| Culturales |
10 de Septiembre de
2002
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Por Kathy S. Leonard* Es egresado de
la Escuela Superior de Profesores de Estocolmo, en cuya Institución
Pedagógica cursó estudios de especialización. Dictó
lecciones de quechua en institutos, coordinó proyectos culturales
en una biblioteca, dirigió Talleres de Literatura Infantil y ejerció
la docencia durante varios años. Actualmente es colaborador de diversas
publicaciones en América Latina y Europa.
Dirigió
las revistas literarias Puerta Abierta y Contraluz. Obtuvo
el premio nacional de cuento otorgado por la UTO, en 1984, el premio de
cuento breve del semanario Liberación, en 1988, y el primer
premio de cuento de Escritores de la Escania, en 1993. Tiene cuentos traducidos
y publicados en diferentes antologías.
Desde 1977 reside
en Estocolmo, donde se dedica íntegramente a la escritura.
EL ORIGEN
LITERARIO Y LA CONCIENCIA POLÍTICA
KSL: Puedes
explicarme, ¿por qué te hiciste escritor?
VM: En realidad,
me hice escritor más por una necesidad existencial que por asumir
una pose intelectual. Mi caso es muy kafkiano, pues hubieron en mi vida
una serie de sucesos que marcaron profundamente mi vocación literaria
y que me dejaron huellas por el resto de mis días. Uno de esos sucesos
es el hecho de haber sido padre a los 12 años de edad, tras sostener
una relación amorosa con una muchacha que, además de ser
de ascendencia indígena, trabajaba como sirvienta en mi casa. Se
trataba de un amor hermoso, ingenuo, pero imposible, y de una relación
complicada, puesto que en Bolivia, donde sobrevive la discriminación
social y racial, no se acepta una relación entre el hijo de los
patrones y la sirvienta, peor aún si éste es todavía
un niño. Creo que esta experiencia fue decisiva en mi vida, porque
me enseñó a concebir el mundo desde la perspectiva de los
de abajo, de los marginados, de los excluidos y despreciados. Pero a la
vez, la detonante de esta experiencia, en gran medida traumática,
hizo que dejara de jugar con los otros niños y me hiciera adulto
de golpe. Por eso digo que no alcancé a tener una infancia normal,
jugando a las canicas y la pelota.
Otro de los sucesos
que marcó mi vida fue la masacre de San Juan. A los tres días
de haber cumplido nueve años de edad, fui despertado y sorprendido
por un tiroteo que se confundía con la explosión de las dinamitas
y los cohetillos. El ejército, amparado por la noche y aprovechando
la festividad del pueblo, cercó el campamento minero y la población
civil, y ejecutó una de las masacres más horrendas que se
conoce en la historia nacional. Esto ocurrió en la madrugada del
24 de junio de 1967, el mismo año que se desarrollaba la guerrilla
del Che en Ñancahuazú. El gobierno, enterado del apoyo que
los mineros tenían pensado brindar a la guerrilla, intervino militarmente
en Llallagua y Siglo XX, y desató una masacre que para mí
fue otro hecho traumático, no sólo porque vi los cadáveres
tirados en las calles y una población en estado de llanto, sino
también porque los policías, armados y con pasamontañas,
allanaron posteriormente mi casa buscándolo a mi padrastro. Además,
ésa fue la última vez que vi al dirigente minero Isaac Camacho,
a quien, luego de apresarlo y torturarlo, lo desaparecieron sin dejar rastro
alguno. De modo que estas experiencias, dramáticas desde todo punto
de vista, calaron muy hondo en mi memoria y mi conciencia. Desde entonces
no he dejado de pensar en la injusticia social y en la prepotencia de los
poderes de dominación. Me hice más sensible ante el dolor
humano y asumí una posición en defensa de los más
desposeídos.
KSL: Entiendo
que estuviste involucrado en la militancia en Bolivia. ¿Me puedes
hablar de esa etapa de tu vida?
VM: Lo rescatable
de las experiencias que te conté es que me hicieron tomar conciencia
del racismo y la discriminación existentes en Bolivia, y me impulsó
a formar parte de una organización política de izquierda
que luchaba contra estos males sociales. Así, a partir de los 13
años de edad, aunque parezca raro, me hice militante activo. Actualmente,
en mi condición de escritor, me sigo considerando un rebelde y contestatario.
Siempre lo fui desde que tengo uso de razón. No soporto la injusticia
social como no soporto la discriminación racial o sexual. Creo en
la igualdad de los seres humanos y en una sociedad más justa, tolerante
y equitativa. Sigo pensando como siempre y no tengo razones para dejar
de ser sensible. Sin una conciencia política ni una sensibilidad
social es muy difícil acercarse a una realidad como la boliviana,
donde persiste el desprecio por los de abajo, por los desposeídos
y marginados.
