Víctor Montoya
20 de junio de 2002
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Tres
Cuentos
 


Del libro:
Entre tumbas
y pesadillas
 


Víctor Montoya

 

EL REVÓLVER

El único recuerdo que guardo de mi adolescencia es el revólver Colt, cromado, calibre 38, que mi tío me dejó como herencia junto a una cartuchera de pecho, cuyas correas daban dos vueltas alrededor de mi cuerpo, por entonces con menos músculos que hoy y con más huesos por las privaciones de la vida.

Con decir que dormía armado, lo digo todo. Por las mañanas, al despertar con los gritos de mi madre, jugaba con el revólver, contemplándolo contra la luz que penetraba por la ventana. Vivía obsesionado por su forma y tamaño, sin comprender cómo un objeto maravilloso podía trocarse en peligroso. Acariciaba la culata, hacía girar el tambor contra la palma y me apuntaba el cañón contra la sien, como quien jugaba a la ruleta rusa.

—¡No te apuntes así, porque eso que tienes en las manos no es juguete! —gritaba mi madre desde más allá de la puerta—. Así se apuntó tu tío y así lo mataron. Un disparo en la cabeza acabó con su vida…

Entonces yo retiraba el revólver de mi sien y apuntaba contra la pared, imaginándome que de un balazo hacía volar por los aires el sombrero de mi adversario. Después soplaba el humo del cañón y, haciéndolo girar en el dedo, como lo hacían los cowboys, lo enfundaba en su cartuchera de cuero negro.

A veces, sin ponerme siquiera los pantalones, me acercaba hacia la ventana. Apuntaba al primer peatón, simulaba el estampido de las balas con la boca y descargaba los seis tiros, mientras adentro, en la cocina, se escuchaba la voz de mi madre, hablando consigo misma como todas las mañanas.

Con el tiempo, el revólver se convirtió en un amuleto contra los peligros. En su presencia me sentía más valiente y seguro, hasta que un día, mientras yacía todavía en la cama, el revólver apuntado contra mi sien, presioné el disparador sin quererlo y la bala me atravesó de lado a lado. La sangre manó a chorros y la vida se me atascó entre las paredes del pecho.

Cuando mi madre volvió del mercado y presintió que yo seguía en la cama, mirando el techo desde el punto de mira del revólver, asomó la cara hacia la puerta y dijo:

—Hora de ir al colegio…

Escuché la voz como en sueño, me aferré al revólver como un niño que se abraza a su muñeco de peluche y me dispuse a enfrentar la muerte, con el revólver cargado por las manos del diablo.

Mi madre, molesta por mi silencio, entró en el cuarto. Puso a prueba su autoridad y decisión irrevocables, y dijo enérgicamente:

—¡Deja ya de jugar con el revólver y hacerte el muerto!…

Mas al ver un reguero de sangre que se perdía entre las tablas machihembradas del piso, pegó un grito al cielo, tembló como gelatina y repitió entre sollozos:

—¡¿Qué te dije?!… ¡¿Qué te dije?!…
 

 

AMOR EN LA HIGUERA

Cuando el Che llegó a La Higuera, amarrado a un helicóptero militar, tenía la pierna herida por una bala y el aspecto de guerrillero inmortal.

A la mañana siguiente, cuando fui a cumplir con mi deber de profesora, me enfrenté a una realidad que no me dejaría ya vivir en paz. El Che estaba sentado en una banca, dentro de la escuelita, y, al verme, me bromeó:

—¿Qué hace una jovencita tan bonita en este pueblo?

No le contesté. Estaba cohibida y no tenía experiencia de tratar con gente desconocida.

Apenas lo sacaron para tomar fotos, sus ojos me buscaron entre el tumulto para guiñarme. Fue la primera vez que le devolví la mirada, pero algo avergonzada, aunque por dentro sentía una enorme alegría, como quien encuentra el amor de su vida mientras menos se lo espera.

En el pueblo reinaba un clima tenso y la gente hablaba del mensaje del Presidente, quien dijo por la radio que los barbudos eran invasores extranjeros, que se llevarían a punta de cañón a los más jóvenes, que violarían a las mujeres y que nos matarían a todos. No sabía si creer en las palabras del Presidente. Estaba enamorada y el corazón empezó a latirme con más fuerza que antes. Nunca vi a un hombre tan hermoso. Parecía uno de esos personajes que se niegan a afeitarse y cortarse el pelo para parecerse a los héroes de las películas. Así como estaba, con sus ropas rotosas y polvorientas, tenía la apariencia de Cristo, una sonrisa dulce y una mirada tierna.

