| Culturales |
30 de marzo de 2002
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Serían
las ocho o nueve de la noche, cuando timbró el teléfono.
Yo estaba sentado en la mesa del comedor, bajo la luz amarillenta de la
lámpara que se descolgaba del techo, como maracuyá madura
en el huerto de mi abuela. Frente a mí había: cuadernos abiertos,
lápices, un plumón fosforescente, un diccionario de sueco,
una bolsita de papel con gomas dulces y bolitas de chocolate. Estaba concentrado
sobre ese reguero de cosas, hasta que la insistencia del teléfono
me levantó de la cómoda silla y me obligó a dar algunos
pasos. Descolgué el auricular rojo empotrado en la pared y contesté
medio desganado:
—¿Aló?
...
—Aló,
buenas noches, habla Víctor Montoya... ¿Puedo hablar con
Marco?
—...
—Aló
—¿Víctor?...
—Sí, Víctor.
—¡¿Víctor...Montoya?!
—Sí, con
él mismo.
—¿Víctor
Montoya? ¿El escritor boliviano?
—Claro, ¿puedo
hablar con Marco?
—Soy Marco...
Me sentí
ridículo en esos instantes. El intercambio de frases, que como el
péndulo de un reloj oscilaba entre la sorpresa, la alegría
y la cojudez, dio inicio a nuestra amistad.
Él me
comentó que había leído mi libro de relatos y que
le interesaba conversar conmigo. Yo no lo creía. ”Víctor,
Víctor Montoya”, pensaba, mientras mi rostro sonriente se reflejaba
en el cristal de la ventana.
Conversamos un
largo rato.
Luego de colgar,
corrí como un niño hacia la sala, donde mi compañera
de ese entonces estaba mirando televisión enterrada en el sofá,
con las piernas estiradas sobre la mesita de centro y con los pies abrigados
por unas voluminosas medias de lana tejidas por su madre. Yo necesitaba
narrarle lo sucedido. Al mostrarme su sonrisa, le comenté, medio
agitado, respecto a la obra del narrador boliviano.
Hacía
ya cerca de cuatro años que había llegado a Suecia. En mi
encuentro con la tierra de August Strindberg, Selma Lagerlöf, Nils
Ferlin, Astrid Lindgren y Per Anders Fögelström, experimenté
el impulso irresistible de cobijarme en mi idioma natal como una manera
de capear los nuevos retos del exilio. Así, durante ese tiempo leí,
entre otras obras literarias, los cuentos, novelas y poesías de
los escritores latinoamericanos en Suecia. Y uno de los escritores que
más me impresionó fue Víctor Montoya.
Para ese entonces
(antes de la llamada telefónica), yo ya había devorado: Cuentos
Violentos, El laberinto del pecado, Días y noches de angustia, Antología
del cuento latinoamericano en Suecia, Palabra encendida, aparte de
sus artículos sobre cultura y pedagogía; y me identifiqué
con su obra por la energía de los personajes, por la prosa neo-indigenista
(que en algún momento me hizo recordar a Vallejo, Alegría
y Arguedas), por su compromiso con las luchas reivindicativas de los mineros
bolivianos, por su manera peculiar de narrar la persecución política,
la tortura, la cárcel y la muerte.
La prolífica
obra de Víctor Montoya y la de otros autores latinoamericanos en
el extranjero me brindaron la posibilidad de leer y reflexionar sobre un
tipo de literatura que nunca tuve oportunidad de leer en los parámetros
de mi patria. Pienso que, justamente, la relevancia de esta obra radica
allí. La obra silenciada, censurada, es la que trascenderá,
como el pájaro campana, los recovecos y las tormentas de
la historia.
Días después,
a través del buzón del apartamento, cayó un sobre
que traía consigo una invitación a la presentación
del libro El niño en el cuento boliviano, antología
de Víctor Montoya, que se llevaría a cabo en el centro de
Estocolmo.
