Víctor Montoya - rodelu.net
16 de diciembre de 2004
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Discriminación laboral de
los inmigrantes

Víctor Montoya

En Suecia, a pesar de los esfuerzos desplegados en contra de la discriminación de los inmigrantes en el mercado laboral, existen personas afectadas por el “racismo solapado” de los empleadores, quienes, en lugar de dar prioridad a la competencia profesional 

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del solicitante, prefieren contratar a un nativo y no a un inmigrante, por mucho de que éste tenga los mismos méritos y la misma profesión. Es decir, no se aplican las leyes que establecen que el empleador, a la hora de conceder un puesto de trabajo, debe tomar en cuenta la capacidad profesional del solicitante, al margen de su nacionalidad, nombre, raza o sexo. Lo que es peor, los empleadores, además de avivar el prejuicio y la discriminación, pierden excelente mano de obra y una experiencia que, desde todo punto de vista, sería favorable para la nación entera.

Más de un “experto”, intentando explicar el fracaso de la política de integración, acusa a los inmigrantes de ser los responsables directos de esta situación social, debido a su falta de formación profesional o su insuficiencia idiomática, sin considerar que la sociedad, en algunos casos, muestra desconfianza y hostilidad contra el “cabeza negra”. Según estudios recientes, publicados en el libro “Integración, 2002”, se sabe que los inmigrantes o hijos de inmigrantes nacidos en Suecia han sido discriminados sistemáticamente en el mercado laboral. Por cuanto no es extraño que el 60 % de los africanos tengan menos posibilidades que los nativos para obtener un trabajo para el cual están capacitados. 

Todo parece demostrar que los estereotipos y prejuicios son determinantes a la hora de emplear a los inmigrantes. El “racismo solapado” se refleja en la discriminación basada en el color de la piel, el apellido “raro” o el lugar de procedencia del individuo. Mientras éste sea menos europeo, mientras su idioma sea diferente a las de Occidente, mientras su cultura y costumbres sean ajenas a la sueca, son menos sus posibilidades para conseguir trabajo, así tenga la experiencia y el título profesional requeridos. 

Consiguientemente, es justo afirmar que existe una discriminación concreta. Por ejemplo, un profesor procedente de Bosnia, quien fue catedrático en su país, no puede ejercer el mismo oficio en Suecia, lo mismo ocurre con un veterinario que tiene una larga lista de méritos y varios años de práctica profesional. A éstos se suman los médicos, economistas, arquitectos, técnicos y otros académicos cuyo denominador común es ser inmigrantes y, por lo tanto, discriminados en el mercado de trabajo.

No es casual que la Ministro de Integración haya manifestado en varias ocasiones estar ya cansada de comprar chorizos de un ingeniero o viajar en un taxi conducido por un médico, como es el caso de cientos de inmigrantes que se ganan el sustento diario ejerciendo oficios ajenos a su profesión; cuando en realidad, hubiese sido más provechoso, tanto para el Estado como los empresarios, tomar en cuenta los conocimientos, el idioma “extra” y la experiencia de los profesionales llegados a Suecia por razones políticas, religiosas o económicas. 

Con todo, considero que no se pueden estipular leyes instigando a los empresarios ser más “condescendientes” con las solicitudes de empleo de los inmigrantes, si éstos no tienen la profesión y los méritos suficientes. Es más, estoy en contra de concederles “preferencias” por el simple hecho de ser inmigrantes, puesto que estas “ventajas”, en honor a la verdad, serían consideradas injustas y hasta discriminatorias contra los aspirantes nativos. Algo más, el problema de la discriminación laboral, a pesar de las buenas intenciones de la Comisión de Integración, no se resolverá a punta de leyes, sino a través de cambiar las infraestructuras de la sociedad clasista que, por su propia naturaleza socioeconómica, hace que los individuos ocupen diferentes posiciones sociales, independientemente de su nacionalidad, nombre, raza, sexo o cultura.

Lo conveniente será insistir en la política del diálogo entre las partes interesadas en resolver el problema de la discriminación laboral. La Comisión de Integración, que hasta la fecha ha logrado algunos resultados satisfactorios, debe tener entre sus objetivos inmediatos: mejorar la cooperación entre empresa, Estado, municipio e individuo en torno a la política de inmigración; hacer más hincapié en la capacidad de trabajo como en el título profesional del recién inmigrado; lograr que el mercado de trabajo sea más abierto y multicultural; hacer más transparente la discriminación para así combatirlo por todos los medios y con la mayor severidad posible. 
 
A estas medidas urgentes se debe añadir una campaña de educación que permita dilucidar el problema de la inmigración en escuelas y colegios, sobre la base de que todos los individuos de una colectividad tienen los mismos derechos y las mismas responsabilidad, y que el color de la piel, como el lugar de procedencia, no tiene ninguna importancia en un contexto donde prima la cordura y la tolerancia, y donde se conceden a todos las mismas oportunidades tanto en el estudio como en el trabajo. ¿Todo esto para qué? Para demostrar que están equivocados quienes creen todavía que el color de la piel determina la capacidad  física e intelectual del individuo.

Por otro lado, valga insistir en que algunas instituciones encargadas de velar por los intereses y derechos de los inmigrantes no han encarado con seriedad el problema de la discriminación; un fenómeno tan enraizado en la sociedad capitalista, donde los pobres se hacen cada vez más pobres y los ricos más ricos. La prueba está en que, a partir de los años ’90, la situación económica de los inmigrantes ha empeorado considerablemente. Ellos ocupan los últimos puestos en la escala laboral y sus ingresos están por debajo del salario mínimo vital.

Los inmigrantes constituyen una clase social relegada en el marco de la sociedad capitalista. Forman parte de los grupos más segregados y viven en zonas periféricas de las grandes ciudades, donde la taza de desocupación y los problemas sociales constituyen las expresiones contundentes de la crisis mundial del sistema capitalista. Es natural que los inmigrantes se sientan discriminados, pues apenas están representados en el parlamento, en los medios de comunicación y en las esferas donde se deciden los asuntos económicos, sociales y culturales del país. Los jóvenes inmigrantes, aunque no siempre lo manifiestan, se sienten apátridas y viven como ciudadanos de segunda categoría, con la certeza de que no gozan de los mismos derechos ni de las mismas posibilidades que los nativos; peor aún cuando los partidos conservadores tienden a privatizar las escuelas en desmedro de las grandes mayorías -entre ellos los inmigrantes- y en beneficio de las capas más privilegiados del sistema social imperante.

Víctor Montoya
Escritor boliviano radicado en Suecia
montoya@tyreso.mail.telia.com
http://sololiteratura.com/victormontoya.htm

 
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