En
una España que a todas luces marcha hacia el bipartidismo, el acuñar
términos definitorios del carácter de los votos como forma
rudimentaria de interpretar los llamados ”vuelcos” electorales, ha sido
una constante. Así hoy, a una semana de las elecciones del 14M,
el más utilizado por los analistas para justificar los inesperados
resultados del PSOE es el de que, la izquierda en sus más amplios
espectros, identificó en Rodríguez Zapatero al candidato
ideal para desplazar a Aznar de la Moncloa o, dicho de otra manera,
que los socialistas se beneficiaron del ” voto util”.
Por otro lado, la conmoción
por el brutal atentado de Madrid, algo que se quiere minimizar en
caudal de votos desde las huestes de Zapatero, unido a la más que
evidente oposicón de la inmensa mayoría de la población
a la participación directa en la guerra de Iraq, da argumentos a
quienes enarbolan el concepto del ”voto de castigo” para el PP.
Pero si damos una mirada a la historia
más reciente de España, podemos comprobar que esto de los
”vuelcos” no es un fenómeno nuevo y aun aceptando como válidas
las dos definiciones del voto anteriormente expuestos para las elecciones
del pasado día 14, ambas ya se utilizaron en pasados comicios.
La primera victoria del PSOE coincide
con la más espectacular caída de un gobierno. La UCD
(Unión de Centro Democrático), bajo cuya legislatura se aprobó
la actual Constitución, pasó de 168 a 11 escaños,
algo que podría también avalar eso de que tamañas
alteraciones son, en primer lugar, consecuencia directa del peculiar carácter
español.
Como ejemplo de lo anterior tampoco
puede obviarse la derrota de Felipe González después de trece
años de gobierno. Despedido entre escándalos de corrupción
y condenas contra miembros de su gobierno por su implicancia directa en
los GAL (guerra sucia contra ETA), dejó de manifiesto bien a las
claras que ”la furia” pude cebarse con el más pintado, no en vano
el felipismo tuvo el crédito mayor y fue el más mimado por
los electores del post franquismo.
Aznar por su parte, que llegó
tras el castigo a Felipe, se benefició del ”vuelco” que, en la última
(y su última) legislatura le dio la mayoría absoluta. Algo
que evidentemente lo llevó a encumbrarse en su autoestima y planificar
una salida a la altura de las circunstancias (no olvidemos que en las dos
semanas previas al 14 M fue portada, entre otros, del New York Time
y de Le Monde), algo que, a la vista está, no le fue posible y pasó
a engrosar, junto a su antecesor, Calvo Sotelo y Adolfo Suárez,
la lista de los presidentes de la democracia que abandonan el gobierno
por la puerta falsa.
Rodríguez Zapatero tiene
ahora la ocasión de cambiar ese signo trágico de sus colegas.
No ha comenzado mal. Su decisión
de hacer un gobierno monocolor y la firme determinación de que las
tropas españolas en Iraq, salvo mandato directo de la ONU, regresen
el 30 de junio, avalan su intención de cumplir al pie de la letra
lo prometido; algo que sin duda se vería resalzado por medidas en
el ámbito local (léase promesas) como la drástica
reducción del precio de la vienda o el nuevo concepto sobre la ensañanza;
sin dejar de dar un carácter prioritario al fenómeno del
terrorismo (externo e interno), una reafirmación de la unidad territorial,
la reforma del Estatuto de Autonomía, una reforma constitucional
para decuar la anterior, (esto último exigido en especial por los
gobiernos autonómicos vasco y catalán) y todo
sin olvidar el replanteamiento de la política formulada por
el PP de cara a la Unión Europea.
Para mitad de año Europa está
de elcciones. Para esa fecha no es factible otro ”vuelco” (si lo hubiera
tampoco llamaría a sorpresa), pero para ello es necesario que el
Gobierno preste más atención a los idus de los cambios del
”estado anímico” de los electores.
El nuevo presidente no debe basar
su mandato en la reafirmación de frases preconcebidas y, sobre todo,
guardar bajo bajo llave el número de votos obtenidos; tener en cuenta
que ellos no sólo son un cheque para gobernar, sino que también
pueden transformarse en un boomerang que, llámese ”voto útil”
y/o de ”castigo”, dentro de cuatro años altere el temperamento de
los españoles.
Los idus de marzo estuvieron al acecho
de Aznar y cuando éste ya casi cantaba victoria lo dejaron descompuesto
y sin continuidad; ahora, miran de reojo a Zapatero. Esperemos por el bien
de todos algo que se me antoja muy difícil: que en la nueva legislatura
el camino le sea de rosas (en este caso nunca tan bien dicho y, por supuesto,
encabezado por la rosa del PSOE ).