El día
del acto me encontraba sentado al lado de otras personas que esperaban
impacientes la salida del escritor boliviano. Alguien distribuyó
copas con champagne, y yo, mientras paladeaba la bebida, lo imaginaba alto,
fornido, de cabellera larga y lacia. O tal vez, recordaba la tarde esa
en la biblioteca del Instituto Latinoamericano de la Universidad de Estocolmo,
donde a cada minuto interrumpía mi lectura para dirigir la mirada,
incesantemente, hacia un hombre con las características del arriba
mencionado, quien leía, casi engullendo los libros, indiferente
a mi actitud de lector curioso. ”Este pata debe ser Víctor Montoya”,
me decía a mí mismo, cada vez que le lanzaba la mirada por
sobre el lomo de Los heraldos negros.
La voz de un
escritor chileno, luego de hacer un resumen y comentario de la antología,
fue la que me trajo nuevamente a la sala, ahora más abarrotada de
gente.
La cámara
de la televisión local de un canal latino corría y saltaba
como mamífero australiano sobre los rostros acalorados.
Desde el umbral
de una puerta, y entre el aplauso de los presentes, hizo su ingreso un
hombre de contextura menuda, con los bigotes y barba que me recordaron
al líder de la revolución bolchevique, embutido en un elegante
terno, camisa blanca y zapatos que relucían como dos potros azabache.
Cuando todavía no salía de mi letargo, tratando de encajar
al hombre alto y fornido que había visto en el Instituto Latinoamericano,
con el otro hombre que mis pupilas contemplaban en la sala, escuché
la voz de Víctor.
Mi letargo desapareció
en milésimas de segundos, al descubrir un aspecto personal del autor
boliviano, que no advertí en sus libros: su capacidad de oratoria.
Este hombre de estatura pequeña se convertía en un gigante
cuando se dirigía al público.
En esos instantes
volvió a crecer mi admiración por este escritor, que bien
podía ser el Atahualpa de El Tablero de la muerte o la imagen
enigmática del Tío (1) de las minas bolivianas, con quien
soñaba Sinforoso Choque, dejándose arrastrar a los dominios
del más allá.
Mientras escuchaba
su retórica, en mi cabeza fluía, como manantial que brota
y baja estrepitoso desde las montañas, la imagen de un niño
sujeto fuertemente a la mano de su madre, quien fue maestra en la población
minera de Llallagua; el rostro y cuerpo adoloridos de un adolescente en
las celdas del Panóptico Nacional de San Pedro y en el campo de
concentración de Viacha; la figura del joven apasionado estudiando
pedagogía en Estocolmo y la del hombre ya maduro, reposado, con
una rica producción literaria en Suecia.
Luego del acto,
entre el tumulto de la gente y la impronta de su firma en la primera página
de los libros, nos dimos un fuerte abrazo y quedamos en vernos otro día
en algún punto de la ciudad.
Con la mochila
a mi espalda, botas de peluche, pantalones jeans, una casaca azul de pluma
de ganso y con unas ganas enormes de ver al Tío Víctor, subí
las escaleras de Slussen y caminé hacia las puertas de vidrio. Al
lado del Pressbyrån, en donde una cola de gente compraba cigarrillos,
chocolates y periódicos nocturnos, vi nuevamente al narrador boliviano;
tenía un fino traje negro y un maletín de cuero bailándole
en la mano. Me acerqué despacio. Sonreímos y nos saludamos.
En ese momento sentí como si el Tío Víctor hubiese
crecido. Me dio la impresión de que un gigante me golpeteaba la
espalda como tambor de guerra.
Salimos de la
estación del metro. Afuera, la nieve se tragaba las calles y del
manto de la noche se descolgaban estrellas relucientes que se perdían
tras las aguas del Mälaren.
—¿Qué
dices, ché? ¿Dónde nos tomamos unas cervecitas? —me
dijo aquel hombre de mirada profunda.
—No hay problema,
Tío Víctor. Por estos alrededores hay cualquier cantidad
de lugares.
—Pero la noche
está linda, Marco. Te hago una propuesta: ¿qué te
parece si nos compramos algo para beber, y de paso andamos por los recovecos
del Tío?
—Me parece
bien. Vamos a comprar algo y seguimos caminando. No se siente mucho frío.
Así,
salimos de algún lugar con latas de cerveza y una botella de whisky.
Nuestras huellas fueron hundiéndose y desapareciendo por entre las
calles cubiertas de espuma albina.
