| Culturales |
20 Junio de 2002
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Toda
creación literaria sufre transformaciones esenciales en su construcción,
girando en la dimensión de los signos y los símbolos que
cubren los temas profundos del ser humano, si es que responde a su misión
de auténtica libertad. En este caso el cuento, como breve narración,
alcanza en las últimas décadas modalidades y estilos muy
propios. Me refiero a la condensación de imágenes y situaciones
en contraste que generan una visión sintética de hechos y
sucesos humanos, en breves unidades de sentido y que requieren así
también, de parte del lector, una rápida penetración
en el contenido de lo escrito.
Víctor
Montoya dentro de la corriente minimalista, que creó de manera muy
propia augusto Monterroso, sigue este estilo literario en sus cuentos Entre
tumbas y pesadillas. Encuentro en su lectura amplitud de contenidos
y un significante persistente en temas de dimensión onírica.
Y una de sus excelencias radica, a mi juicio, en optar por la vía
del arte en general, como posibilidad de superar el dolor de lo inmanente
que asfixia en la repetición en lo mismo. En su discurso literario
se capta de inmediato el refugio lenitivo del sueño. Y es por este
medio que alcanza la ubicación de las fuerzas ocultas que producen
el poder destructor y la forma de vencerlos. Problemática que siguen
confrontando los pueblos y las dictaduras que los oprimen.
La represión
tendrá su fin y para ello, como lo apunta Víctor Montoya,
seguirá la lucha por la libertad como la de los héroes en
sus cuentos: el Che, Carmelo y otros. Sin embargo, hay algo en su discurso
que considero fundamental, la aceptación de la “segunda muerte”,
como compromiso con la libertad, la cual se detecta como elemento virtual
en su trabajo literario: Entre tumbas y pesadillas.
Gabriel
Chávez Casazola
Nuestro permanente colaborador Víctor Montoya, escritor boliviano residente en Suecia, acaba de enviarnos este su último libro, publicado en Lund. Bajo el fúnebre
título Entre tumbas y pesadillas la narrativa de Montoya
encuentra aquí nuevos –y a veces sorprendentes- registros. Está
presente, cómo no, su literatura de exiliado impenitente, perseguido
por los viejos fantasmas (¿extintos o no tanto?) de los años
de plomo. Pero también hacen su aparición otros universos
imaginarios, no tan lúgubres como se podría pensar, sobre
todo si se tiene en cuenta que los más apasionantes se agazapan
tras los cuentos titulados Pesadilla I, II y III.
Personajes sencillos,
pero capaces de atléticas destrezas mentales, verbales y vitales,
son los que llenan y dan sentido a estos textos. Después de todo,
como nos lo quiere transmitir Montoya, así es la gente corriente,
así somos todos: barro capaz de maravilla. Pero también de
espanto.
Y, en este punto
de la escala, el autor demuestra toda la maestría cuentística
que posee para comunicar horror a los lectores, entre golpe y golpe de
ternura y compasión por nuestro común destino de inocuidad
y podredumbre.
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