Víctor Montoya Víctor Montoya - rodelu.net
2 de marzo de 2006

Olof Palme, era un humanista convencido de que la paz era el mejor camino para alcanzar la justicia social y el bienestar de los desposeídos A veinte años del asesinato de Olof Palme

Víctor Montoya

¿Existe una Suecia antes y después de Olof Palme? Es posible, pues desde la fatídica noche del 28 de febrero de 1986, ha sido más fácil ver la otra cara de la medalla. Es decir, esa Suecia que no es infierno ni paraíso, sino una sociedad capitalista, donde lo que es veneno para unos, es alimento para otros.

Desde el asesinato de Olof Palme, que era un humanista convencido de que la paz era el mejor camino para alcanzar la justicia social y el bienestar de los desposeídos, mucha agua ha corrido por debajo del puente: aumentó el monopolio de la economía, la desocupación, la marginación social, los brotes de violencia y la xenofobia contra el extranjero.

Los latinoamericanos llegados a Suecia en los años ‘70 y ‘80, pudimos constatar que en este país hacía tiempo que no se conocía la pobreza ni la marginación social, no existía la violencia callejera ni los adolescentes tenían la necesidad de portar armas blancas como amuletos de seguridad personal. En cambio hoy, a veinte años del asesinato de Olof Palme y en medio de los huracanes que soplan desde la más extrema derecha, asistimos a un escenario político en el cual se han polarizado las diferencias de clase y se ha patentizado la segregación social, como consecuencia del decantado eurocentrismo y la economía de mercado.

Por otro lado, contrariamente a los ideales de Olof Palme y a su espíritu de solidaridad con los países del llamado Tercer Mundo, estamos experimentando un nacionalismo exacerbado, desde quienes manifiestan una velada xenofobia contra el extranjero, hasta quienes aplauden los brotes de la violencia racista, como esa camarilla de políticos de extrema derecha que, tras la desaparición de Olof Palme, desearon que los leones se coman a los niños africanos para frenar el hambre y el crecimiento demográfico, mientras otros solicitaron que no se conceda derecho de asilo a los musulmanes, para evitar que los niños suecos vuelvan su rostro hacia la Meca. Incluso algunos políticos socialdemócratas, que todavía coquetean con la derecha, fomentan el miedo a un número excesivo de inmigrantes, so pretexto de que no existe trabajo para todos y que es función del gobierno proceder a la expulsión de los solicitantes de asilo que no tengan sus “papeles en orden” o no cumplan con los requisitos estipulados por la Ley de Inmigración.

Esta política de doble filo, por la que abogan quienes se llamaban “solidarios” e “internacionalistas” en otrora, es el fiel reflejo de lo que persigue la Unión Europea: cerrar las puertas a los inmigrantes provenientes de los continentes más pobres. Asimismo, este proyecto nefasto, que no llegó a conocer Olof Palme y que tiende a levantar muros contra el pluralismo y la diversidad, constituye una amenaza no sólo contra la inmigración, sino también contra los principios más elementales de los Derechos Humanos, puesto que si se quiere conservar la libertad, debemos defender la diversidad en una Europa abierta, no uniforme ni cerrada; en una Europa donde las decisiones que se tomen para los ciudadanos no sean decretadas sin antes consultar a los mismos ciudadanos a quienes representan; en una Europa donde todas las comunidades tengan los mismos derechos y posibilidades, y no sean marginadas ni eliminadas por el poder de los más fuertes.

Por lo demás, a veinte años del impune asesinato de Olof Palme, la lucha por justicia social sigue vigente y la unión en la diversidad se hace cada vez más urgente, para evitar una Suecia escindida entre unos que tienen todo y otros que no tienen nada, entre unos que viven en las zonas marginales y otros que viven en los barrios residenciales, donde la sola presencia de un “cabeza negra” puede despertar las más airadas protestas entre quienes, a despecho de los legados de Olof Palme, prefieren preservar “Suecia para los suecos”, negándose a aceptar que éste es ya un país con más de un millón de inmigrantes y un puñado de religiones llegadas de allende los mares.


Víctor Montoya

Escritor boliviano radicado en Suecia
montoya@tyreso.mail.telia.com
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