Artur Lundkvist |
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Un
gigante
de la
literatura sueca
Víctor
Montoya
Artur
Lundkvist y María Wine se conocieron en 1936, en una tertulia de
amigos, donde ella tocó el piano y ganó, como segundo premio,
una botella de champagne. Años más tarde, cuando María
Wine asistió a un recital de poesía en Tyresö, le pregunté:
¿Qué fue lo primero que te llamó la atención
de Artur? Ella me miró a través de sus gafas color verde
limón y, pronunciando el sueco con un marcado |
acento danés,
contestó: “Su estatura -luego añadió-. Tenía
las piernas largas, larguísimas, y pensé que con él
se podía bailar el tango”. En efecto, Artur Lunkvist, uno de los
gigantes de la literatura sueca, se erguía como palmera, haciendo
sombra a los demás; era alto y espigado, de sonrisa afable y voz
pausada.
Ahora que se
alejó de este mundo, tras dejarnos una cuantiosa producción
literaria en los 85 años que le tocó vivir, sólo nos
queda escribirle una elegía como él le escribió a
Pablo Neruda, con quien compartió momentos inolvidables en París
y en Isla Negra.
Por otro lado,
de no haber sido él ese puente imaginario por el cual cruzaron muchos
de nuestros autores, lo más probable es que la literatura hispanoamericana
hubiese demorado en llegar a Escandinavia y en despertar la misma expectativa
con la que hoy se esperan a los nuevos escritores.
Artur Lundkvist
estaba satisfecho de haber visto lo que le deparó el mundo, desde
cuando se lanzó a conocer otras culturas, otros idiomas y otros
corazones más allá de su Oderljunga natal. Cruzó de
un continente a otro, captando imágenes y realidades que supo trocarlas
en palabras, hasta que en 1968 ingresó como miembro de la Academia
Sueca. Desde entonces, su voz y su voto fueron decisivos en la concesión
del Premio Nobel de Literatura a varios de los escritores que él
introdujo en Escandinavia, como Pablo Neruda, Claude Simon, García
Márquez, Octavio Paz y Nadime Gordimer, entre otros.
Cuando cumplió
80 años, un centenar de amigos nos congregamos en los salones de
ABF, dispuestos a rendirle homenaje y hablar de su vida y su obra. Fue
en esa ocasión que lo abordé a paso resulto y le saludé
a nombre del pueblo de Bolivia, país que él recordaba con
cierto pesimismo, debido a que le dio la impresión de ser un caldero
en ebullición y su capital una tumba abierta.
La muerte de
Artur Ludkvist parece más simbólica que real, pues sobrevive
en las cosas de este mundo; entre los pájaros y los peces, en cada
piedra, en cada árbol y en cada río que contempló
con amor y poesía. Artur Lundkvist era uno de esos personajes que
no mueren, porque tenía el don de perpetuarse en el corazón
y la memoria de quienes lo conocimos y le estrechamos la mano. Su obra
y su imagen quedarán para siempre en la memoria de América
Latina, en ese continente que él llamó “volcánico”,
y donde encontró a varios amigos que compartían sus ideales
y sus inquietudes literarias.
Este escritor
humanista, sin haber cursado más que la escuela primaria, era una
suerte de biblioteca andante. Se refugió en la literatura desde
la niñez y comprendió que el mundo y la vida serían
sus universidades. Leyó y escribió copiosamente, y compartió
55 años con María Wine, a quien le unía, además
del amor y la pasión por la poesía, la idea de formar una
pareja singular, al margen de las normas convencionales y la rutina cotidiana.
Asimismo, como todo hombre que se opone a una mentalidad retrógrada
y a los yugos del consumismo desenfrenado, detestaba las injusticias y
los prejuicios sociales. Creía en los ideales del socialismo, consciente
de que la humanidad, viviendo en paz y en democracia, no daría las
espaldas a la razón.
Artur Lundkvist
era políglota y escritor cosmopolita. “Si yo tuviera que elegir
un idioma para expresarme poéticamente, elegiría el castellano”,
solía decir, convencido de que sólo los escritores difíciles
de ser leídos merecían acceder al Premio Nobel de Literatura;
primero, por ser los principales renovadores del idioma; y, segundo, por
ser los artífices de una literatura con proyección universal.
Por su parte,
desde el año en que debutó con “Glöd” (Ascua, 1928),
escribió más de 90 libros y varias decenas de artículos
periodísticos, lo suficiente para consagrarse como escritor prolífico
entre quienes leímos sus obras, que hoy habitan como criaturas vivas
con nosotros, entre nosotros, aunque el autor nos abandonó llevándose
su fuego en el oscuro y frígido invierno de 1991.
Víctor
Montoya
Escritor boliviano
radicado en Suecia
montoya@tyreso.mail.telia.com
http://sololiteratura.com/victormontoya.htm
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