Conflicto
marítimo
y chauvinismo
Víctor
Montoya
En
la escuela primaria aprendí los nombres y las hazañas de
los “héroes de la patria”, entre ellos, la de Eduardo Abaroa, quien,
el 23 de marzo de 1879,
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Pinochet y Banzer |
combatió junto a otros voluntarios
armados con 18 fusiles anticuados, 900 cápsulas de munición,
15 escopetas, 31 lanzas, 10 espadas y algunas pistolas, contra las tropas
invasoras del ejército chileno, que tenían la misión
de apoderarse, entre redobles de tambor y voces marciales, del litoral
boliviano; de esas costas ricas en guano y salitre.
Fue en esa guerra en la que la hija
predilecta del libertador Simón Bolívar perdió su
salida al mar, mientras los voluntarios, casi indefensos, entregaron su
vida ante el cañón enemigo. De modo que los profesores, más
por un acto de patriotismo que por transmitir las causas y consecuencias
de una guerra injusta, se encargaron de inculcarnos la idea de que los
chilenos nos arrebataron el litoral por ser hijos de tal y, como si fuera
poco, nos obligaron a desfilar cada 23 de marzo como un ejército
de marineros sin mar, dispuestos a recobrar lo que un día fue nuestro.
Así como nos enseñaban
a entonar el himno nacional y a respetar los emblemas patrios, también
nos enseñaban el legado de Eduardo Abaroa, quien, fusil en mano,
peleó denodadamente contra los “rotos”, hasta que una descarga de
fusilería le hirió en el cuello y lo tumbó boca arriba;
circunstancia en la que un comandante de la tropa chilena le intimó:
“¡Ríndase, boliviano!”. A lo que Abaroa, antes de morir sobre
el puente Topáter, contestó: “¿Rendirme yo?... ¡Qué
se rinda su abuela, carajo!”. Histórico apóstrofe que los
alumnos aprendimos a repetir de memoria.
Recuerdo que cada día, al
término de las clases, salíamos a la calle agarrados de las
manos y marchando como soldaditos de plomo. Al llegar a la esquina de la
escuela, donde empezaba la plaza del pueblo, el profesor ordenaba romper
filas. Entonces nosotros, saltando de júbilo, gritábamos
al unísono: “¡Viva Bolivia libre! ¡Mueran los rotos
chilenos!”. Es decir, nuestro chauvinismo iba creciendo con nosotros, dentro
de nosotros, y nuestro antichilenismo lo teníamos calado hasta los
tuétanos, como si el tema de la mediterraneidad boliviana formara
parte de la educación retrógrada que se impartía a
los niños.
Cuando ingresé a la escuela
secundaria, desperté de esa pesadilla chauvinista, que destrozó
la mente de tantos jóvenes que acabaron legitimando el patriotismo
como la única y mejor carta de identidad. Milité en una organización
que enarbolaba las banderas del internacionalismo y me vi envuelto en una
ola de agitación política que condenaba las atrocidades cometidas
por la dictadura militar de Hugo Banzer, quien hizo de la reivindicación
marítima uno de los objetivos centrales de su gobierno. Los oficialistas
manejaron el lema de “Mar a como de lugar” y cultivaron el patriotismo
en el seno de las masas, intentando desviarlas en su lucha de liberación.
El 8 de febrero de 1975, al filo
de conmemorarse el sesquicentenario de la República, Banzer invitó
a Augusto Pinochet a retomar el diálogo. Los dictadores, al son
de aplausos y discursos solemnes, se dieron la mano y se abrazaron en las
gélidas pampas de Charaña. El convenio estaba hecho: Chile
ofreció a Bolivia un angosto corredor marítimo a cambio de
una compensación territorial. No pasó mucho tiempo y las
palabras de compromiso se las llevó el viento. Bolivia permaneció
enclaustrada y sumida en la pobreza, mientras los desposeídos seguían
su lucha contra la dictadura militar, convencidos de que la solución
del problema marítimo estaba en manos del pueblo y no de los dictadores.
La ola de agitación social
acabó arrojándome a la prisión y mostrándome
con más nítidamente la otra cara de la medalla, la del dictador
que violó los Derechos Humanos, torturó y asesinó
a sus adversarios a nombre del patriotismo y la defensa de la soberanía
nacional.
Estando en las mazmorras de la dictadura
conocí a dos compañeros chilenos, quienes, luego de huir
de la represión que asolaba su país, fueron a dar en las
mismas celdas de quienes compartíamos el sueño de vivir algún
día en una gran patria latinoamericana. Ellos me enseñaron
que la mayoría de los chilenos, que abrazaban las mismas esperanzas
de justicia social que los bolivianos, estaban de acuerdo en que se nos
permitiese acceder al mar sin necesidad de cambalaches, porque, al fin
y al cabo, no fueron ellos quienes trazaron las fronteras nacionales y
decidieron la geopolítica de dos países enemistados por el
litoral.
Encontrándome en el exilio,
y viviendo en un campamento de refugiados latinoamericanos, comprendí
plenamente que el chauvinismo no valía la pena, sobre todo, cuando
habían tantos compañeros que compartían la misma lucha
y el mismo destierro, una experiencia que, en mi caso personal, contribuyó
a que me sienta más latinoamericano, así tenga el corazón
de boliviano y los ideales de quienes fueron, más que héroes
nacionales, luchadores internacionalistas, y para quienes el conflicto
marítimo entre Chile y Bolivia hubiese sido, sin el menor resquicio
para la duda, sinónimo de una pelea entre hermanos enemigos, disputándose
un mar que nunca tuvo dueños, lejos de comprender que en la integración
latinoamericana está la fuerza para vencer al imperialismo y despojarnos
del absurdo y decantado chauvinismo.
Víctor
Montoya
Escritor boliviano
radicado en Suecia
montoya@tyreso.mail.telia.com
http://sololiteratura.com/victormontoya.htm
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