Esa noche no dormí tranquila. Escuchaba las voces de los soldados y oficiales, quienes parecían festejar su triunfo entre gritos y bebidas. Después, entrada ya la noche, escuché unos disparos que hicieron estremecerme en la cama.

Al día siguiente de su asesinato, ya en Vallegrande, lo vi tendido en el banco de la lavandería; tenía los ojos irradiando la misma luz que me penetró como un dardo en el pecho. Me puse triste y lloré por dentro, pues no quería que los militares se dieran cuenta de mis sentimientos.

Al abandonar la lavandería, abriéndome paso entre el grupo de soldados, fotógrafos y curiosos, un intenso amor empezó a crecer dentro de mí, mientras una voz misteriosa me gritaba desde el fondo del alma: “Ese era el hombre que, como ramilletes de flores, entregó su amor y sus ideales a los enamorados de la libertad”.

Desde entonces han pasado muchos años y todavía escuchó esa voz, que de seguro era la voz del Che, quien en la palabra y la historia se convirtió en poesía rebelde.

Otra hubiera sido mi vida si no lo hubieran matado ese día. Hasta ahora escuchó esos disparos zumbándome en la cabeza y hay noches que no me dejan dormir... Cómo quisiera encontrarlo otra vez, para entregarle mi amor sin pedirle nada a cambio, ahora y en la hora de mi muerte.

PESADILLA III

El día estaba gris y las nubes flotaban pesadamente, como si el cielo estuviese a punto de vaciarse en la tierra. Salí temprano rumbo a la parada del autobús, con la ilusión de llegar a tiempo al trabajo. De pronto, mientras miraba el manto espeso de la neblina, escuché el ronco motor de un auto que pasó por mi lado, soplándome a la nuca el aire frío de la mañana. El auto se detuvo unos metros más adelante, allí donde debía doblar la esquina. Seguí caminando indiferente, hasta que escuché la voz del conductor, quien, asomando el rostro por la ventanilla, ofreció llevarme. Me paré cerca de la puerta, dudé unos segundos y me subí agachando la cabeza.

—Buenos días —saludé.

—Buenos días —contestó, mirándome a través del retrovisor interior.

—Voy camino al trabajo —le dije—. Está aproximadamente a una media hora de aquí.

El conductor cerró la ventanilla, se afirmó al volante y arrancó sacudiéndome contra el respaldo. En ese instante, como suele ocurrir en las películas de suspenso, me asaltó la rara sensación de haberme metido a donde no debía.

El conductor, un hombre de complexión delgada, bigotes finos, pelo rubio y escaso, no volvió a decir una palabra, mas por su mirada fija y penetrante, tenía la sospecha de que se trataba de un elemento peligroso, quizás de un violador o de un psicópata implacable. En efecto, cuando llegamos a un tramo alejado de la ciudad, donde las primeras gotas de la lluvia empezaron a caer sobre el asfalto, el conductor frenó el auto en un desvío de la carretera, sin más explicaciones que el silencio. Miré en derredor y no vi sino neblina cubriendo el bosque y la carretera.

El conductor volvió a mirarme a través del retrovisor, se desabrochó el cinturón de seguridad, desenfundó un revólver que llevaba en la chamarra y acercó el cañón contra mis ojos. Me recliné contra el respaldo y pedí explicaciones, pero él, abalanzándose sobre mi cuerpo, me disparó a bocajarro, justo cuando el cielo empezó a vaciarse en una lluvia intensa y menuda. Caí de costado sobre el asiento y me retorcí entre la vida y la muerte, hasta que el conductor, convertido en mi asesino, me ultimó con dos tiros certeros en la cabeza.

Después me cubrió con una frazada, cuyos flecos se empaparon en la sangre que fluyó por los mismos agujeros por donde se me fue la vida. El asesino, actuando con una frialdad impresionante, volvió a sentarse al volante y condujo hacia una casa abandonada en el campo, donde sólo había un catre, una mesa de cocina, unas bolsas de plástico y varias herramientas esparcidas en el piso.