KSL: Según
tu biografía, fuiste encarcelado y torturado en Bolivia. ¿Te
incomodaría hablar de las circunstancias?
VM: La primera
vez que caí en los registros de policía, por razones políticas,
fue a los 15 años de edad, luego de una manifestación estudiantil
en apoyo a la huelga de los mineros. Después me hice dirigente de
los estudiantes de secundaria y esto me llevó a asumir abiertamente
posiciones contrarias a las que ostentaba la dictadura militar de entonces.
Por lo tanto, mi actividad como dirigente estudiantil y el hecho de militar
en una organización considerada como un movimiento extremista, que
proclamaba la insurrección armada como una de las vías para
la toma del poder, me convirtió en prófugo de la persecución
desatada por el gobierno. Por un tiempo permanecí oculto en el interior
de la mina en Siglo XX y después me desplacé hacia la ciudad
de Oruro, donde estuve clandestino junto a otros dirigentes mineros, hasta
que en agosto de 1976, cuando recién había cumplido 18 años
de edad, fui apresado, torturado y encarcelado. En 1977, gracias a una
campaña de Amnistía Internacional, salí exiliado a
Suecia.
Sin embargo,
siempre supe que estuve en la cárcel no porque cometí un
delito penal, sino porque formé parte de un movimiento de oposición
contra la dictadura militar y porque propagué entre los estudiantes
los ideales de justicia y libertad. Debo confesar que si bien abandoné
las concepciones de la lucha armada, como una única vía posible
para alcanzar la justicia social, no he dejado de contribuir a esa causa
con las armas que me proporciona la escritura, puesto que para mí,
en términos generales, la literatura es una forma de resistencia
contra un sistema que detesto y un instrumento que me permite canalizar
los ideales que abracé desde mi infancia, mucho más por instinto
natural que por haber leído un programa político.
KSL: Algunos
de tus libros recogen tus experiencias como preso político. ¿Es
una forma de dejar un testimonio para la posteridad?
VM: Sí,
para evitar que estos hechos trágicos se repitan en la historia
y para dejar constancia de la brutalidad con que actuó el terrorismo
de Estado. Es más, el primer libro que publiqué en Suecia,
en 1979, lo escribí estando en las mazmorras de la dictadura militar
de entonces. Huelga y represión trata el tema de la persecución
y los métodos de tortura que usaron los regímenes dictatoriales
no sólo en Bolivia sino en el resto de América del Sur. Mi
experiencia política y mi estadía en la cárcel, fueron
también elementos que pusieron una impronta en mi literatura, como
en mi libro Cuentos violentos, que aborda justamente los diversos
sistemas de represión y métodos de tortura. No es sólo
un testimonio personal sino también colectivo, porque los presos
de conciencia y los exiliados de la diáspora latinoamericana, sufrieron
los mismos atropellos y se vieron obligados a abandonar sus países
por las mismas causas.
De otro lado,
es reconfortante saber que Cuentos violentos es el primer libro
que trata literariamente la temática de la tortura en Bolivia. No
se conoce en la historia de la literatura nacional a otro autor que haya
escrito cuentos sobre los diversos métodos de tortura, ni una sola
obra que recree el tema de las secuelas con la misma intensidad con que
se describen en Cuentos violentos. La razón es bien simple,
yo experimenté este doloroso proceso en carne propia. Es decir,
en el momento de escribir, manejé hechos y vivencias de primera
mano. No tuve necesidad de recurrir a otras obras ni valerme del testimonio
de otros compañeros que sufrieron la misma humillación y
maltrato, pues bastó con mi experiencia personal para recrear los
cuentos. Ahora bien, debo aclarar que los mismos métodos de tortura
que se usaron en Bolivia, se aplicaron en el resto de América Latina.
Por eso no es casual que existan otros autores latinoamericanos que trataron
en sus obras el tema de la tortura. Las experiencias son similares, si
leemos los libros escritos por chilenos, argentinos, uruguayos o paraguayos.
Sus libros revelan también la bestialidad de las dictaduras militares
que actuaron mancomunadamente bajo el denominativo de Operación
Cóndor, que fue una organización militarizada cuyo afán
era liquidar a la llamada subversión comunista a cualquier
precio.
Los torturadores
fueron entrenados en una misma escuela y por los mismos instructores; por
ejemplo, los elementos que a mí me torturaron no tenían el
acento de bolivianos sino de argentinos. Claro que no los podía
identificar, porque estaba encapuchado, además de desnudo y maniatado.
