Víctor Montoya - rodelu.net
23 de Diciembre de 2003
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Reflexiones de Navidad

Víctor Montoya

Son las 2 de la mañana y no puedo conciliar el sueño. Enciendo la lámpara del velador y pienso en la Navidad, en ese arbolito de plástico que todos los años se debe desempolvar y, una vez adornado con luces, nieve artificial y cintas multicolores, colocar en el sitio más 
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atractivo del hogar, sin importarnos mucho el porqué de esta festividad, que los comerciantes aprovechan para asaltarnos los bolsillos, caiga o no la nieve, llegue o no Papa Noel.

Son las 2 y 15 de la mañana y, aparte de pensar en los politiqueros corruptos y en las guerras tramadas por el imperio, pienso en los niños de la calle, en ésos que a diario se levantan y acuestan en un banco del parque, y en los andariegos de la limosna, quienes no conocen a Papa Noel ni disfrutan de los regalos de Navidad, pues la calle es su alimento, su protección y su vida. En la calle los adoptan otros parias que habitan la ciudad y viven cada día como si fuese el último. 

Los niños de la calle se agrupan en pandillas y en pandillas recorren por las avenidas comerciales, donde hacen de mendigos, prostitutas y raterillos. Son niños que han aprendido a ganarle tiempo al tiempo y, en cuestión de segundos, se apoderan de la pulsera de un transeúnte desprevenido, arrancan de un tirón las joyas de una dama o despojan a un anciano de lo poco que lleva en los bolsillos. Los niños de la calle se regalan a sí mismos lo que Papa Noel no puede darles, son niños que aparecen y desaparecen entre los escaparates comerciales, iluminados por las luces de los arbolitos de Navidad.

Entrada ya la noche, estos andariegos de la limosna inhalan la clefa de la bolsa de plástico. Después, tras una ola de alucinación que los arranca de sí mismos, caen rendido en la intemperie, donde duermen a cielo abierto y sueñan con un regalito que no tendrán. En el peor de los casos, les pasa lo que hace un tiempo atrás ocurrió en Río de Janeiro. Los comerciantes de la Navidad, considerándolos una escoria social, contrataron escuadrones de la muerte para barrerlos a tiros del centro financiero de la ciudad. Los asesinos, las caras cubiertas y pistolas al cinto, se montaron en trineos de asfalto y, rastreando los parques y las calles, se dieron a la caza de niños mendigos. No se oyó el trote de los renos, pero sí una descarga de tiros confundiéndose con las salvas que anunciaban el nacimiento del Redentor, mientras los niños de la calle eran linchados como perros y arrojados en los terrenos baldíos, donde aparecieron sus cadáveres con un tiro en la frente y un letrero que decía: “Hijo de nadie. Basura de la ciudad”.

Son las 2 y 30 de la mañana y pienso que, en los países del llamado Tercer Mundo, millones de niños son víctimas de la explotación, la prostitución y la pornografía, debido a que los mercaderes de carne humana, aprovechándose de las llagas del subdesarrollo, exportan niños por montones, con el fin de abastecer la demanda del mercado internacional y llenarse los bolsillos con la misma insensatez de los comerciantes que nos ofrecen la muñequita Barbie en Navidad. 

En América Latina se venden anualmente miles de niños y el valor que se paga por ellos fluctúa entre 200 y 9.000 dólares; un negocio millonario al que se añade el tráfico ilegal de menores, cuyos órganos son extraídos y trasplantados a pacientes en prestigiosos hospitales de los países industrializados, donde la carnicería humana, que cobró ya la vida de cientos de niños asiáticos y latinoamericanos, es un hecho tan normal como matar pavos o gallinas en la Noche Buena y en vísperas del Año Nuevo.

Son las 2 y 45 de la mañana y aún no puedo conciliar el sueño, pues tengo la sensación de que en esta Navidad, que para mí será como suelen ser todos los años, no habrá noche de paz ni de amor entre las víctimas de la guerra y el despojo, ni Papa Noel tocará la puerta de los niños pobres, porque su cargamento de regalos será vaciado en la casa de los ricos, a diferencia de lo que hicieron los Reyes Magos cuando nació Jesucristo, ese hombre que 33 años después murió fijado en los maderos, entre otras cosas, convencido de que será más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un comerciante rico entre en el reino de los cielos.

Víctor Montoya
Escritor boliviano radicado en Suecia
montoya@tyreso.mail.telia.com
http://montoya.cjb.net/

 
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