La
discriminación femenina comienza
en la
cuna
Víctor
Montoya
En varios
países de Latinoamérica, Asia y África, el nacimiento
de una niña está considerado como una desgracia o un castigo
divino. El nacimiento de un niño, en cambio, es motivo de regocijo
familiar. En países como Bolivia, donde muchos conservan |
- |
|
todavía la idea de que los hombres
están hechos para el trabajo y las mujeres para la cocina, los padres
lamentan el nacimiento de su hija. No es casual que en algunas familias
se siga ch’allando (celebrando) el nacimiento de un varón y se siga
lamentando el nacimiento de una niña: “¡Ah, esa chancleta,
para qué sirve! ¡Qué se muera!”.
Lo cierto es que, en toda sociedad
patriarcal, se enseña a los niños, desde muy temprana edad,
a valorar la virginidad y la belleza en las mujeres, y la virilidad e inteligencia
en los hombres. Según los cuentos de hadas y princesas, la niña
debe ser como Blancanieves o Cenicienta, hermosa y bondadosa, si
quiere encontrar un príncipe azul, ya que si es una mujer emancipada,
con derechos y libertades, corre el riesgo de parecerse a la bruja Amelia
o a la “reina con cabeza de cerdo”, que exaltan la imagen de un ser repugnante
por dentro y por fuera.
En las propagandas comerciales se
representa el estereotipo clásico de la mujer, quien, además
de ser joven y bella, debe saber asear la casa y ser diestra en la cocina.
Las niñas deben jugar con muñecas y ayudar a sus madres en
los quehaceres domésticos. Esta propaganda ideológica, lejos
de estar reñida con el principio de que la mujer tiene los mismos
derechos que el hombre, discrimina a la mujer desde el instante en que
la presenta como a un ser menos capaz e inteligente que el hombre.
En las propagandas comerciales, la
mujer es presentada como un objeto de placer, para llamar la atención
de los consumidores y despertar el erotismo masculino. En este contexto,
la muñeca Barbie sigue representando a la jovencita feliz que pudo
haber sido Miss Atlanta, y que, con su cabellera color platinado, se convirtió
en el paradigma que envidian todas las niñas del mundo. La misma
palabra Barbie sirve para designar a un prototipo de mujer especial: piernas
larguísimas, cintura de avispa, senos prominentes, ojos azules,
pelo rubio y sonrisa perpetua.
La mayoría de las mujeres
están entrenadas para la resignación y el sometimiento. Se
las obliga a quedarse en el hogar para cuidar a los hermanos menores, para
ayudar en las labores domésticas, del campo y en el comercio informal.
Es decir, las desventajas y la discriminación de la mujer comienzan
en la cuna. En el área rural, ellas asisten menos que los varones
a la escuela, dejan de educarse a muy temprana edad y, consiguientemente,
constituyen la mayor tasa de analfabetismo.
Las niñas son los seres más
despreciados en muchas culturas. Así, en las naciones dominadas
por el Islam, la mujer está considerada como “ciudadana de segunda
categoría”. Según una de las aleluyas del Corán, los
hombres tienen autoridad sobre ellas, en virtud de la preferencia que Alá
concedió a unos más que a otros. Los hombres no sólo
controlan la procreación de hijos mediante el cuerpo de la mujer,
sino que, a su vez, ejercen una actitud extremadamente violenta ante el
adulterio femenino, que incluye la lapidación, el código
de honor y el linchamiento.
El control de nacimiento se deja
en manos del marido (en el ámbito rural chino, el marido puede aceptar
o rechazar al recién nacido, que puede ser abandonado o muerto,
sobre todo, si se trata de una niña). Práctica que era común
en la antigua Grecia y Esparta, donde en épocas de guerra, los padres
se veían obligados a desembarazarse de todo retoño que necesitaba
minuciosos cuidados, y que, siendo un estorbo en la batalla o la huida,
no permitía ventajas para el porvenir. De modo que las niñas,
consideradas un impedimento, eran eliminadas apenas nacían, dejando
sólo a un pequeño grupo que se distinguía por su vigor
extraordinario para la reproducción de la especie.