Algunas veces me colgaban del techo cabeza abajo, otras veces me hacían
el submarino sumergiéndome de cabeza en un recipiente de agua fría
y maloliente. Después estaba la maquinita de picar carne humana,
que consiste en aplicar electricidad en los testículos, las orejas,
los dedos, los genitales y el ano.
Cuentos violentos
es un libro que, de algún modo, representa una etapa importante
de mi vida y refleja uno de los períodos más sombríos
de la historia boliviana. A estas alturas de mi vida, extrañamente,
podría decir que fue una suerte --acaso una desgracia-- el hecho
de haber experimentado en carne propia la persecución, la tortura,
la prisión y el exilio. En este sentido, creo que tuve el privilegio
de pasar por ese proceso dantesco para luego narrarlo en un libro con un
lujo de detalles, incluso uno de los cuentos del libro, Días
y noche de angustia, fue premiado por la Universidad Técnica
de Oruro en 1985.
LA LITERATURA
MINERA Y EL TÍO
KSL: Se
ve la influencia de la vida y la literatura minera en tu último
libro “Cuentos de la mina”, Háblame de esa influencia. ¿De
dónde surgió y qué papel ha tenido en tu vida?
VM: Aunque nací
en La Paz, en la Maternidad Primero de Mayo, he vivido desde mi infancia
en un pueblo minero, donde los campesinos se proletarizaron apenas se descubrió
en Llallagua, al norte de Potosí, la veta de estaño más
grande del mundo. De manera que los campesinos de las zonas aledañas,
ante el requerimiento de fuerza de trabajo, emigraron a las minas y se
proletarizaron. Esto influyó decisivamente en la realidad socioeconómica
del país; pero también en gran parte de la literatura boliviana
del siglo XX, que, desde los albores de la minería nacional, es
una de las ramas más firmes del tronco de la literatura boliviana,
constituida por innumerables novelas, cuentos y poemas. En mi caso, ha
sido positivo el hecho de haber vivido en Siglo XX y Llallagua, porque
me acercó a la temática minera, que posteriormente me permitió
rescatar al menos una parte de todo ese universo de mitos, tradiciones
y leyendas, que hoy se reflejan en mi libro Cuentos de la mina.
La realidad minera
ha sido un manantial del cual han bebido no sólo los escritores,
sino también los pintores, quienes han retratado en sus cuadros
la vida dantesca de los mineros, que durante más de un siglo constituyeron
la columna vertebral de la economía nacional. En los centros mineros
tuvo su origen el sindicalismo nacional y en sus galerías se formaron
los líderes políticos más influyentes que conoció
la Revolución Nacionalista de 1952. Los mineros, en sus mejores
épocas, decidieron la suerte histórica de la nación.
Ellos lucharon en las calles, fusil en mano, contra los guardianes de la
oligarquía minero-feudal, aunque fueron los partidos ajenos a sus
intereses de clase los que se aprovecharon de los triunfos alcanzados en
las contiendas sostenidas contra los dueños del poder y la rosca
minero-feudal.
KSL: Podrías
especificar, ¿cuándo se inició al ciclo de la llamada
literatura minera?
VM: Los escritores
bolivianos han abordado la temática minera desde la época
colonial, pero más específicamente desde principios del siglo
XX. Ahí tenemos a Jaime Mendoza cuyo libro, En las tierras del
Potosí, se publicó en 1911, dando inicio al ciclo de
la llamada literatura minera en Bolivia. En el ciclo de la literatura de
ambiente minero se distinguen dos etapas fundamentales; la primera marcada
por el realismo social, cuya función era de denuncia y reivindicación;
y, la segunda, por el llamado realismo mágico, que, además
de rescatar las costumbres ancestrales y los ritos pagano-religiosos de
los mineros, se ocupa de reflejar sus sueños y pesadillas, sus tragedias
y esperanzas. Es decir, la literatura minera, que empezó denunciando
la explotación de los trabajadores, terminó rescatando los
mitos, las leyendas y tradiciones ancestrales.
De otro lado,
se debe recordar que durante el siglo XX se valoraban las obras de ambiente
minero más desde la perspectiva ética que estética,
sobretodo en todo aquello que ha sido la literatura influenciada por el
realismo
social, de protesta y denuncia. Sin embargo, después de las
novelas de Guillén Pinto, Ramírez Velarde o Guzmán
Aspiazu, por citar algunos, se empezó a considerar también
el aspecto estético de la obra, a partir de su estructura, su lenguaje
y el manejo de las nuevas técnicas literarias. Pienso que estos
dos factores, tanto lo ético como lo estético, están
siendo considerados por los críticos modernos de la literatura de
ambiente minero.