Cargó mi cadáver como costal de papas y me tendió sobre la mesa dos metros por dos, donde me despojó de las ropas para descuartizarme con los instrumentos que tenía a mano. Me decapitó para que no fuese identificado a primera vista, me cortó los pies para evitar que huyera de la muerte y me cortó las manos para deshacerse de mis huellas digitales. Al término de la sección, y en medio de un reguero de sangre, el asesino prendió los leños del fogón, en cuyas llamas crepitantes arrojó mi cabeza, manos, pies y ropas.

Afuera, la lluvia se vaciaba sin cesar, mientras la neblina, vista a través de la ventana, parecía ascender hacia la luz y el aire. En el cuarto, el fogón desprendía un olor a carne chamuscada, a la vez que el asesino, manejando con destreza las sierras y los cuchillos, troceaba mis extremidades, para luego meterlas en una bolsa de plástico, como quien pretende tapar con celofán lo que se ve hasta en la oscuridad del delito.

Cuando mis restos estaban ya en la bolsa, el asesino se lavó las manos, se cambió de ropa, limpió la mesa y los instrumentos, procurando ocultar los indicios del descuartizamiento. Se echó la bolsa de plástico sobre el hombro y me sacó por una puerta sin seguro ni cerrojo. Me tiró en el baúl del auto y me condujo en dirección a un lago, donde me fondeó amarrado a una piedra de varios kilos.

A dos días de estar sumergido, la bolsa de plástico, liberada por las corrientes del agua, salió a flote como un corcho. Allí, a orillas del lago, me encontró un perro entre las piedras del acantilado. El perro, que pasó a convertirse en un fiel colaborador de la justicia, desgarró la bolsa a dentelladas y corrió en busca de su amo, un hombre entrado en años, quien, apenas vio el macabro hallazgo, se llevó las manos a la boca y se retiró corriendo.

Más tarde llegó la policía, supongo que guiada por el dueño del perro. Los policías, por razones de rutina, procedieron a tomar datos del lugar donde fueron encontrados mis restos; sin cabeza, pies ni manos, y seguidamente me llevaron a la clínica de un forense.

El perito, a pesar del esfuerzo por reconstruir mi cadáver, no pudo dar con las señas de identidad, salvo con el escorpión tatuado en mi brazo; un detalle que les hizo suponer que, de no haber nacido en el mes de octubre o noviembre, podía estar involucrado en alguna secta satánica, en cuya ceremonia ritual pudieron haberme segado la vida. 

Los policías, además de seguir su intuición profesional, estudiaron el lenguaje simbólico del escorpión y las teorías esotéricas en boga, pensando que el tatuaje estaba vinculado íntimamente con mi conducta personal. Empero, carecían de indicios y pruebas concretas; no encontraron el arma homicida, pero dedujeron que se trataba de un revólver de regular calibre. Tampoco hallaron rastros que pudieran proporcionarles más datos para dar con el paradero del asesino. En consecuencia, sin esclarecer mi identidad ni tener más señas que el tatuaje, solicitaron al forense efectuar una serie de maniobras y operaciones sobre mis restos, a fin de establecer la hora y la fecha exactas de mi deceso.

El médico forense, perito en la materia, comenzó con un examen externo de mis restos, observando meticulosamente los caracteres de cada uno de ellos. A continuación me pasó el bisturí por el tórax y el abdomen, examinando mis órganos desde el corazón hasta los intestinos. Después los extrajo para analizar el peso, el volumen, la forma, el color y la consistencia. En esta fase abrió una parte de mi estómago y tomó muestras de lo último que había ingerido. En el laboratorio, de ventanas expuesta a la luz del sol, se realizaron con rigor los estudios histológicos, bacteriológicos, químicos y otros, pero sin lograr resultado alguno, pues el forense no pudo determinar la hora ni la fecha en que se cometió el crimen.

