Aproximaciones a la obra pictórica
de Manuel L. Acosta
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Realidad
y compromiso
Víctor
Montoya
En
la extensa obra del artista Manuel L. Acosta hay pinturas que llaman la
atención por su plasticidad y poder expresivo. Son cuadros que convocan
a la reflexión y a la toma de conciencia. Una doble dimensión |
humana que convierte
al artista en un retratista de su época y en enemigo declarado de
las injusticias sociales, la depredación ecológica y las
guerras insensatas.
Los mineros
y el Tío
Es interesante
observar cómo un pintor de origen malagueño puede sentirse
seducido por el tema concerniente a los mineros bolivianos, cuyos antepasados
fueron los mitayos de la colonia en tierras americanas. Se tratan de imágenes
del más puro realismo que, intitulados “Y Dios creó al hombre”
y “Mineros”, nos transportan en la imaginación hacia los ámbitos
telúricos del macizo andino, donde reina no sólo el Tío
(deidad, dios y diablo de las minas), sino también la grandiosa
y dadivosa Pachamama (Madre-Tierra), quien encierra en sus entrañas
las riquezas minerales y, en su condición de divinidad femenina,
es la principal fecundadora de la naturaleza.
La pintura
de Manuel L. Acosta, inspirada en fotograf ías captadas en el interior
de la mina, es una revelación del trabajo dantesco de los mineros
que, por su mente proclive a las supersticiones y el sincretismo religioso
entre el paganismo ancestral y el catolicismo occidental, conviven en armonía
con sus deidades del bien y del mal, como es el caso del temible y venerado
Tío, cuya estatuilla de greda y cuarzo fue captada en plenitud por
el fotógrafo suizo Jean Claude Wicky.
Los mineros,
retratados con un trasfondo oscuro que contrasta con la luz fosforescente
de las lámparas enganchadas en los guardatojos (cascos de protección),
destacan con su fortaleza física, casi ciclópea y metálica,
sujetando la perforadora en sus manos nudosas y taladrando la roca por
encima de sus hombros desnudos debido a las altas temperaturas que se presentan
en las galerías más recónditas de la mina.
El artista,
acaso sin saberlo, está hermanado con los grandes muralistas bolivianos,
como Miguel Alandia Pantoja y Wálter Solón Romero, quienes
pintaron de un modo monumental la trágica realidad de los trabajadores
del subsuelo, exaltando sus luchas, triunfos y derrotas, no sólo
para dejar constancia de que fue una clase social revolucionaria por excelencia,
sino también porque los mineros constituyeron la columna vertebral
de la economía nacional durante el siglo XX. Fueron ellos quienes
arrojaron sus pulmones para enriquecer a las oligarquías y fueron
ellos las víctimas de la explotación capitalista.
Extraña
mucho que este pintor malagueño, cuya infancia transcurrió
en el norte de África, pinte la realidad de los Andes con tanta
precisión como pinta las comarcas y los paisajes pirenaicos, los
parajes solitarios y las altas montañas, tan duras y áridas
como las del altiplano boliviano.
Sensibilidad
y compromiso
Manuel L. Acosta,
desconcertado ante el misterio de la creación y la vida, nos transmite,
con sensualismo y dominio del oficio, manifestaciones visuales que su sensibilidad
supo reelaborar en su fuero interno como revelando negativos en una cámara
oscura, con matices diversos, donde resalta la mezcla de rojos y azules,
claroscuros y contrastes que requieren los objetos atrapados en una magnífica
obra de arte
No cabe duda
de que estamos frente a un artista cuyas pinturas al óleo son una
permanente búsqueda de técnicas que, unas veces retratando
escenas de la vida real casi con precisión fotográfica y
otras veces experimentando con técnicas surrealistas y abstractas,
le permitan rescatar los colores a base de transparencias y nuevas texturas,
en afán de crear obras destinados a trascender más allá
de las galerías de arte y del ámbito comercial que tiende
a estrangular al artista.
No es menos
ponderable su actitud humanista, principio y fin de su credo pictórico.
Se declara artista comprometido con su realidad y su tiempo, no en vano
sus cuadros reflejan una clara preocupación social y existencial;
una ideología que, identificada con los desposeídos y maltratados,
queda plasmada en gran parte de su obra. Es cuestión de contemplar
esa serie de pinturas dedicadas a la represión política,
la tortura y el crimen institucionalizado por los sistemas de poder, que
todavía están latentes en el pozo oscuro de la memoria colectiva
de un continente que se desangró durante las dictaduras militares,
cuyos atropellos de lesa humanidad sembraron el pánico y el terror.
Sin embargo,
como todo artista de fuste, va mucho más allá de la simple
observación del drama humano y las injusticias sociales, pues tiene
cuadros que abordan tanto la naturaleza muerta como las revelaciones oníricas
en sus más diversas facetas, sin caer en la pura expresión
estética y decorativa, ni en el mundillo comercial donde suele degenerar
el arte.
Manuel L. Acosta
es un caso singular en este contexto, puesto que, a diferencia de los pintores
comerciales que ejercen el arte por el arte, ha puesto su sensibilidad
y talento al servicio de una causa justa. No en vano sus pinturas de denuncia
social, que abordan los temas de la represión política, la
tortura y el crimen, son gritos lacerantes de protesta y lo ubican entre
los pintores que decidieron apostar por un modelo de sociedad más
equitativo que el que ofrece el despiadado sistema imperante.
Manuel L. Acosta,
consciente de que su obra es el reflejo y testimonio de su modo de percibir
el entorno, forma parte de una pléyade de pintores modernos que,
lejos del abstraccionismo decorativo y las modas impuestas por el mercado,
busca expresiones pictóricas realistas con una carga mucho más
humanista y espiritual, en un certero intento de trocar la realidad contemplada
en una bella obra de arte.
Perfil del
artista
Nace en Málaga,
España, en 1944. En 1949 su familia se traslada a Tharguíst
(Marruecos). Pasa su infancia en el norte de África. Con 12 años
va a vivir a Plan, villa del valle de Chistau, en los Pirineos de Huesca.
Años más tarde se traslada a Cataluña y sigue con
intensidad los cambios derivados de la transición política.
Actualmente está vinculado al movimiento ecologista Alternativa
Verde.
Desde muy temprana
edad siente interés por el arte y estudia el arte griego y el Renacimiento
de manera especial. A los 18 años entra en la escuela-taller del
maestro Eduard Tárrega, donde perfecciona el dibujo y la técnica
pictórica, iniciando su participación en exposiciones y certámenes,
en los cuales logra premios y reconocimientos.
Su primera
etapa como pintor está influenciada por artistas que, como Honoré
Daumier, transmitían la crítica social a través de
sus obras. Reconoce también influencias del Goya negro, de la pintura
expresionista y de artistas como Schiele, Von Stuck y Caspar Friedrich,
así como las tendencias más abstractas y libres de Barceló
o Antoni Clavé, que perfilan su actual estilo.
Víctor
Montoya
Escritor boliviano
radicado en Suecia
montoya@tyreso.mail.telia.com
http://sololiteratura.com/victormontoya.htm
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