Víctor Montoya - rodelu.net
11 de enero de 2005
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García Márquez y el realismo sueco
 

Víctor Montoya

El descuartizamiento de una prostituta en Estocolmo, más que formar parte del realismo sueco, parece una historia arrancada de las páginas de García Márquez, así las obras de este escritor colombiano, según confiesa él mismo, sean frutos de la realidad desaforada y no de las aventuras de la imaginación.
 

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Grabado de José Guadalupe Posada
Cuando el matutino Dagens Nyheter dio a conocer el macabro descuartizamiento de Catrine da Costa, la noticia cayó por el buzón de la puerta y, desprendiendo todavía un olor a tinta fresca, me sorprendió en la cama. Clavé la mirada en los titulares y tuve la extraña sensación de estar despertando de una pesadilla, o de estar penetrando en una de las historias de crímenes narradas por George Simenon y Agatha Christie.

Entretanto leía la noticia, saltándome algunas palabras que no entendía y otras que suponía, acudió a mi mente “Cien años de soledad”, sobre todo, esa caravana de gitanos llevando los últimos inventos y espectáculos a Macondo: un imán que Melquíades mostraba como la octava maravilla de los sabios alquimistas de Macedonia, una lupa del tamaño de un tambor que eliminaba las distancias y producía fuego por medio de la concentración de los rayos solares, un hombre convertido en víbora por desobedecer a sus padres y un número que anunciaban entre un alboroto de pitos y timbales: ”Y ahora, señoras y señores, vamos a mostrar la prueba terrible de la mujer que será decapitada todas las noches a esta misma hora durante ciento cincuenta años, como castigo por haber visto lo que no debía...”.

Ésta era la parte que mejor recordaba de la magistral obra de García Márquez, y la que mejor podía asociar con la noticia del siniestro descuartizamiento de la prostituta sueca, aun sabiendo que entre las dos historias había una incuestionable diferencia: la mujer que sería decapitada durante ciento cincuenta años pertenecía al realismo mágico de Macondo, en tanto la prostituta, quien fue descuartizada con los instrumentos de un forense, pertenecía al realismo racional sueco, que no concibe semejante muerte, salvo que sea la obra de un necrófilo, cuya perversión sexual lo indujo a descuartizar el cadáver de su víctima por el puro deseo de experimentar un desbordante placer erótico.

Víctor Montoya
Escritor boliviano radicado en Suecia
montoya@tyreso.mail.telia.com
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