La
cama
Víctor
Montoya
Leyendo
el “Kâma-sûtra” volví a pensar en la importancia que
tiene la cama, donde se hace el amor y se pasa casi la mitad de la vida.
Además, quién no ha soñado alguna vez con |
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dormir en una
cama reclinable, redonda y giratoria, con una estructura maciza de madera
lacada, un colchón confortable que tenga un alma de resortes, una
almohada rellenada con plumas de ganso y una colcha suave como la piel
de mujer.
En el “Kâma-sûtra”,
ese famoso tratado sobre el arte de amar, el sabio Vatsyayana nos refiere
las condiciones que debe reunir la cama para hacer más agradable
la relación conyugal y ensayar las sesenta y cuatro posturas distintas
de la cópula carnal, en medio de un dormitorio que responde a las
necesidades del cuerpo y del alma. Según Vatsyayana, para que la
pasión erótica sea aventura inolvidable, la casa debe estar
situada cerca de una fuente de agua rodeada por un jardín; debe
tener habitaciones, fragantes de ricos perfumes, con una cama blanda algo
más baja en su parte central, con guirnaldas y ramos de flores sobre
ella, un dosel por encima y dos almohadas, una a la cabecera y otra a los
pies.
Debe haber
un taburete sobre el cual colocar los ungüentos para la noche, botes
que contengan colirio y productos para perfumar la boca. Es decir, para
el sabio hindú, la cama deja de ser una simple hamaca, un mullido
de paja o un armazón -en el cual se ponen jergón, colchón,
sábanas, mantas, colcha y almohadas-, para trocarse en un objeto
que estimula la fantasía sexual y despierta la pasión erótica,
sobre todo, sabiendo que tanto el hombre como la mujer tienen los mismos
deseos y derechos a la hora de meterse en la cama, donde todos los lados
son igual de importantes, al menos si se tiene la intención de poner
en práctica, además del estilo “de misionero”, las sesenta
y cuatro posturas distintas recomendadas en el “Kâma-sûtra”.
La cama, desde
tiempos inmemoriales, es un pequeño escenario donde se dan cita
no sólo los acróbatas y contorsionistas del arte de amar,
sino también los hombres y las mujeres comunes que necesitan relajarse
del cansancio y buscar el placer sexual con los medios que están
a su alcance. La cama es, pues, un territorio donde el acto sexual adquiere
dimensiones sacramentales, como el rito hindú, donde una pareja,
antes de acostarse, debe asearse el cuerpo, limpiarse los dientes, aplicarse
ungüentos y perfumes. El hombre debe afeitarse la cabeza, la cara
y lavarse el miembro desde los testículos hasta la glande; en tanto
la mujer, aparte de bañar cuidadosamente sus intimidades y colorear
sus ojos y labios, debe lubricarse con aceite y adornar su cuerpo.
La evolución
de la cama
La cama ha
sido -y seguirá siendo- una de las mejores y necesarias invenciones
del hombre, quien, incluso antes de erguirse de su condición de
primate, buscó un sitio para pasar las horas de sueño, aunque
primero inventó la almohada y después la cama. Transcurrió
mucho tiempo antes de que el hombre primitivo dejara de dormir en camastros
de hojas y hamacas de raíces trenzadas.
En la Biblia,
Jacobo tenía una piedra de cabecera y en la China antigua se usaban
almohadas hechas con cañas de bengala. Pasito a paso, las almohadas
adquirieron patas y también un cielo que las tapa. Los emperadores
hicieron de la cama su segundo trono, y desde allí, desde esas camas,
que lucían patas con garras de leones, impartían órdenes
a sus súbditos, allí se apoltronaban para conversar, comer,
beber, amar, dormir y morir con la felicidad metida en el alma.
Los baldaquines
del renacimiento, más que camas, parecían casas y las camas
brocadas, talladas en la época barroca, podían servir como
escenarios para orgías perpetuas. No obstante, entre estas camas,
la que se lleva la rosa, por su tamaño y forma, es la mencionada
por Shakespeare en uno de sus dramas; la cama tiene una superficie de once
metros cuadrados y se dice que en ella durmió Charles Dickens. En
la actualidad, esta cama se conserva como pieza rara en un Museo Británico.
Las camas no
siempre han sido iguales a lo lago de la historia, sino diferentes de época
a época y de cultura a cultura. Esquematizando, se puede mencionar
la cama sencilla del tipo griego, una superficie plana sobre cuatro patas;
la cama redonda, donde duermen varias personas juntas; la cama turca, sin
cabecera y a modo de sofá sin respaldo ni brazos; la cama vientre,
cerrada como una habitación de paneles que separan del mundo y corresponde
al período medieval; la cama con baldaquines, que decoran el sueño
vestido de lujo y protegen de las agresiones externas; la cama abierta,
donde sólo se protege la cabeza de la pared y los pies del vacío.