Al poco rato,
vimos una banca casi perdida en los caminos tortuosos que llevan hacia
Mosebacke.
—¿Te gusta
este lugar, no? —comentó sonriente, levantándose la capota
del abrigo.
—Claro, compadre.
A este lugar retorno en todas las épocas del año —respondí.
El Tío
Víctor sacó de un manotazo el lecho blanco que reposaba sobre
la banca y la madera quedó al descubierto, mientras yo reía
y descolgaba la mochila. Nos sentamos. Charlamos. Bebimos. Reímos.
—Que bella es
esta ciudad, Marco—dijo suspirando.
Dirigimos la
mirada hacia el frente y nos quedamos observando el centro de la vieja
Estocolmo, con sus luces amarillentas simulando flotar en la superficie
del agua y a una infinidad de barcas durmiendo en la orilla del puerto.
El vientecillo
de febrero traía, desde lejos, música y voces de los bares
nocturnos.
—Sí,
esta ciudad es hermosa... ¡Salud por este gusto, compadre! —le
dije.
Y así,
entre salud y salud, nos vaciamos la botella.
—Oiga, Tío,
ya me está chocando este trago. Tú sabes que soy hombre de
chicha y de cerveza. Pero no tengo costumbre con estos tragos especiales.
Él, sonriendo,
exclamó:
—Recién
estamos empezando...
Seguimos con
las cervezas. Entre trago y trago descubrí otra característica
del escritor boliviano: su manera personal de narrar oralmente, hecho que
me hizo evocar a esos viejos abuelos sentados al pie de una fogata, contando
historias fantásticas del mundo minero. Historias que, con el transcurso
del tiempo, las vería escritas en su libro Cuentos de la mina.
Horas después
bajamos a paso lento y caímos en un bar de Södermalm, donde,
haciendo sonar nuestros vasos, y en medio del humo de los cigarrillos,
el Tío Víctor me contó de su entusiasta visita a las
tumbas de Cortázar y Vallejo en París, de su entrevista a
Galeano cuando visitó Suecia, de la impresión que le causó
”Varguitas” Llosa y de ese flaco parco, sencillo, casi mudo, como fue Julio
Ramón Ribeyro, a quien le estrechó la mano en un congreso
de escritores en Madrid. De sus lecturas de Kafka, Dostoievski, Rulfo,
Arguedas, Neruda y Vallejo. De la amistad con otros escritores latinoamericanos
que conoció en el exilio, de los cuales algunos ya descansan en
el panteón de los inocentes y de muchos otros que, retornados a
sus países natales, todavía continúan dándole
a la pluma en condiciones precarias.
Continuamos con
más cervezas e historias. Estábamos, como decimos los peruanos:
”mamados”. La cabeza nos daba vueltas y, al reírnos, veíamos
que los rostros de los presentes, desparramados en otras mesas, parecían
que estuviesen sentados en alguna silla giratoria de Gröna Lund.
—Oiga, Tío,
esa mezcla de whisky y cerveza ya me tumbó. Si no vaya a mirar cómo
he dejado el baño —le dije
—No te preocupes,
Marco, así es cuando se mezclan los tragos —respondió a carcajadas.
Luego de un tiempo
del que no me acuerdo, ingresamos nuevamente, pero ahora abrazados para
no caernos, en la estación de Slussen. Ya era de madrugada cuando
se abrieron las puertas del metro. Nos despedimos chocándonos las
frentes, y con la promesa de volvernos a encontrar por entre los bares
nocturnos de la vieja Estocolmo.
Minutos más
tarde, me quedé parado entre la gente de rostros trasnochados, escuchando
el chillido de los rieles y contemplando el metro azulado que, llevándose
en sus entrañas al Tío, se perdía por el boquete de
un túnel largo, interminable, como el de nuestra entrañable
amistad.
(*) Sociólogo y cuentista peruano. Autor de Una noche de otoño y otros relatos y co-autor de Al cruzar la frontera. Reside en Estocolmo desde 1995. (1) De allí viene el sobrenombre del autor boliviano, quien en sus cuentos rescata el mundo mitológico de la tradición minera, haciendo énfasis en la imagen del Tío: diablo y dios que habita en el interior de la mina. |
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