El
colonialismo
en Tintín
Víctor
Montoya
La edición
de “Tintín en el Congo” es
un excelente motivo para abordar
el tema del racismo en los llamados “comics”, donde los negros representan
el subdesarrollo y los blancos la expansión imperialista, una imagen
que nos persigue como fantasma en el subconsciente colectivo. Si anudamos
los cabos sueltos de la historia universal, advertiremos que el racismo
tiene sus
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primeros antecedentes en el pasado colonial
de las culturas no occidentales, donde los conquistadores europeos, a diferencia
de los asiáticos, negros o indios, impusieron su voluntad a sangre
y fuego.
En este contexto, la serie creada
por Georges Rémy, quien usó el seudónimo de Hergé
desde 1929, cuenta la versión oficial de los vencedores, con una
fuerte dosis de racismo y una visión retorcida de la realidad del
llamado Tercer Mundo. Y, sin embargo, su personaje principal, aparecido
por primera vez en el suplemento juvenil de un periódico belga,
es una de las figuras más aclamadas por los lectores desprevenidos
y el personaje de ficción más cotizado en el reino de los
“comics”. Los periplos de Tintín, traducido a medio centenar de
idiomas, se han publicado en más de 100 países y el número
de ejemplares vendidos ha superado los 150 millones en todo el mundo; lo
suficiente como para difundir masivamente una ideología que atenta
contra las razas y culturas, que hace tiempo ya se independizaron de los
colonizadores europeos.
Desde su primera aventura, “Tintín
en el país de los soviets”, hasta la muerte de su creador, en 1983,
este periodista intrépido y curioso, de inamovible tupé y
acompañado por su fiel fox terrier Milú, ha llegado a la
Luna y ha recorrido un largo itinerario en la Tierra, desde Rusia hasta
África colonial. Tintín es el “Superman” belga, pues ha cruzado
los mares para pelear con los indios en las praderas norteamericanas, ha
escalado las cimas de los Andes y el Himalaya, ha luchado contra las fieras
salvajes de la jungla en la India y Suramérica, y, al mejor estilo
de Indiana Jones, ha presenciado los acontecimientos de la historia contemporánea,
como fue la guerra chino-japonesa, la revolución bolchevique y los
diversos golpes de Estado en las más exóticas repúblicas
bananeras, cuyos habitantes son sinónimos de incivilización
y barbarie. Ahí tenemos el caso de “Tintín en el Congo”,
donde el protagonista blanco, sentado en una litera, es cargado en hombros
por cuatro figuras grotescas, que tienen los ojos saltones, los labios
desproporcionados y la piel negra como el ébano. La imagen parece
inspirada en la clasificación racial hecha por el naturalista sueco
Carl von Linné (1707-78), quien caracterizó a los africanos
en los siguientes términos: “negro, flemático, de cabellos
negros y crespos, laxo, nariz roma, labios abultados, astuto, negligente,
perezoso, y se rige por el arbitrio”. En cambio el de raza aria es: “blanco,
musculoso, sanguíneo, ojos azules, cabellos rubios y ondulados,
agudo, industrioso, versátil, y se rige por leyes”.
Esta imagen, enraizada en la mentalidad
colonialista de Occidente, induce a pensar que los angoleños son
una suerte de esclavos postrados ante los pies del hombre blanco, a quien
lo adoran y convierten en jefe supremo de sus tribus, dando lugar, de este
modo, al sentido de dominación de un pueblo sobre otro, de
una cultura sobre otra, de una raza sobre otra.
No se debe olvidar que este país
del oeste africano, que primero fue colonia portuguesa y después
belga, sufrió el desprecio y la expoliación de Occidente.
Así, entre el siglo XVI y XIX, fue uno de los centros principales
del comercio de esclavos, quienes fueron vendidos y transportados al continente
americano, mientras en el siglo XX, a consecuencia de la expansión
y el saqueo imperialista, las empresas transnacionales intensificaron la
explotación de sus recursos naturales, que hizo florecer el comercio
de diamantes, cobre, oro, plata, cinc y otros.
Tintín, visto desde esta perspectiva,
es el representante de una cultura y, por lo tanto, de una mentalidad que,
desde la época del colonialismo europeo, ha intentado perpetuar
la supremacía del hombre blanco. En las series basadas en las teorías
del social-darwinismo, que legitiman la existencia de razas superiores
y razas inferiores, los negros, asiáticos e indios, representan
a los malhechores oscuros de la sociedad, en tanto los blancos, “buenos,
bellos e inteligentes”, son los héroes de las historietas, donde
se cumplen los sueños de quienes defienden la supremacía
del hombre blanco, así el racismo sea una utopía como la
especulación del social-darwinismo. Basta revisar la historia de
las diversas culturas para comprobar que las razas y los pueblos se han
turnado en la vanguardia de la civilización, siendo así que
pueblos que conocieron antes un deslumbrante esplendor, aparecen en la
actualidad postergados en relación a otros que sufrieron un vertiginoso
desarrollo en los últimos tiempos.
Las aventuras de Tintín, al
menos en su viaje al Congo (ahora República de Zaire), tienen una
clara intención racista, que es preciso aclarar para que no se siga
creyendo en el mito de que el negro nació para ser esclavo y el
blanco para dominarlo por mandato divino.
Víctor
Montoya
Escritor boliviano
radicado en Suecia
montoya@tyreso.mail.telia.com
http://montoya.cjb.net/
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