Palabras
de un ficticiano encantado
Víctor
Montoya
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De izquierda a derecha:
Armando González,
Víctor Montoya,
Marcial Fernández y
Leo Eduardo Mendoza
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La publicación
de mi libro “Fugas y socavones”, lanzada por la editorial mexicana Ficticia,
como el décimo volumen de la Colección Biblioteca de Cuento
Anís del Mono, ha sido una buena ocasión para enlazar amistad
con algunos amigos y reencontrarme con un México que, desde mi primera
visita en 1984, no dejó de sorprenderme ni maravillarme.
La presentación del mencionado
libro, tanto en el Centro Cultural “El Nigromante” en San Miguel de Allende
como en la Casa del Libro de la UNAM, me permitió compartir opiniones
y emociones con varios escritores que, aparte de su cordialidad y entusiasmo
desmedido por el arte de la palabra escrita, tenían un vivo interés
por la literatura de quien, a pesar de vivir en Suecia desde hace más
de dos décadas, insiste en re-crear historias ambientadas en el
altiplano boliviano.
Por eso mismo, estando ya de retorno
en Estocolmo y en medio del frígido invierno, siento la necesidad
de manifestarles mis agradecimientos, para que las palabras no se me escapen
de la memoria y para evitar que mi hondo sentido de gratitud no se esfume
en las penumbras del tiempo.
No era mucho lo que pensaba decirles,
salvo lo sustancial como para quedarme con la conciencia tranquila y el
regusto de saber que mi puño obedeció al dictado del corazón,
como cada vez que me siento impulsado a manifestar las ideas que brotan
desde lo más hondo de mi ser.
He aquí, pues, las confesiones
de un ficticiano encantado que, debido a las premuras del tiempo y los
imprevistos de las circunstancias, no llegó a pronunciar las siguientes
palabras:
La primera vez que escuché
hablar de una ciudad virtual llamada Ficticia, no pensé dos veces
en aventurarme en ella y, hechizado por sus fascinantes historias, me sujeté
al timón de mi nave literaria y zarpé desde la Thulle de
los vikingos. Navegué por la Red rumbo a la ciudad que ofrecía
más riquezas que El Dorado, hasta que desembarqué en el Puerto
Libre, con más ilusiones que las llevadas por Colón en sus
carabelas y por Cortés en las alforjas de su caballo. La travesía,
fraguada por las aventuras de la imaginación, se tornó en
una verdadera odisea, pues llegué atado al mástil como Ulises,
rehuyendo las voces encantadoras de las sirenas poéticas, quienes
quisieron desviar mi rumbo, quizás, para evitar que compartiera
con ustedes mi amistad y mis cuentos templados en los yunques de la realidad
y la fantasía.
Como todo visitante, llegado de allende
los mares, encontré en esta urbe moderna, secular y cosmopolita,
una serie de niveles, zonas y recintos habitados por los fantasmas de la
inventiva, y cuyas columnas y ventanas, expuestas a cielo abierto como
las calzadas de la grandiosa Tenochtitlan, conducían al visitante
de link en link, cautivándolo con el esplendor de su grandeza y
su belleza, y con algunos cuentos que, una vez transmitidos por medios
electrónicos, constituían motivos de asombro y maravilla.
Estando con ustedes constaté
que no nos reuníamos como nuestros antepasados, alrededor del fuego
ni en la boca de las cavernas, sino en una tertulia inolvidable, con bebidas
espirituosas que, sabiendo tan exquisitas como el anís del mono,
nos otorgaban la gracia de entrar en el reino de Dionisos, con la misma
levedad con que Alicia ingresó al país encantando a través
del espejo.
Ya se sabe que Ficticia, según
refieren los mitos y leyendas, era un pájaro que concedía
inmortalidad y procuraba dotes de narrador a quien lograba atraparlo en
el sueño o en la realidad. Se cuenta que esa “rara avis”, que los
aztecas comparaban con sus deidades ancestrales, lucía un plumaje
de encendidos colores y una voz que, templando los violines del corazón,
embelesaba también a los más diestros cuenteros, quienes
enmudecían alrededor del fuego, donde se daban cita, noche tras
noche, algunos seres ávida de escuchar cuentos de encantos y espantos.
Ahora, convertido en ciudadano honorable
de Ficticia, me siento feliz de formar parte del concilio, de ese selecto
grupo de ficticianos a la cabeza del cuentista y taurómaco Marcial
Fernández, la fotógrafa Mónica Villa, el mago en cibernética
Raúl José Santos y el cartógrafo y futbolista fanático
Diego García del Gállego. Me siento feliz porque sé
que Ficticia, gobernada por el dios lector, es una ciudad construida con
más precisión que la mítica Babilonia y con tantos
cuentos como los que conservó entre sus ruinas la biblioteca de
Alejandría. Pero algo más, Ficticia, como toda ciudad virtual,
exenta de cortinas de hierro, muros de Berlín y murallas chinas,
tiene la virtud de agruparnos a los ficticianos del más aquí
y del más allá, con el único propósito de compartir
lo que vimos y oímos, lo que pensamos y sentimos, lejos de la absurda
noción de fronteras y del vocinglero chauvinismo, pues en esta comunidad
literaria, a diferencia de lo establecido por el imperio de la globalización,
se respeta la diversidad de voces, razas, credos y culturas.
En Ficticia se formó un rico
mosaico multicultural y se erigió un templo mayor, donde actualmente
se conjugan intereses comunes y donde todos, o casi todos, nos miramos
la imagen en el espejo del otro; más todavía, Ficticia, como
bien reza en su acta de fundación, no tiene afanes de lucro, salvo
poner a salvo uno de las joyas más preciadas de la narrativa como
es el cuento, una verdadera pieza de orfebrería cuando el artesano
palabrero sabe trabajarla con la maestría de un joyero. No cabe
duda, el cuento es -y será- el diamante labrado entre las piedras
preciosas del cofre literario.
Por lo demás, ahora que pertenezco
legítimamente a la comunidad de Ficticia, debo agradecerles por
haberme acogido con los brazos abiertos, puesto que al retornar a la tierra
de los vikingos, con el corazón agitado como un caballo al galope,
me traje el recuerdo de un sueño convertido en realidad, un hermoso
libro editado en la colección Biblioteca de Cuentos Anís
del Mono y, algo que es fundamental en la vida, la sincera promesa de unos
amigos que están dispuestos a conservar la amistad a pesar del tiempo
y la distancia, poniendo en jaque a la indiferencia y procurando, una vez
más, que la realidad supere a la fantasía.
Víctor
Montoya
Escritor boliviano
radicado en Suecia
montoya@tyreso.mail.telia.com
http://sololiteratura.com/victormontoya.htm
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