Víctor Montoya Víctor Montoya - rodelu.net
19 de marzo de 2006

La primera figura, por lo general, es el padre o la madre, según el sexo, pero llega el momento en que la figura de los progenitores es insuficiente para la formación del 'superyó'. La identificación
sexual de los niños

Víctor Montoya
La formación de la personalidad de los niños, más allá de depender estrictamente de factores genéticos, está determinado por la educación y las influencias adquiridas del contexto social en que viven.
Complejo de Edipo

Los niños, aproximadamente a los 3 años, descubren la falta de órganos externos en los sujetos del sexo femenino; algo que ellos interpretan en términos de “pérdida”, “castración” o “castigo”. A partir de esa edad, el desarrollo afectivo y sexual de la niña, quien hasta entonces ha mantenido a la madre como objeto de deseo, es distinto al del varón, pues su falta de pene -entendida como “castración”- precipita una suerte de rencor hacia la madre, quien aparece como la responsable de esa carencia irreversible. En cambio el niño, tras el descubrimiento de las diferencias entre los sexos y la constatación de que la madre pertenece al “sexo castigado”, refuerza su relación con ella e ingresa en la fase del llamado complejo de Edipo.

El complejo de Edipo se produce cuando las tendencias autoeróticas del niño, que se manifiestan en la fase anal (2-3 años), se desvían de su propio cuerpo para dirigirse a un primer objeto externo de amor (la madre). Posteriormente, el niño accede al estadio fálico (gr. phallos = pene), cuando se vive a sí mismo como el objeto único y exclusivo que la madre desea, sobre todo, si se entiende que el complejo de Edipo, al prolongarse de los 3 a los 6 años, es el conjunto de sentimientos amorosos y hostiles que cada niño siente en relación con sus padres: atracción sexual hacia el progenitor de sexo opuesto y odio hacia el del mismo sexo, que considera su rival.

Si la amenaza de castración es para el niño la fuerza que lo obliga a la resolución del complejo de Edipo, el complejo de castración, la insatisfacción del verse carente de pene, es para la niña el motivo principal de su ingreso en la fase edípica o, más propiamente, de Electra; dos desarrollos no sólo distintos, sino también opuestos. Según Freud, el complejo de castración prepara el complejo de Edipo en lugar de destruirlo. La influencia de la envidia del pene aparta a la niña de la vinculación a la madre y la hace entrar en la situación de complejo de Edipo o como en el puesto de salvación.

Este proceso, que constituye las pulsiones libidinosas, no mella en la fantasía del niño ni le produce sentimientos de culpabilidad, sino que contribuye a la estructuración de su pensamiento y personalidad, pues el complejo de Edipo, más allá de ser una etapa de simple atracción emocional hacia el sexo opuesto, se erige como un proceso de identificación inconsciente con sus progenitores, cuya conducta es decisiva en la formación de la personalidad de los niños.

Identificación sicosocial

Los niños del preescolar no sólo adquieren una identidad sexual, sino también aprenden el significado social de lo que implica ser hombre o mujer. Esta identificación se manifiesta a partir de los 3 años, puesto que antes -salvo excepciones-, el niño no se reconoce como hombre o mujer, ya que su entorno social más inmediato lo coloca en un lugar de dependencia absoluta de la voluntad de sus padres. Él existe por y para ellos, como un accidente de relaciones o de un capricho del deseo.

Una de las condiciones para la asimilación de los roles sexuales es la imitación de los modelos, que las niñas encuentran en la madre y los niños en el padre. El niño tiene pene y testículos, pero no senos ni capacidad para concebir. La niña nunca podrá tener esa “cosita”, pero sí tener hijos y amamantarlos.

Los niños del preescolar tienen una idea bastante clara de cuáles son los intereses y las conductas correspondientes tanto al sexo masculino como al femenino, puesto que, como parte de las normas de convivencia social y las primeras experiencias de socialización, entran en un proceso de identificación con el progenitor de su mismo sexo. Saben que la muñeca, por ejemplo, es un juguete para las niñas y un camión para los niños, lo mismo que la conducta de llorar es más propia de las mujeres y no de los hombres. La niña, en su afán de asimilar los atributos sociales “propios de las mujeres”, prefiere juegos y actividades típicamente femeninas, a la vez que busca la amistad con otras niñas y la presencia de mujeres adultas, quienes se convierten paulatinamente en modelos a imitar.

Con respecto al padre y, en general, a los representantes del sexo contrario, la niña desarrolla, identificándose con los modelos femeninos a los cuales admira, una conducta alternativa, seductora y sumisa. Se siente pequeña y débil ante la fuerza y presencia física del varón, y sus pulsiones libidinosas, a diferencia de los niños que buscan refugio en la madre durante el conflicto de Edipo, se orientan hacia otros ámbitos: lenguaje, destreza manual y corporal, capacidad para las labores domésticas y las relaciones sociales.