KSL:
Entre
los mitos y leyendas se encuentra el Tío, deidad protectora de los
trabajadores y dueño absoluto de las riquezas minerales. Me puedes
decir ¿cómo conociste a este personaje?
VM: En principio
es necesario aclarar que Bolivia es un país mágico y secreto,
donde conviven en simbiosis la cultura ancestral y la cultura occidental
llevada por los conquistadores. Es un país donde el mito y la realidad
se funden en una suerte de sincretismo que supera a la fantasía,
ya que las costumbres y ritos, con sus leyendas y mitos paganos, son tan
dominantes como las costumbres del catolicismo occidental. Se trata, pues,
de un mundo mágico y mítico que pobló mi fantasía
desde la infancia. Escuché tantos relatos mineros cuyo personaje
central era el Tío, ese ser demoníaco que no aparece ni en
el Metal del diablo, de Céspedes, ni en Socavones de angustia,
de Ramírez Velarde, ni en En las tierras del Potosí,
de Jaime Mendoza. Para mí, el descubrimiento del Tío ha sido
fundamental no sólo porque determinó mi carrera literaria,
sino también porque estimuló mi fantasía, y el responsable
directo de todo esto fue mi abuelo, un chuquisaqueño que respondía
al nombre de Enrique Lora Fiengo, quien, además de mujeriego y aventurero,
era un fabuloso contador de historias. En su juventud quiso ser uno de
los magnates de la minería boliviana, pero fracasó en su
intento. Lo único que encontró entre las montañas
fue la decepción y la pobreza.
Cierto día,
cuando se desató una tormenta sobre Llallagua, acompañada
de relámpagos y truenos, pero de esos relámpagos y truenos
que sólo se experimentan en la cordillera andina, mi abuelo me refirió
por primera vez la leyenda del Tío. “Dicen que una noche de tormenta
llegó el diablo a las minas”, dijo con una voz sugestiva. Fue entonces
cuando nació mi curiosidad y mi interés por saber quién
era ese personaje misterioso. Entonces mi abuelo, tendido en su cama, empezó
a relatarme algunos de los cuentos que yo conservé en la memoria
y que luego los recreé a mi manera en el volumen de Cuentos de
la mina, cuyo personaje central es el Tío.
KSL:
Háblame
más del Tío
VM: El Tío,
según la tradición minera, es una deidad bondadosa, si se
lo trata bien, y vengativa y celosa, si se lo trata mal. Los mineros, en
su afán de congraciarse con él, le ch’allan (brindan
en su honor) y le dan ofrendas mensuales y a veces quincenales. Se le prepara
un k’araku (banquete), con abundante bebida, comida, coca, cigarrillos
y otros. Además dicen que le gustan las cosas dulces como a los
niños, por eso se preparan de azúcar unas bolitas llamadas
colaciones o confites. En los días festivos y de carnaval le adornan
con serpentinas y mixturas. También se dice que los únicos
que pueden tener contacto con el Tío son los hombres. Las mujeres
no pueden ingresar a la mina. Su presencia está prohibida allí
donde reina el Tío, porque, de acuerdo a las creencias de los mineros,
la menstruación de la mujer hace desaparecer los filones de estaño,
aparte de que el Tío se enamoraría de ella para luego darle
muerte en una galería lejana y abandonada. Aunque esta creencia
no fuese cierta para nosotros, lo es para el minero de mentalidad proclive
a las supersticiones.
Lo único
que yo hice en mis cuentos fue rescatar, con pelos y señales, los
mitos, creencias y leyendas que escuché desde niño en boca
de mi abuelo y de otros parientes que han sido mineros toda su vida. Asimismo,
este personaje dio origen a una de las danzas más famosas y fastuosas
del Carnaval de Oruro, conocida como la diablada, una fraternidad
que fue constituida ya en el siglo XVIII por los mismos trabajadores de
la mina, quienes empezaron a disfrazarse de este ser demoníaco para
demostrarle su veneración y rendirle culto, junto a la Virgen del
Socavón, a quien la consideran su patrona y protectora hasta el
día de hoy. Es decir, la danza de la diablada no es más
que la representación simbólica de este ser subterráneo,
llamado respetuosamente Tío. Así, gran parte de mi literatura
gira en torno a la temática minera y sus asuntos, aparte de rescatar
las tradiciones y creencias de esa realidad compleja y contradictoria,
de la que no se han preocupado debidamente los académicos de la
literatura.
