Del
amor terrenal
al infierno
de Dante
Víctor
Montoya
Cuando
el Papa Juan Pablo II anunció que en el paraíso no habrá
amor físico, porque los resucitados no tomarán mujer ni marido,
ni será necesario el ejercicio de la procreación, pensé
para mis adentros: ¡Ah, carajo! ¿Ahora qué hago?
Si el Papa me promete mejor bienestar
en el reino de Dios, en el paraíso celestial, se lo agradezco infinitamente,
pero a condición de que no me quite el derecho a seguir gozando
del amor físico, pues si con la muerte se paga el justo castigo
del pecado original, me propongo seguir pecando así me expulsen
del reino de Dios, como fueron expulsados
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Adán y Eva del Jardín
del Edén por haber comido la fruta prohibida del árbol del
saber; de lo contrario, prefiero que me condenen a los suplicios del infierno,
donde otras almas purgan sus pecados, ya que no pienso renunciar al sexo
ni muerto ni capado. Ya François de Malherbe, al evocar la juventud
de Racan, dijo: “No encontraba sino dos cosas bellas en el mundo, las mujeres
y las rosas, y dos buenos bocados, las mujeres y los melones. Es un sentimiento
que tuve desde que nací y que hasta hoy es tan poderoso en mi alma
que pienso que nunca agradeceré lo bastante a la Naturaleza habérmelos
dado”.
Así no sea el demonio disfrazado
de Cupido, llevó un arco imaginario y una aljaba provista con dos
flechas: una para encender las llamas indomables del amor y la otra para
herir certeramente los corazones desamorados; más todavía,
me considero la oveja descarriada del rebaño del Señor, porque
me gusta justo lo prohibido por mandato divino. Sin embargo, mientras esté
vivo en este mundo y mis órganos puedan cumplir sus funciones para
las cuales fueron creados, me seguirá gustando todo lo que una mujer
lleva a flor de piel y todo lo que esconde debajo de la blusa y el vestido,
pues el amor, contrariamente a lo que se imagina el Papa, es la mayor gracia
de la cual se goza en la vida, sea con Dios o con el Diablo.
Cabe recordarle al Papa que ya en
la Edad Media hubo quienes, desde el interior de sus sotanas, rechazaron
el celibato y proclamaron la satisfacción de los instintos naturales,
como lo hizo Martín Lutero, a quien su condición de antiguo
clérigo le abrió los ojos y le enseñó, por
la experiencia de su propio cuerpo, a expresar sin rodeos, de manera rotunda
y sorprendente, su necesidad de amar y gozar del sexo. De ahí su
ardor en combatir el celibato sacerdotal y exigir la abolición de
los conventos.
Martín Lutero, como cualquier
mortal en la Tierra, sabía que una mujer, a menos de hallarse vestida
de una gracia singular, no podía pasarse sin amor, como no podía
pasarse sin comer, dormir, beber o satisfacer otras necesidades vitales
concedidas por la naturaleza. Por eso mismo, quienes luchaban contra la
satisfacción del instinto sexual y prohibían las funciones
de los órganos destinados a la procreación y la conservación
de la vida, no hacían más que impedir que la naturaleza sea
naturaleza, que el fuego queme, que el agua moje y que el hombre coma,
beba, duerma y, sobre todo, ame, ame y ame.
Como fuere, después de lo
anunciado por el Papa, soñé que me encontraba ante los Tribunales
de la Justicia, dispuesto a recibir la recompensa o el castigo divino.
Pero mi sueño se trocó en pesadilla cuando me vi ascendiendo
al cielo, donde alguien me detuvo en la puerta de un túnel y me
señaló otro túnel que conducía al infierno.
De pronto me sentí caer en el vacío. Abajo se veía
un espacio gris, los mares eran bravíos y las montañas parecían
camellos reposando en el desierto. Los bosques eran una inmensa estepa
verde y la tierra tenía un cráter de volcán por el
cual me metí rumbo al infierno, donde fui conducido de la mano de
Dante, atravesando por ríos de sangre, por lluvias de fuego y aguas
heladas, por cloacas de orines y excrementos, hasta que por fin llegué
a una puerta del tamaño del tiempo, donde topé con una inscripción
que decía: “Por mí se va a la ciudad doliente;/ por mí
se va al eterno dolor;/ por mí se va en pos de la condenada gente.../
Vosotros, que entráis, dejad aquí toda esperanza”.
Pasé la puerta y me hundí
en el infierno, donde vagué como Bertrán de Born, llevando
la cabeza en las manos y mirando cómo los seres voluptuosos eran
azotados por una lluvia mezclada con granizo de plomo fundido. Aquí
estaba Cancerbero, el perro guardián del infierno, echando babas
y dentelladas por sus tres cabezas.
Los condenados, que se rebelaron
contra la palabra de Dios, eran castigados por los demonios, las cabezas
hundidas en agujeros y las piernas agitándose en el fuego. En los
tenebrosos callejones, donde las aguas hervían en calderos, vi que
un demonio devoraba a una niña, mientras una mujer era penetrada
por ratones, sapos, serpientes y gusanos. La niña gritaba con una
voz que flotaba alrededor de su boca, como los pentagramas de una partitura
musical, en tanto la mujer, inflada como un globo, se elevaba por encima
de los vapores rojo-verdes hasta estallar en pedazos.
Unos eran acosados por centauros
y aves de rapiña, en cambio otros eran castigados con picaduras
de serpientes y alacranes. En uno de los recintos, donde los condenados
eran decapitados entre estertores de agonía, vi que mi alma se me
escapó del cuerpo y se precipitó en un pozo oscuro.
En el purgatorio estaban los magos
y adivinos, quienes, la cara vuelta hacia sus espaldas, eran obligados
a caminar a reculones, al tiempo que otros huían del suplicio, los
cuerpos desnudos y las bocas deformadas por el grito.
Aquí permanecí a lo
largo de la pesadilla, esperando que alguna mujer, bella como la Beatriz
de Dante, me tendiera la mano, salvándome del profundo pozo del
infierno y conduciéndome al paraíso, pero no a ese que promete
el Papa, sino a ese otro donde los simples mortales aprovechan de su cuerpo
mientras tienen buena salud y están dispuestos a gozar del amor
físico.
Víctor
Montoya
Escritor boliviano
radicado en Suecia
montoya@tyreso.mail.telia.com
http://sololiteratura.com/victormontoya.htm
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