Cabeza
de turco
Víctor
Montoya
En
el apartamento del amigo Jorge Cuenca, boliviano de cepa y de gran corazón,
encontré un libro que deslumbró mi interés apenas
leí el título: “Cabeza de turco”. Acto seguido, mientras
Jorge se deshacía en atenciones, le pregunté si acaso el
título tenía algo que ver con esa expresión popular
que convierte al turco en el blanco de las inculpaciones.
–No –contestó–.
El libro trata sobre la situación de los inmigrantes turcos en Alemania
y sobre el desprecio con que se trata al extranjero. |
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–¡Ah!
–dije, acercándome al estante–. Entonces éste es el libro
de Günter Wallraff, el Robin Hood urbano, quien pone en peligro a
los fuertes y defiende a los débiles, y se disfraza de inmigrante
para demostrar la xenofobia contra los turcos...
En efecto,
el libro denuncia el maltrato y la explotación de los trabajadores
ilegales, quienes, contratados por los traficantes de carne humana, son
introducidos en trabajos eventuales como esclavos modernos.
A medida que
leía la introducción, escrita por Rosa Montero, me imaginaba
a Günter Wallraff transformado en turco, con finas lentillas de contacto,
de color muy oscuro, una peluca negra encasquetada sobre su rala cabellera
y chapurreando el idioma alemán.
La lectura
del libro, por otro lado, me recordó al turco Alí, el amigo
cargado de mucho oro en las manos y el cuello, que estudiaba sueco por
las mañanas y trabajaba haciendo la limpieza por las noches.
Recuerdo que
el turco Alí, quien venía a clases con los ojos colorados
y vencidos por el sueño, me invitaba a comer kebab y tomar Fanta,
porque en el Restaurante Jerusalén no servían cerveza por
culpa del Corán y del puritanismo musulmán. Como fuere, con
el turco Alí frecuenté las kebaberías de Estocolmo,
hasta que la policía lo descubrió desprovisto de documentación
legal y acabó por expulsarlo del país.
El libro de
Günter Wallraff es un buen alegato del periodista audaz, dispuesto
a ser el “otro”, el inmigrante, para someterse a las pruebas de fuego y
denunciar, desde el lugar de los hechos, las injusticias que los empresarios
cometen contra los trabajadores extranjeros, pues son pocos los periodistas
capaces de introducirse como topos en el submundo de los inmigrantes ilegales
que, debido a la discriminación estructural del sistema, habitan
en zonas urbanas parecidas a los guetos, sin fregadero, ducha ni baño
higiénico, y trabajando varias horas por día en condiciones
inhumanas, sin máscara antigás, casco de protección
ni seguridad social.
Günter
Wallraff describe no sólo el mundo dantesco de los trabajadores
ilegales en Alemania, sino también el desprecio con que se trata
al extranjero en las calles y los bares. No en vano en una de las páginas
se lee cómo un hombre, clavando una navaja en el mostrador del bar,
le increpa a un inmigrante: “¡Cerdo turco de mierda, lárgate
de una vez!”
Estas palabras,
como muchas otras, las reconocía en mi propia experiencia. Así,
cuando estudiaba en el Instituto Superior de Profesores en Estocolmo, escuché
en boca de uno de los catedráticos el siguiente comentario: “En
este instituto –dijo– los latinoamericanos comen en la mesa, los griegos
la limpian y los turcos friegan los platos”. Lo miré pasmado. No
podía creer que un académico tuviera la mente tan estrecha
que, en lugar de inspirar respeto, provocaba lástima y repulsión.
Durante mi
práctica, en una escuela del barrio cosmopolita de Rinkeby, escuché
en boca de varios niños la palabra “turco”, como apelativo aplicado
a cualquier alumno cuyo comportamiento era reprochado tanto en la clase
como en el recreo. Es decir, los niños aprendieron a buscar al “cabeza
de turco” para echarle la culpa de todos los males.
Luego de prestarme
el libro de Günter Wallraff y despedirme de Jorge Cuenca, me senté
en el autobús junto a un muchacho de mostachos al estilo Emiliano
Zapata y un collar enorme sobre el pecho. Me dijo que era chileno y, al
ver el libro en mis manos, me pidió enseñarle el título.
Se lo puse cerca de los ojos y, mientras él leía con el ceño
fruncido, como si una llama se le hubiese encendido en su interior, le
comenté que el protagonista del libro era un periodista alemán
que se hacía pasar por turco y que, cada día al volver a
su casa, constataba que el asiento contiguo estaba siempre vacío,
así el autobús estuviese repleto de pasajeros.
–A mí
también me pasa lo mismo –dijo esbozando una sonrisa que pronto
se le enfrió en el rostro–. Hay días en que nadie se sienta
a mi lado, quizá, porque tengo el aspecto de turco o, quizá,
porque estos concha su madre creen que tengo un fuerte aliento a ajo y
un cuchillo en la mano.
–No te preocupes
por eso –le repliqué a punto de apearme del autobús–. A veces
más vale ser “cabeza de turco” que “cabeza de chorlito”...
Víctor
Montoya
Escritor boliviano
radicado en Suecia
montoya@tyreso.mail.telia.com
http://sololiteratura.com/victormontoya.htm
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