EL EXILIO
Y EL QUEHACER LITERARIO
VM: El proceso
de adaptación, más que de asimilación, no estaba exento
de dificultades, puesto que provenía de un país que se diferencia
de Suecia en varios aspectos: el idioma, la historia, las costumbres, las
tradiciones y los códigos de vida. Sin embargo, a diferencia de
otros exiliados latinoamericanos, tuve la ventaja de haber llegado joven,
porque esto me permitió asimilar con más facilidad un nuevo
idioma y adaptarme más rápidamente a las condiciones que
me imponía la nueva realidad.
En los ’70 y
’80, contrariamente a lo que sucedió posteriormente, la aceptación
de la inmigración política en Suecia fue masiva y positiva.
Por ese entonces la mayoría de los suecos simpatizaban con los movimientos
de liberación que se venían gestando en los países
del llamado Tercer Mundo. Cuando irrumpen en el escenario político
las dictaduras militares en Sudamérica, los suecos siguen con expectativa
los acontecimientos y se manifiestan a favor de los presos, perseguidos
y desaparecidos. Lo que quiere decir que los exiliados somos recibidos
con los brazos abiertos. En realidad, yo correspondo a esa primera tongada
de exiliados latinoamericanos que tuvieron la suerte de encontrar en Suecia
una segunda patria.
KSL: ¿Cómo
es la situación literaria en Suecia, en el idioma sueco? ¿Y
la situación para los hispanohablantes?
VM: La literatura
sueca goza de muy buena salud. Es un país que cuenta con excelentes
cultores de la palabra escrita y un público lector que se interesa
en el quehacer de los escritores, que están agrupados en una poderosa
asociación que vela por sus intereses y hace respetar los derechos
del autor. La producción literaria está subvencionada por
el Estado y las bibliotecas son verdaderas instituciones donde se dan cita
ancianos, jóvenes y niños. Esto lo pude comprobar cuando
trabajé en una biblioteca municipal, donde, además de desarrollar
proyectos culturales, dirigí talleres de literatura infantil.
Aun siendo escritor
boliviano, soy miembro de la Asociación de Escritores Suecos, donde
no se hace diferencia alguna entre un autor nativo y otro que es inmigrante,
incluso una parte de la directiva está compuesta por escritores
que tienen otra nacionalidad diferente a la sueca.
Los escritores
latinoamericanos en Suecia tenemos muy buena reputación, quizás
debido a que provenimos de una rica tradición literaria, con escritores
de la talla de García Márquez, Pablo Neruda, Vargas Llosa,
Carlos Fuentes, Cortázar y otros. Entre los escritores latinoamericanos
residentes en Suecia existen quienes escriben directamente en sueco y otros
que tienen obras traducidas al sueco, sobre todo en antologías y
trabajos colectivos.
KSL: Sé
que te dedicas al periodismo cultural. ¿Puedes definir ese término
y darme algunos ejemplos de tus colaboraciones?
VM: Para empezar,
debo aclarar que ejercí la docencia durante varios años,
hasta el día en que decidí abandonar el magisterio, a pesar
del buen salario y los horarios cómodos, para dedicarme íntegramente
a la literatura. Digo que hago periodismo cultural, porque mis trabajos,
a diferencia del periodismo de información cotidiana, abordan temas
que están más relacionados con la literatura, las ciencias
y el arte; mis artículos, más que ser artículos, son
una suerte de crónicas o pequeños ensayos.
KSL: ¿Con
cuáles revistas/periódicos colaboras?
VM: En la actualidad
colaboro con publicaciones en América Latina y Europa, y en Bolivia
colaboro asiduamente con diarios y revistas de La Paz, Santa Cruz, Cochabamba,
Oruro y Sucre.
KSL: En
Bolivia es casi imposible ganarse la vida de la escritura. ¿Cuál
es la situación en Suecia?
VM: En Suecia,
como en Bolivia, es difícil vivir de la literatura, a no ser que
cuentes con el respaldado de una gran empresa publicitaria que convierta
tu obra en un best seller y haga de ti un escritor rentable. Pero
como éste es el caso de muy pocos elegidos, la mayoría de
los escritores están obligados a ganarse el pan del día en
otros oficios ajenos a su vocación literaria, ya que la escritura
no es una profesión sino apenas una vocación que puede darte
satisfacciones, pero también dolores de cabeza, sobretodo cuando
tu obra es machucada por la crítica o rechazada por una editorial
comercial, que está más interesada en sacar dividendos que
en difundir la obra de tu creación. En mi caso, por suerte, he logrado
estabilizar mi situación económica y dedicarme a tiempo completo
a la literatura. Además, aparte de los magros ingresos que me proporcionan
mis colaboraciones, he obtenido becas literarias del Fondo de Escritores
y de otras instituciones culturales; lo suficiente como para poder vivir
holgadamente y dedicado a la gran pasión de mi vida, que es la literatura
y el periodismo cultural.