En el siglo
XV aparecen las primeras camas con paneles y columnas ricamente ornamentadas.
Esta moda permanece hasta el siglo XVII. En el atrio del siglo XVIII se
aligeran los brocados y vuelve a surgir la madera. Cabeceras y columnas
talladas pueden verse tras los satenes y tafetanes. Con Luis XVI se vuelve
a la cama simple, de sencilla elegancia y trazo neoclásico, con
cabecera y pie tapizados. Hay camas que transmiten ideologías en
su ornamentación para remarcar la importancia social de su usuario,
como las construidas durante la revolución francesa, donde renacen
los drapeados y las camas se llenan de símbolos, lanzas y gorros
frígidos, o la que construyó Fabergén en plata y con
cuatro esculturas móviles para cuidar los sueños eróticos
de un maharaja caprichoso.
En Europa,
hasta la Edad Media, no se distinguía el sitio para dormir de las
otras habitaciones de la casa, a diferencia de lo que sucede en la época
moderna, en la cual el dormitorio es un espacio físico independiente,
cuya función no sólo está destinada a relajar el cansancio
del cuerpo, sino a hacer del sueño una realidad y del amor una fantasía.
En tal virtud, las recámaras y dormitorios son los sitios más
atractivos de una casa, pues allí se concentra el calor del hogar
y allí se refugian los individuos desde el nacimiento hasta la muerte.
La manía
de escribir en la cama
Entre la variada
gama de escritores que ostentan diversas manías, yo me identifico
con quienes tienen la manía de escribir en la cama, pues es el único
espacio, de dos metros por dos, que el individuo habita por completo y
donde saca a traslucir su estado más natural, aparte de que es un
mueble indispensable donde comienza y termina el ciclo de la vida. No en
vano Vicente Aleixandre, Marcel Proust y Juan Carlos Onetti cerraron el
ciclo de su creación literaria en la cama. Tampoco se puede negar
que Don Quijote -como su creador- pergeñó sus aventuras en
la cama, que Miguel de Unamuno y Valle-Inclán recibían a
sus amigos en la cama, o que Oscar Wilde escribió sus mejores obras
en posición horizontal, al igual que Marcel Proust, quien reposaba
hasta pasado el mediodía, escribiendo y corrigiendo sus manuscritos.
Por eso la cama de Proust, en la cual pasó las tres cuartas partes
de su vida, estaba siempre destendida, salpicada de folios y hojas sueltas
que delataban su caligrafía menuda. Pasaba más tiempo en
la cama que en el escritorio, ordenando sus asuntos y peleando con la máquina
para terminar una crónica sin firma, en medio de un silencio que
le era necesario para escribir lejos del ruido mundano y a espaldas del
tiempo.
Las camas y
recámaras, en todas las épocas, han tenido su debida importancia.
En 1620, la marquesa de Rambouillet convirtió su recámara
en un salón literario, donde reunía a sus amigos en célebres
tertulias. En México, Frida Kahlo pintó algunos de sus autorretratos
postrada en la cama, mirándose en el espejo empotrado en el techo
de su recámara. Por cuanto la cama no sólo sirve para retozar
y dormir, sino también para nacer, crear, amar y morir, tal cual
reza el proverbio: “En la cama duerme el Rey y duerme el Papa, porque de
dormir nadie se escapa”.
Por lo que
a mí respecta, y sin el menor rubor en la cara, debo confesar que
durante mucho tiempo tuve la manía de escribir en la cama. A veces,
entre el sueño y la creación literaria, me asaltaba la extraña
sensación de parecerme a un sultán, aunque no estaba rodeado
de mujeres adornadas con joyas y velos, sino apenas de almohadas que relajaban
la tensión de mi cuerpo. Por las mañanas, al incorporarme
en la cama, pegaba un salto hacia la silla del escritorio, y lo primero
que hacía era coger mi pipa, llenarla con tabaco, llevármela
a la boca y encenderla para que la fragancia del humo revoloteara entre
las paredes del escritorio, que a la vez hacía de dormitorio. A
un lado de la cama estaba el estante rojo empotrado en la pared, con los
libros al alcance de la mano; y, al otro, el escritorio negro sobre el
cual tenía el Pequeño Larousse y el diccionario de sinónimos,
un papel a medio escribir metido en el rodillo de la máquina y una
computadora en cuya pantalla se reflejaban los movimientos más ridículos
que ejecutaba en la cama.
De modo que
escribir en la cama es también una manía de escritor, quizás
un vicio secreto sobre el cual todos prefieren callar, por temor a perder
el pudor y la amistad, o quedarse definitivamente anclados en el aislamiento
y la soledad que, al fin y al cabo, es la única y mejor compañera
de quienes tienen la manía de escribir.
Víctor
Montoya
Escritor boliviano
radicado en Suecia
montoya@tyreso.mail.telia.com
http://sololiteratura.com/victormontoya.htm
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