Víctor
Montoya |
21 de Julio de 2003
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A unos cien metros más adelante, cruzando por un puente metálico y venciendo una empinada gradería, me interno en la plaza de Mosebacke, donde, sentado a la sombra de los árboles, contemplo la cabina de teléfono antiguo y la estatua de las dos mujeres desnudas que, puestas en medio de una pileta de aguas cristalinas, parecen sirenas en la tarde ardiente. Al lado izquierdo, junto al Teatro del Sur, está el famoso restaurante de Mosebacke, cuya terraza, expuesta bajo el sol que luce en la franela añil del cielo, permite tender la mirada sobre gran parte de Gamla Stan, como hizo una tarde de mayo Arvid Falk, el protagonista principal de la novela “El cuarto rojo”, de August Strindberg. Desde mi asiento preferido, donde la brisa sopla en la cara, contemplo, entre revoloteos de palomas y graznidos de gaviotas, los puentes y barcos que decoran el canal y, a mis pies, una parte de Gamla Stan, donde las cúpulas y ventanas reflejan un pedazo de sol al declinar la tarde con su rosado resplandor. El simple hecho de estar en el corazón de Estocolmo, fundado en 1352, es un acto de por sí inolvidable; primero, porque permite relajarse del estrés y el ajetreo cotidiano; y, segundo, porque ofrece un paisaje similar al de los cuentos de encanto, pues estar en la terraza de Mosebacke, rodeado de frondas verdes y azulinas aguas, es un modo de experimentar la belleza de la isla sobre la cual se erige la ciudad antigua, con sus casas apiñadas, calles angostas, arquitectura de reminiscencias medievales y canales cambiando de matices a la hora del poniente. Al costado izquierdo, y a vuelo de pájaro, se distingue la cúpula de la Iglesia Mayor, desde la cual pueden dominarse los cuatro puntos cardinales de la ciudad y el laberinto de casas, con paredes de ladrillo, techos de latón y chimeneas alzándose hacia la concavidad del cielo. En este mismo lugar está emplazado el edificio del Parlamento, las oficinas gubernamentales y el Palacio Real. Junto a la ribera del lago, y mirando hacia la ciudad antigua, se sobrepone el Ayuntamiento, donde todos los años tiene lugar la cena ofrecida a los galardonados con el Premio Nobel. La construcción, que demoró 12 años y requirió más de 19 millones de mosaicos, tiene una torre de oscuros ladrillos rojos, una bóveda de verde cobre, rematada con tres coronas doradas y un panorama que no conoce lengua capaz de describir su belleza. Delante de Mosebacke, en la otra orilla del canal y en medio de un aire que huele a bosques y gaviotas, se divisa una hilera de museos y hoteles y, al costado derecho, el parque de distracciones oculto entre pinos y desniveles, y decorado por unos barcos que boyan en los muelles y otros que surcan las aguas del Mälaren. Más al fondo se pierde la vista y se hunde el horizonte que, en un día de verano, es una línea curva donde confluyen el cielo y la tierra. Al desfallecer la tarde, los edificios
caen en las aguas quebrando su simetría y dando la impresión
de ser una ciudad anfibia, con una parte en la tierra y la otra en el canal.
De pronto, al precipitarse la noche, se encienden las calles y los puentes
en un alucinante juego de luces, como si la misma ciudad se hubiese sumergido
en el agua con una transparencia y luminosidad inusuales. Al cabo de experimentar
esta sensación, bajo un cielo constelado de estrellas, no me queda
más que retornar a mi casa, con la misma ilusión de siempre:
volver a Mosebacke apenas le quite tiempo al tiempo y me invadan las ganas
de sentarme junto al busto de August Strindberg y delante de un paisaje
que, si bien no es comparable a las siete maravillas del mundo, tiene la
magia de encandilar el corazón de los amantes fieles de la Venecia
del Norte.
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