Cuando la noticia alcanzó a los periódicos, cuyas páginas me mostraban descuartizado sobre la mesa de operaciones de la clínica, nadie pudo identificarme, salvo una prostituta que me reconoció por el escorpión tatuado en mi brazo. Asimismo, por referencias de ella, los policías dieron con la calle y la habitación donde vivía. Echaron la puerta abajo y requisaron todos los muebles, en procura de reconstruir mi vida y hallar los probables móviles que provocaron mi descuartizamiento. Pero por mucho que removieron mis pertenencias, no encontraron más información que la proporcionada por la prostituta, quien les dijo: “Era un joven de actitud retraída, soltero, de aproximadamente 25 años y con un pasado casi inexistente, pues nunca habló de su ascendencia ni de otros asuntos que pudieran echar luces sobre su vida...”. Los policías se limitaron a tomar nota de las declaraciones, conscientes de que yo cumplía todos los requisitos de una víctima perfecta, debido a mi desarraigo familiar y a la soledad en que vivía. Por último, la prostituta les dijo también que yo era un hombre desprendido de los bienes materiales y un cliente asiduo de la taberna del barrio, donde pasaba los fines de semana hasta altas horas de la noche; otro detalle que a los policías les hizo suponer que el dueño de la taberna podía estar implicado en el asunto. Mas al comprobar que se trataba de un ciudadano sin antecedentes penales, buscaron nuevas pistas, hasta que por fin, gracias a las referencias facilitadas por el tabernero, capturaron a un hombre de pelo rubio y escaso, de 1,80 de estatura, de complexión delgada, bigotes finos y 35 años de edad. Por los primeros datos recabados del sospechoso, se supo que era un sujeto peligroso, con una trayectoria delictiva extensa, no sólo porque tenía una condena de veinte años por dos crímenes brutales cometidos en su adolescencia, sino también porque se fugó repetidas veces de la prisión, donde entró en contacto con una secta satánica que, al parecer, se dedicaba a profanar tumbas y sacrificar animales domésticos. 

No cabía la menor duda de que este hombre era mi asesino. Sus datos personales y anatómicos coincidían con las descripciones del tabernero y con las fichas manejadas por la policía. Todo coincidía: la longitud y anchura de la calota craneal, la longitud del dedo medio de la mano izquierda, la longitud del pie izquierdo, la longitud del codo izquierdo, la longitud del dedo meñique de la mano izquierda, la estatura, la edad, la altura del tronco en posición sentada, la longitud de la oreja derecha, la longitud de los brazos extendidos en cruz, la descripción del iris ocular, las descripciones de las huellas cutáneas, los surcos de las huellas digitales y hasta la deformación que tenía en el glande del pene.

Al cabo de las investigaciones pertinentes, este hombre, prófugo de la justicia, pasó inmediatamente a disposición judicial, acusado de ser el presunto asesino. Lo raro del caso era que este individuo, cuya inteligencia era superior al nivel medio, respondió a las preguntas del juez con una serenidad absoluta, sin perder la compostura ni negar el delito imputado.

Cuando el juez de primera instancia, en medio de una sala repleta de periodistas y curiosos, le preguntó por qué me había descuartizado, mi asesino se encogió de hombros y contestó:

—Si quieren escuchar toda la historia, será necesario que se carguen de coraje, pues la sensibilidad de sus oídos puede que no resista el impacto de mis palabras...

El juez, acostumbrado a escuchar crónicas rojas y relatos crueles, solicitó al acusado ir al grano, pero sin dejar de ser explícito.

Entonces el asesino, un psicópata con obsesiones morbosas por descuartizar, se puso de pie en el banquillo de los acusados y explicó los móviles del crimen con lujo de detalles, desde la mañana en que se levantó de la cama y se cruzó en mi vida. Declaró, reconstruyendo los hechos, que mi muerte se debió a circunstancias imprevisibles, puesde no haber estado en ese mismo momento y lugar donde subí al auto, no habría pasado nada y estaría todavía vivo. Seguidamente, haciendo uso de una elocuencia verbal hasta entonces desconocida en los tribunales, confesó que apenas me vio la cara por medio del retrovisor, no pudo resistir la tentación de asesinarme, sobre todo, cuando escuchó el timbre de mi voz, cuyo dejo despertó sus instintos más bajos. Por eso detuvo el auto en un desvió de la carretera, donde desenfundó el revólver para descargarlo en mi cabeza...

A partir de ese instante, las declaraciones del acusado eran tan escalofriantes, que el juez se vio obligado a abrir un cuarto intermedio, sacudido por una conmoción que posteriormente lo llevó a dictar la sentencia de pena capital contra el acusado, quien, las manos esposadas y el uniforme a rayas, abandonó la sala escoltado por los dos policías que en un principio, a falta de indicios y pruebas concretas, estuvieron a punto de archivar mi caso, como uno más de los delitos no esclarecidos en los anales de la historia criminal.

Cuando desperté de la pesadilla, temblando de frío y de miedo, hundí la cara en la almohada y lloré como el niño que pierde la vida en los laberintos del sueño.


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