pretendiendo dar no sé si proyección
aritmética o dimensión geométrica a una izquierda
imperiosamente necesitada, en algunos casos para subsistir y en otros para
gobernar, de una reformulación de contenidos y estrategias.
Aderezo para su discurso nunca le
ha faltado ni le falta. Tomemos ahora Europa por ejemplo; en España
Aznar estuvo contra las cuerdas por el caso del Prestige al que se le sumó
su compromiso sin condiciones con la política belicista de George
W. Bush; en Alemania, Schröder es incapaz de afrontar la crisis económica
y una cifra de desempleo superior al 10%; en la flemática Gran Bretaña,
Tony Blair se encuentra bajo sospecha (más bien bajo certeza) de
haber engañado a sus ciudadanos para dar vía libre a la participacipación
del ejército de su graciosa majestad en la Guerra de Irak; Chirac,
en la Francia ”comprometida con la paz”, se acoge a una ley de inmunidad
para no declarar en un caso de desviación de fondos de la Alcaldía
de París; Berlusconi acomoda la legislación italiana a sus
necesidades empresariales y todo sin hablar de Putin o de que el Pacto
de Estabilidad europeo atraviesa uno de sus momentos más críticos.
¿Más guindas al pastel? Sí, que las hay, las hay.
¿Es acaso tan difícil,
derrumbadas las viejas murallas, formular un discurso diferente y a la
vez atractivo?. Esto podría ser cierto si aceptamos la premisa de
que la tan manida carrera por el centro político la ganan quienes
llegan primero y no quienes aportan el mejor curriculum. Una izquierda
(y porqué no también socialdemocracia) que dilapida su tiempo
rememorando el pasado o batiendo loas a un cuestionable presente, corre
el riesgo de convertirse en una fuerza reaccionaria más. Ya que
hoy, fuera del mero discurso captavotos, no existen planteamientos políticos
generales muy diferenciados. Es más, el ciudadano medio, empobrecido
o no, el que aporta la mayor cantidad de votos, no se siente representado
por partidos que languidecen anquilosados a esquemas teóricos, muchas
veces de difícil comprensión y que en la mayoría de
los casos propuganan la verticalización, sin facilitar por consecuencia
esa renovación (sería muy saludable por cierto) de líderes
y propuestas.
Lo mismo que se podría decir
de las pasadas divisiones de la izquierda, se debe reiterar con las propugnadas
(y propangandeadas) posibles ”anexiones” de la actualidad. La incertidumbre
del elector es la primera y más palpable consecuencia. A ella se
le debe sumar el pragmatismo de quienes se encargan en aceitar la maquinaria
mediática del capital para sacarle, como es habitual, el mayor provecho.
Hace treinta años la nueva
sociedad parecía estar al alcance de nuestros sueños (o por
lo menos nos lo hacían creer), hoy seguimos navegando en el mismo
mar tormentoso con más de un rumbo en el casco, el instrumental
envejecido y lo que es peor, con timoneles incapaces de dar la confianza
necesaria para llegar a buen puerto. Vale pues la pregunta: quién
lo iba a decir apenas tres décadas atrás.
Manuel
Pérez García
manpergar@hotmail.com
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