En algunos países asiáticos
existe una regla admitida para frenar el crecimiento de la población
rural: todas las mujeres que esperen más de un hijo deben abortar
o ser esterilizadas. Si el primer hijo es una niña, la pareja puede
tener un segundo hijo; si el segundo hijo más es una niña,
puede tener opción a un tercero, pero pagando una multa; de lo contrario,
se aplican medidas coercitivas de acuerdo al sistema de planificación
familiar en vigencia, así este sistema de planificación neomalthusiano
sea una clara violación a los Derechos Humanos y una discriminación
abierta contra la mujer.
En la India, siguiendo las costumbres
atávicas, un padre casa a su hija en un matrimonio de conveniencia,
previo acuerdo y desembolso de una dote sustanciosa. Si los padres de la
novia no satisfacen la demanda, simplemente queman viva a la novia. Y,
aun estando prohibido oficialmente este tipo de enlace matrimonial, el
80% de los casamientos se efectúa sobre la base de un pago en dinero
o especie.
En la comunidad de los guijars, en
pleno corazón de la India, se mantiene intacta la costumbre de prometer
a las niñas apenas nacen y celebrar la boda justo cuando éstas
están en la edad de jugar y disfrutar de la vida. Las pequeñas
novias alimentan la tradición ajenas a lo que significan los compromisos
que sus familias han decidido por ellas. La boda se celebra tras rituales
y ceremonias que pueden prolongarse varios días, sin que las niñas
hayan terminado de jugar ni hayan visto siquiera la cara del novio.
En el ámbito rural se dan
casos extremos como las “niñas viudas”, pequeñas prometidas
en matrimonio desde la infancia que, al morir el novio antes o después
de la boda, están condenadas a permanecer en viudedad por el resto
de sus días. Otro caso es el de las niñas envenenadas, porque
no tienen futuro como mujeres ni esposas, mucho menos como esposas, cuando
se piensa que en la población más pobre de la India y Bangladesh
se debe pagar una dote para encontrar marido; realidad que nos trasmonta
a las prácticas matrimoniales de la Edad Media, donde el matrimonio
no se decidía por amor sino por conveniencia.
En los albores del nuevo milenio
siguen siendo muchas las barreras que dificultan el desarrollo y el respeto
de los Derechos Humanos de las niñas. Sin ir muy lejos, en algunas
regiones del continente africano, millones de niñas y adultas han
sido circuncidadas mediante la ablación del clítoris y la
infibulación; una forma de violación contra la dignidad de
la mujer, consistente en extirpar de cuajo el clítoris y los labios
menores, para luego coser la vulva hasta no dejarles sino un pequeño
orificio que las permita menstruar y expeler la orina. Asimismo, para evitar
el ayuntamiento carnal antes del matrimonio, colocan un elemento extraño
en la parte exterior del orificio vaginal. En algunas tribus atraviesan
transversalmente los labios mayores con espinas, las mismas que deben ser
extraídas sólo por el marido la noche de la boda, como un
acto ritual de posesión masculina.
La circuncisión realizada
sin anestesia y con cualquier instrumento rudimentario, que va desde un
cuchillo de cocina hasta un pedazo de vidrio, se ejerce en niñas
recién nacidas o en púberes que acaban de tener su primer
flujo menstrual, como una forma, según refieren las creencias ancestrales,
de establecer un pacto con los dioses y asegurar la inmortalidad. Empero,
la circuncisión, que provoca traumas psicológicos y complicaciones
posteriores, no tiene otra finalidad que impedir el goce sexual de la mujer
y el ejercicio de sus derechos más elementales; más aún,
cuando existen sociedades tribales donde la mujer deber ser sometida a
dolorosas experiencias para garantizar su lealtad al hombre y la colectividad,
para tener una identidad y cumplir un rol social que le permita ser considerada
buena mujer, esposa y madre.
Estos son algunos ejemplos que nos
permiten afirmar la idea de que la discriminación de la mujer comienza
en la cuna y, lo que es peor, se prolonga a lo largo de su vida.
Víctor
Montoya
Escritor boliviano
radicado en Suecia
montoya@tyreso.mail.telia.com
http://sololiteratura.com/victormontoya.htm
|