Los niños, en el proceso de identificación con sus padres, están dispuestos a recibir e interiorizar de manera inconsciente las normas y leyes generales de comportamiento personal y social que éstos representan. Asimismo, aprenden a comunicarse con ellos, asimilan su lenguaje -tan valioso para expresar deseos y necesidades- y se dedican a distinguir concienzudamente las actitudes y conductas que diferencian a ambos sexos.

Proceso de socialización

El proceso de socialización es relativamente complicado. Dos de los conceptos que se manejan con frecuencia son: la identificación y la asimilación. La identificación de una persona con otra implica que ésta cumple la función de modelo, ya sea masculino o femenino, mientras que la asimilación implica que el individuo que se identifica con su modelo trata de sentir y pensar como él.

Los niños, según investigaciones de Mónica Viklund, aprenden a comunicarse con los demás mediante los roles que representan a través del juego. Es decir, cuando el niño juega a mamá, papá, médico, profesor, policía y otros, asume un rol determinado en un contexto concreto y, a su vez, entiende y respeta el rol que asumen los demás, gracias a un proceso de asimilación y acomodación producido durante el juego.

En la asimilación, el niño procura cambiar el medio social de manera que éste se acomode más a sus propias aptitudes. En la acomodación, el niño procura cambiar de modo que él mismo pueda amoldarse a las exigencias del contexto social. En cualquier caso, los niños desarrollan concepciones sobre sí mismos y sobre los demás a través del juego de roles, ya que el juego, en su forma y contenido, constituye una actividad tanto lúdica como social.

Identificación con los superhéroes

El niño, en edad escolar, tiene una imperiosa necesidad de héroes. El “superyó” está estructurándose de manera muy fuerte y le está exigiendo permanentemente figuras con las cuales identificarse. La primera figura, por lo general, es el padre o la madre, según el sexo, pero llega el momento en que la figura de los progenitores es insuficiente para la formación del “superyó”. Entonces recurren a las figuras infantiles proporcionadas por la televisión, el vídeo, el cine, los libros o las revistas de series; figuras que, aparte de estar ubicadas en los períodos más violentos y sombríos de la historia, están estructuradas sobre la base del mito del superhombre.

El niño, en edad preescolar, descubre que el mundo está compuesto de hombres y mujeres, mientras ingresa en un proceso de identificación con el progenitor de su mismo sexo; un fenómeno que lo lleva a pensar, sentir y comportarse como si las características de otra persona le pertenecieran. Durante este proceso, casi todos los padres se sienten orgullosos cuando el hijo imita su conducta, pero si les parece observar una actitud contraria, procuran desalentarla.

Los niños, a través de la identificación con el progenitor del mismo sexo y con la imitación de sus conductas, adquieren los componentes fundamentales de la tipificación sexual. Más adelante, cuando la imagen del padre y la madre son insuficientes en su proceso de identificación con el mundo adulto, los niños asumen las normas y los valores morales de otras personas por quienes sienten admiración. Unas veces a través de la relación personal, ya sea con los profesores, abuelos, hermanos o compañeros de la escuela; y, otras, a través de los libros, el cine, la televisión, el vídeo y las revistas de series, cuyos personajes, a menudo, se convierten en puntos de mira de su admiración y, por consiguiente, en pautas de imitación.

El tipo de personaje que elige el niño para imitar depende de su propia personalidad, de sus destrezas y de la presión social para adoptar las actitudes correspondientes a su sexo. Los modelos alejados de sus propias posibilidades reales, si bien en un momento pueden resultar sugestivos y llamativos, a plazo más largo suelen ser rechazados como imposibles, así no dejen de ser considerados paradigmas dignos de ser imitados.

Los superhéroes no tienen nada que hacer con la realidad externa del niño, pero sí están vinculados con su realidad interna, sobre todo, con su fantasía, pues los niños -en su proceso de desarrollo físico, intelectual y emocional-, se identifican con estos personajes que representan, entre otras consideraciones, la agresividad de su fuero interno, al menos si se considera que las películas y revistas de superhéroes son más populares entre los niños de 7 y 12 años, un período en el cual tienen gran interés por imitar la conducta de los mayores.

Durante el proceso de maduración, los superhéroes pueden convertirse no sólo en elementos paradigmáticos para el buen desarrollo de su personalidad, sino también en elementos nocivos, pues la masiva producción de revistas, vídeos y películas de violencia, además de tener un carácter lucrativo, estimulan la agresividad de los niños, quienes son los mayores consumidores de estos productos que enseñan el odio y el desprecio hacia el prójimo.


Víctor Montoya

Escritor boliviano radicado en Suecia
montoya@tyreso.mail.telia.com
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