Sin embargo,
como dije en algunas ocasiones, considero que la literatura, como el arte
en general, debería de recibir la atención que se merece
de parte de las instituciones estatales pertinentes, ya que la literatura
cumple una función social en provecho de la colectividad, que tiene
derecho a tener acceso a los libros, del mismo modo como tiene derecho
a la educación, la salud, el trabajo, el cine, el teatro, la música,
la pintura y otros. Por suerte, en Suecia, a diferencia de lo que ocurre
en Bolivia, los escritores están considerados como trabajadores
de la cultura y cuentan con el respaldo no sólo del Consejo Cultural
del Estado, sino de la población en general, que, contrariamente
a lo pasa en Bolivia, no tiene problemas de pobreza ni analfabetismo. Además,
se considera que cada escritor, con sus proyectos y obras concretas, aporta
con su granito de arena a la gran pirámide cultural, manteniendo
viva la historia, el idioma y las costumbres de la colectividad.
KSL: Entiendo
que no has vuelto a Bolivia desde el año 1977 cuando te exiliaste.
¿Puedes explicarme por qué no?
VM: Porque no
se ha dado la ocasión o, tal vez, porque mantengo una relación
ambigua con Bolivia, debido a las experiencias negativas que marcaron mi
infancia y adolescencia. A veces, el simple hecho de pensar en un probable
retorno, me causa una sensación de malestar y se me erizan los pelos.
Pero otras veces, en los momentos de mayor nostalgia, me desespero por
volver y pienso que no podría vivir desarraigado de esa realidad
por el resto de mi vida. Creo que en algún momento, no sé
todavía cuándo, voy a tener que tomar la decisión
sería de retornar a Bolivia, porque al fin y al cabo es el país
donde aprendí no sólo lo bueno sino también lo malo.
Pero sobretodo es el país donde forjé mi personalidad y adquirí
mi identidad cultural. Por eso mismo, aun estando en la luna, jamás
dejaré de considerarme escritor boliviano.
KSL: Si
mantienes una relación de amor y odio con Bolivia, ¿por qué
te interesa tanto la situación política y el destino del
país?
VM: No debes
olvidar que yo, como cualquier otro ciudadano, llevo a Bolivia enclavado
en mi corazón, por muy conflictiva que fuese mi relación
con el país. Por eso me interesa su situación y su destino.
Tú, por ejemplo, cuando analizas la literatura de escritoras inmigrantes,
o hijas de inmigrantes en EE.UU., manifiestas que éstas están
ligadas con amor y odio a las experiencias de su pasado o al pasado de
sus padres. Del mismo modo, yo mantengo una relación de amor y odio
con el país donde transcurrieron los primeros dieciocho años
de mi vida, con experiencias que, acéptese o no, fueron trágicas
y hasta traumáticas. Esas experiencias de mi pasado, sin lugar a
dudas, se reflejan, de manera consciente o inconsciente, en gran parte
de mi literatura.
Aunque pasé
la mitad de mi vida en Suecia, donde subsané, con creces, los vacíos
y las heridas psicológicas que me perseguían desde la infancia,
he creado o re-creado una literatura enteramente boliviana, puesto que
mis personajes y temas tienen relación con ese país que me
vio nacer. Ahora bien, abordar esos temas contextualizados en un ámbito
de la realidad boliviana, más concretamente, de la región
andina, es una suerte de terapia fundamental, una forma de ajustar cuentas
con mi pasado y un modo de desatar los nudos emocionales y reconciliarme
con los fantasmas que pueblan mi alma. Más aún, creo que
la función de mi literatura es a la vez, para bien o para mal, una
especie de revancha contra quienes no confiaron en mi capacidad creativa
y creyeron que, por haber nacido en un hogar humilde, estaba condenado
a vivir eternamente sumido en la ignorancia y el olvido. En todo caso,
debo aclarar que esta sensación de revancha responde a un acto enteramente
inconsciente o subconsciente, sin que por esto quiera negar la verdad de
que a través de la literatura puedo expresar, en absoluta libertad,
mis sentimientos y pensamientos, lo que me gusta y no me gusta en este
mundo, lo que prefiero o detesto. No creo, sinceramente, que exista un
solo escritor que no tenga conflictos con su entorno social ni una obra
que no sea el producto, al menos en parte, de los conflictos emocionales
del autor. Pienso que los escritores, de una manera o de otra, son seres
sensibles y meditabundos, inconformes y contestatarios; escriben porque
no están conformes con los chalecos de fuerza que les impone su
contexto social.
