El
11 de marzo el camino del sur de Madrid se sembró de cadáveres.
Cadáveres de obreros, de estudiantes, de españoles e inmigrantes.
Fuera de las crónicas de la prensa, lejos de los oportunistas que
ya empiezan a rentabilizar la tragedia, el sentimiento que esto deja
no es posible describirlo con palabras. Sólo, sería importante
no olvidar, que el dolor llega, como es habitual, a barrios de trabajadores
y, como el caso de El Pozo, más conocido por los consabidos problemas
sociales que lastran su cotidiano vivir.
Sé que quienes son responsables
de este triste mundo en que vivimos (y aquí no distingo color, religión
o signo) en poco tiempo pasarán página, recordarán
con forvorosas palabras, según su interpretación, cada 11M,
pero siempre sin dejar de mirar de reojo las alforjas donde esconden las
pobres monedas de su indignidad. Por supuesto que actos como el de ayer,
forman parte de la cadena de despropósitos y miserias humanas, fundamentalmente
instrumentadas desde el poder económico, que hoy más que
nunca (y con total desparpajo), son enarboladas por privilegiados o aprovechados
como emblemas de progreso o lo que se ha dado en llamar ”nuevas relaciones
sociales”.
Pero, por encima de todo, de los
consabidos discursos y sus más que instrumentadas palabras, lo que
debe permanecer y prevalecer es el cuestinamiento a la barbarie y a quienes
con ella pretenden reivindicar derechos o imponer ideas. Los que así
actúan ni son idealistas, no son revolucionarios, ni tan siquiera
se pueden definir como parte de un pueblo y menos vanguardia del mismo,
simplemente son el abono de una lacra social que se instrumenta en despachos,
unos más lujosos que otros y que encuentra eco en algunos ”denunciantes”
muy capaces de utilizar el dolor y la miseria para con ellos hacer su negocio.
Por supuesto que estos últimos son tan deleznables como los otros.
Lo que se puede rescatar al final
es otra vez la gente simple y llana, los anónimos que quieren ser
y seguiran siendo anónimos; los que volvieron a desprenderse de
lo mejor de sí para entregarlo con amor a los demás.
Ellos son, no sólo los que a la misma hora en Atocha, el Pozo del
Tío Raimundo o Santa Eugenia, cargando sus ilusiones iban al trabajo
o al aula, sino también quienes manifestaron sus sentimintos abriéndose
de par en par sin necesidad de ninguna ”convocatoria”.
Esta pequeña nota no es, ni
pretende ser, más que una reacción visceral ante algo que
me es imposible entender y menos justificar. Como tal debe ser interpretada.
Lo que sigue es sin título
y, por supuesto, es para todos
Un viaje sin retorno
Decretado por
alguien o alguienes (no pueden tener nombre) indignos
de vender billetes de tren Ante ellos en
el apeadero un revisor permanece
Permanece pese
a saber que no han de llegar pasajeros a los que
pedir billete
Y eso porque la realidad
dice que
Nunca han de abandonar el trozo de carril
que les pertenece
Que ellos siempre
estan ahí
Vivos en cada tren Vivos en
cada vagón y en cada
estación Con cada una
de sus horas fundidas en cada día
nuestro y
en nuestras gracias
(sin fechar
el sentir sólo recibe
señales de
su amor y su trabajo) los
otros (ellos saben
quienes son) simplemente
no mercen
-ni tienen- nombre