La
prosa lírica
de Juan
Cristóbal
Víctor
Montoya
Al vate
peruano lo conocí por intermedio de nuestro común amigo Marco
Minguillo, quien, en cierta ocasión y a propósito del tema
de los escritores comprometidos, me sugirió enviarle uno de mis
libros. Así lo hice. Tiempo después, y en respuesta a mi
sincera propuesta de amistad, recibí, vía España,
algunos de sus poemarios, entre ellos, un folleto de prosa poética
intitulado: “Para después de la muerte” (Lima, 2001).
Cuando leí el título,
desde luego sugestivo, lo primero que se me vino a la mente fue la idea
de que el autor escribió |
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Juan Cristóbal con el poeta
chileno
Jorge Teiller |
una suerte de epístola destina
a quienes yacen en los terrenos baldíos del más allá.
Más ni bien me aventuré en sus páginas, comprendí
que estaba equivocado, pues él mismo advierte en sus “palabras preliminares”,
que las historias (o leyendas) reunidas en el folleto las imaginó
a partir de sucesos concretos, aun estando consciente de que “la realidad
sólo se escribe en los vientos de la historia. O en el silencio
inaccesible de las piedras”. No es menos sugestivo el hecho de que Juan
Cristóbal nos pide no inquietarnos por su vida, sino más
bien recordarlo en algún bar, “contando margaritas o luciérnagas
a los niños, tal a esos viejos y milenarios hechiceros que con palabras
milagrosas hacían revivir y cantar a las cigarras en las cosechas
de los pueblos”.
Estas denominadas “leyendas”, en
realidad, son fragmentos de una prosa lírica, cuyos argumentos carecen
de tramas y personajes con voz propia. En consecuencia, los textos
breves de “Para después de la muerte”, más que ser leyendas,
son una serie de reflexiones que, narradas en primera persona y con la
destreza de quien domina el oficio, recrean imágenes inverosímiles
como en “El pacto”, “La Promesa” y “La muerte”. Asimismo, en otros textos,
que parecen estructurados sobre la base de visiones oníricas, el
autor se preocupa por narrar hechos que lo retornan, de un modo consciente
o inconsciente, a los años de su infancia. Ahí tenemos, por
ejemplo, “El abuelo”, un fragmento en el que nos entrega, con añoranza
de adulto y palabras tiernas, la personalidad de un anciano que, aparte
de llorar como un niño y jugar con los animales, conversaba con
los perros.
La mayoría de los textos
constituyen reflexiones existenciales sobre el ser o no ser, sobre las
preocupaciones del hombre y sus asuntos. Así, en “Canción
de la muerte”, nos dice: “Y aunque camine loco por los puentes, debo seguir
charlando con los grillos, darles las ‘buenas noches’ a los gallos, y si
es posible vivir en ese rincón donde los melocotones se pierden
en los ojos de los niños, pues sólo allí podré
recordar las huellas de la amada y revivir esos veranos cuando salía,
con las lanzas del abuelo, al encuentro de la guerra, a pesar de los ruegos
de las sacerdotisas de la luna”.
Por otro lado, y como es natural
en el caso de los poetas, el autor se permite ciertas licencias literarias,
que le permiten poner a salvo el clima de ficción en las narraciones
y, a la vez, transmitir sus concepciones acerca de cómo se formó
el mundo lleno de contrariedades e injusticias, como si fuesen una suerte
de pecado original. El autor, en una descarga emotiva, nos sugiere algunas
de sus ideas ecologistas hoy tan en boga entre los intelectuales de la
izquierda latinoamericana.
Juan Cristóbal, lejos de toda
consideración de la crítica literaria, demuestra que en prosa
sí caben gotas de poesía. No es casual que el autor, intentando
deslumbrarnos con su efectividad verbal y su chispeante fantasía,
nos plantee temas y situaciones descritos con un alto valor estético,
como se muestran en “Los jaguares” o “La historia del tiempo”, donde se
explaya expresiones dignas de ser tomadas en cuenta por los iniciados en
el ejercicio de la palabra escritura. En “La guerra” se lee: “Ciertamente,
antaño, nuestros padres eran fuertes, hermosos y ágiles como
tigres escondidos, pero el tiempo pasa, y todo cambia en la oscuridad del
domingo. Ahora, los animales, como voces hambrientas, nos persiguen y matan”.
Por último, en “El milagro” nos dice: “Los perros seguían
durmiendo junto a las hogueras, cuidando la memoria de sus dueños
y la rivalidad con los vecinos, a la hora en que los sapos cantaban en
los charcos como forasteros extraviados en la lluvia”.
Es preciso señalar que Juan
Cristóbal, como varios poetas tocados por las hadas de la imaginación,
ha dedicado parte de su obra a los pequeños lectores. Su sensibilidad
es proclive a la buena intención de la palabra, sobre todo, cuando
intenta acercarse al mundo mágico de los niños, con versos
que le brotan desde el fondo de ese niño que es él mismo.
Esta faceta, quizás la menos conocida de este artesano palabrero,
está presente en sus poemas infantiles, cuyos versos revelan a un
hombre que quiere revolotear como mariposa entre los niños y las
flores, llevando a cuestas sus poemas que cantan al amor y la vida.
La lectura de “Para después
de la muerte”, folleto sencillo pero expresivo, me ha servido para conocer
mejor a este lejano amigo, admirador del poeta chileno Jorge Teillier y
defensor de las virtudes humanas que, según sus propios conceptos,
se reflejan de un modo nítido en la sencillez y el compromiso con
las causas libertarias. Dos razones fundamentales para cultivar una amistad
sin fronteras y recordarle que su oficio no es vano en tiempo en que debemos
de aunar esfuerzos para denunciar las mentiras del imperio.
Juan Cristóbal (seudónimo
de José Pardo del Arco, Lima, 1941). Licenciado en Literatura. Ejerció
la docencia en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y en la Universidad
San Martín de Porres. Actualmente enseña el curso de Introducción
a la Literatura y Literatura Peruana del s.XIX, en la Universidad Privada
“María Inmaculada”. Su obra mereció distinciones tanto en
Perú como en otros países latinoamericanos. Entre sus poemarios
destacan: Cantual (1963), Gidumot (1964), Difícil olvidar
(1975), El Osario de los inocentes (1976), Estación de los desamparados
(1978), Horas de lucha (1980), La isla del tesoro (al alimón con
Jorge Teillier, 1982), Desde la soledad de las colinas (1989), Celebraciones
de un cazador (1994), Lecciones de historia (1994), Poblando los silencios
(1996), Los rostros ebrios de la noche (1999) y En los bosques de cervezas
azules (2001). También ha incursionado en el cuento y el periodismo.
En su bibliografía se encuentran las prosas testimoniales: ¡Disciplina,
compañeros! (1985), ¿Existe cultura obrera? (1991), Uchuraccay
(2002), y tres recopilaciones: Crítica marxista del Apra (1979),
¿Todos murieron? (1987) y Entre el fuego y la razón, obra
periodística de Jorge Mendívil (1988).
Víctor
Montoya
Escritor boliviano
radicado en Suecia
montoya@tyreso.mail.telia.com
http://sololiteratura.com/victormontoya.htm
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