No, no puedo
desligarme de la realidad boliviana por mucho que lo intente. Es mi país
de origen y allí tengo enclavadas muchas de mis vivencias y recuerdos,
por muy negativos que éstos sean. No existe un solo ser humano que
no sea el fruto de sus años de infancia. No en vano dice el sabio
proverbio inglés: El niño es el padre del hombre.
Es decir, lo que fuimos de niños, somos de adultos. Por eso mismo
me resulta difícil dejar de pensar en esa realidad que me marcó
de por vida. No es simple mandar al carajo todo un pasado que te pesa en
el cuerpo y la conciencia. Como fuere, no puedo decir que jamás
volveré Bolivia, porque sé que esa afirmación es utópica,
debido a que tanto sus paisajes como sus gentes viven dentro de mí,
en el pozo de la memoria. Y, aunque a veces el deseo de volver a pisar
sus tierras sea como el deseo de volver a las catacumbas del infierno,
sé también que algún día debo de volver para
tranquilizar los tormentos de mi alma y alcanzar una muerte, si acaso no
feliz, al menos poco dolorosa.
EL COMPROMISO
SOCIAL Y LA TRAGEDIA DEL ESCRITOR BOLIVIANO
KSL: ¿Qué
opinión te merece la situación actual de la literatura boliviana?
VM: Considero
que la situación del escritor boliviano sigue siendo la de un marginado
social, a pesar de la existencia de nuevas casas editoras que, más
con afán comercial que literario, están empeñadas
en publicar las obras de los autores que se mueven en las esferas de gobierno
o cuentan con el beneplácito de los críticos de turno. Actualmente,
aparte de Los Amigos del Libro y Ediciones Plural, una de las editoriales
más importantes es Alfaguara, que ingresó a Bolivia con el
propósito de buscar nuevos mercados para sus libros, pero también
con la intención de promover a los autores más destacados.
Esta misma editorial, con el apoyo del Ministerio de Educación y
Cultura, ha creado el Premio Nacional de Novela que se lleva a cabo anualmente,
con el propósito de rescatar a uno que otro escritor talentoso que,
si la suerte lo acompaña, será publicado bajo este sello
y difundido en el ámbito latinoamericano y europeo.
Con todo, la
escasa producción literaria refleja el malestar económico
del país, donde no existe una política cultural que promocione
a los autores y sus obras. Tampoco existe una producción literaria
que pueda competir con el resto de la literatura latinoamericana y mundial.
La prueba está en que los escritores que brillan con luz propia
en la constelación de la literatura universal son poquísimos.
Algo más, la mayoría de las traducciones que se conocen han
sido hechas más por la buena voluntad de los amigos del autor, que
por un interés real de las editoriales.
KSL: Entonces,
¿Cuál es la situación del escritor boliviano?
VM: Sin duda,
el escritor boliviano, desde el nacimiento de la República, ha sido
un don nadie, exceptuando a quienes incursionaron en la política
y terminaron en la diplomacia, que les dio dinero para vivir y tiempo para
escribir. Algunos, aun teniendo talento y buena formación intelectual,
acabaron en el alcoholismo o la locura. Los demás decidieron retirarse
de la actividad literaria, porque sabían que de la escritura no
se podía vivir. De ahí que en Bolivia, un país con
un alto porcentaje de analfabetismo y deserción escolar, los escritores
que tienen una vasta producción son pocos y los pocos que existen
se pueden contarse con los dedos de la mano, debido a que no se fomenta
el desarrollo de esa expresión noble que permite expresar los sentimientos
y pensamientos por medio de la palabra escrita.
La literatura
boliviana no tiene un García Márquez, que tiene Colombia,
un Vargas Llosa o un Bryce Echenique, que tiene el Perú. No tiene
un Icaza como la hermana república de Ecuador, un Roa Bastos, que
tiene el Paraguay, un Cortázar o un Borges, que tienen los argentinos.
¿Por qué? La respuesta es única y concluyente: ser
escritor en Bolivia, como en el pasado, sigue siendo una tragedia tan grande
como la tragedia del propio país. Ya dije que los escritores, si
no acaban en la borrachera, acaban en la locura. Los que sobreviven a estos
dos males, acaban siendo escritores de fines de semana, porque el resto
de su tiempo están obligados a ejercer cualquier otro oficio ajeno
a su vocación literaria.
La literatura
boliviana, a pesar de los esfuerzos desplazados por sus autores, sigue
siendo una
ilustre desconocida en el contexto de la literatura universal.
Fuera de las fronteras nacionales, así como es desconocido el país,
es también desconocida su literatura. No son muchos los compendios
y antologías que registran la producción literaria de los
escritores bolivianos, quienes, casi siempre, brillan por su ausencia.
No es que ese país, marginado y acorralado en el corazón
de América Latina, carezca de talentos literarios, no; lo que pasa
es que nunca hubo una política cultural del Estado que permita promocionar
a los escritores y sus obras. No obstante, a pesar de la situación
dramática que los aqueja, hay quienes abrazan el arte de la palabra
escrita, intentando dejar un testimonio de su época, puesto que
cada escritor, de un modo u otro, no hace otra cosa que ser un modulador
de voces anónimas, la voz de los sin voz, ya que la literatura no
sólo es la expresión de los pensamientos y sentimientos de
un autor, sino también el testimonio colectivo de una época
. KSL: ¿Qué
opinas sobre el compromiso social del escritor?
VM: De partida,
en lo personal, nunca escondí mis ideales ni mis simpatías
por las ideas del socialismo democrático. Sigo siendo utópico,
porque sigo creyendo que es posible un cambio social, político y
económico en países donde muy pocos tienen mucho y donde
la inmensa mayoría no tiene nada. Creo en los ideales de justicia
y libertad. Ya varios escritores han afirmado que, además de tener
un compromiso con la literatura, debemos tener un compromiso humano, un
compromiso social. No se trata de hacer de la literatura un panfleto político
ni ponerla al servicio de un partido. El escritor debe seguir expresando
a través de la palabra sus emociones y fantasías, sin desligarnos
demasiado de la realidad social que nos toca vivir. Hay que hacer, por
darte un ejemplo, lo que hace García Márquez, quien, a pesar
de escribir obras que nada tiene nada que ver con la protesta social de
los obreros o campesinos, asume un compromiso con los desposeídos,
un compromiso político y social, y creo que esa toma de posición
es algo fundamental. Pienso que los escritores, de algún modo, tenemos
que sentirnos atraídos por la problemática del ser humano,
ya que si somos escritores es debido a que tenemos una sensibilidad potencial
que nos permite comprender los gritos de desesperación de los más
necesitados.
No soporto la
indiferencia ni la insensibilidad de algunos escritores que desoyen las
protestas populares y se convierten en lacayos de los sistemas de poder.
Tampoco creo en esa perorata de que los escritores deben escribir para
ganar premios literarios o crear, con la ayuda de las empresas publicitarias,
obras que se conviertan en best sellers. Creo más en aquellos
escritores que escriben por una necesidad vital, en aquellos que no tienen
más remedio que escribir para no sucumbir en los horrores de este
mundo cada vez más cruel y competitivo. En otras palabras, como
casi todos los escritores comprometidos, sigo apostando por una literatura
que, sin perder sus valores éticos ni estéticos, refleje
la realidad de su tiempo y sirva como punto de referencia para comprender
mejor los desmanes de una sociedad donde el rico sigue siendo el patrón
de los pobres y donde las mujeres siguen siendo las siervas de los hombres.
KSL: ¿Qué
esperas lograr con tu literatura?
VM: No sé
qué voy a lograr con la literatura, pero lo cierto es que tampoco
espero nada. Si lo único que quiero es escribir y escribir cada
día más y mejor. Pienso que éste debería ser
el objetivo principal de cada artista, de cada escritor, de cada ser humano:
la de superarse constantemente.
*Es catedrática
de idiomas y lingüística hispánica de Iowa State University,
Ames. Es autora de las siguientes obras: Fire from the Andes: Short
Fiction by Women from Bolivia, Ecuador, and Peru; Cruel Fictions,
Cruel Realities: Short Stories by Latin American Women Writers; Index
to Translated Short Fiction by Latin American Women in English-Language
Anthologies; Aurora (la traducción inglesa de La flor de
“La Candelaria”
por la boliviana Giancarla de Quiroga); Una revelación
desde la escritura: entrevistas a narradoras/poetas bolivianas (dos
tomos); y Bibliographic Guide to Latina and Chicana Narrative (de
próxima aparición). Desde el año 1996 ha trabajado
casi exclusivamente con autores bolivianos y su literatura. En 1998 recibió
la beca Fulbright-Hays para una estadía en Sucre, Bolivia, donde
completó sus investigaciones para los libros de entrevistas.
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