La infortunada
Patria
de Antonio
Paredes Candia
Antonio Paredes Candia
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Víctor
Montoya
La muerte
de Antonio Paredes Candia (La Paz, 1923-2004), como suele ocurrir con los
investigadores y escritores de fuste, ha dejado un enorme vacío
en la vida cultural de Bolivia, una Patria que él supo amar con
todo el furor de su alma, aunque la consideraba infortunada por la desidia
de sus gobernantes, pues siendo rica en recursos naturales es víctima
de la pobreza y siendo rica en cultura tiene tan pocos cultores; no al
menos como lo deseaba este hombre que |
dedicó su vida a la investigación
y la escritura, guiado por el sentido común de que el ser humano
debe ser útil y productivo para el bien de su colectividad.
No cursó estudios superiores,
pero tenía una formación intelectual autodidacta, que le
permitió sentir el espíritu de un pueblo desde lo más
hondo de su esencia. Así, a modo de rescatar la memoria colectiva,
recorrió el país para observar las costumbres de las distintas
regiones, en afán de documentarlas, sistematizarlas y transmitirlas
a través de sus obras. Él, más que ninguno, fue el
yatiri (adivino y sabio) andariego que, en su contacto directo con
la gente, recogió en su wallqepu (talega de lana) las leyendas,
los mitos, las tradiciones, los sabores y los colores del acervo cultural
boliviano.
Antonio Paredes Candia, nacido en
el seno de una familia que estimuló sus inquietudes por el arte
y las letras, fue titiritero en su juventud, fundador de la Editorial Isla
y de la Sociedad Boliviana de Bibliografía. Asimismo, aparte de
impulsor infatigable de las ferias populares del libro, fue gestor de la
Asociación de Libreros que lleva su nombre. Era un verdadero artesano
de la palabra escrita, amaba los libros como un niño ama sus juguetes,
le atraía la tinta fresca de la imprenta y el fajo de papeles empastado
en forma de libro. Su pasión por la literatura era tan genuina y
tan grande que, ajeno a los escritores promovidos por el marketing editorial,
él mismo vendía sus libros -y la de otros autores- en su
quiosco, primero frente al monoblock de la UMSA y después en el
Paseo Núñez del Prado.
Por otro lado, y para asombro del
lector, fue un apasionado coleccionista de obras de arte; reunió
pinturas, esculturas y piezas arqueológicas, actualmente expuestas
en el Museo de Arte Antonio Paredes Candia, instalado en la Ciudad Satélite
(El Alto), donde también descansan sus restos desde el 14 de diciembre
de 2004, luego de que una muchedumbre asistiera a su sepelio entre llantos
y comentarios ponderativos sobre su vida y su obra.
Reconocimientos tardíos
a una fecunda labor
Vergüenza debía darnos
por la ignorancia y el escaso interés por la cultura en nuestro
país, donde no siempre se valora a tiempo a quien se lo merece ni
se reconoce la labor de quienes, avanzando contra las corrientes oficiales,
se dedican con tesón al rescate de la cultura nacional. He aquí
el ejemplo, sólo cuando Paredes Candia yacía en la cama en
el ocaso de su vida, el Congreso Nacional le confirió la Orden Marcelo
Quiroga Santa Cruz, y el Gobierno le otorgó la Medalla al Mérito
Cultural. Y, lo que es peor, sólo después de su muerte, el
canciller de la república, Juan Ignacio Siles, reiterando su homenaje
al “ilustre boliviano”, entregó la medalla Simón Bolívar
a los familiares de Paredes Candia, como una forma de descargarse el peso
de la mala conciencia y evitar las críticas de los “trabajadores
de la cultura”.
Los señores del poder, acostumbrados
a la demagogia y la palabrería amañada, creían haber
cumplido de este modo su deber de reconocer a quien, sólo al final
de sus días y después de su muerte, fue considerado “ilustre
personaje”, acaso sin darse cuenta de que el reconocimiento del patriarca
paceño fue tardío en un país que le debe mucho, muchísimo.
No en vano su hermana Elsa, criticando la indiferencia de las autoridades
por los asuntos de la cultura y sus promotores, dijo acertadamente: "las
distinciones hubieran tenido más valor si hubieran sido conferidas
en vida".
Por suerte, Antonio Paredes Candia,
a pesar de las condecoraciones oficiales y los discursos rimbombantes pronunciados
en su honor, jamás dejó de enfrentarse a la soberbia de los
dueños del poder ni a la incultura de las autoridades ediles. En
más de una ocasión, y en su afán de mantener la Feria
de Libros en el Prado y defender su derecho a vender sus libros en la calle,
mandó a la mierda las ordenanzas municipales y carajeó a
más de un concejal o intendente que, amparado en su función
de “autoridad”, quería salir con las suyas.
Otro mérito de don Antonio
Paredes es que se mantuvo con dignidad al lado del pueblo y de los humildes.
Era uno de esos autores que no necesitaban del “reconocimiento oficial”
para difundir sus obras, pues él mismo era el todero de su producción
literaria: el escritor, investigador, tipógrafo, compaginador, editor,
distribuidor y vendedor ambulante. ¿Ambulante? Sí, cuántas
veces no se lo vio cargando sus libros como un eqeqo (dios aymara de la
abundancia), con el propósito de llevar el saber popular hasta los
sitios más recónditos de su infortunada Patria. No es exagerado
aseverar que la conocía palmo a palmo, por dentro y por fuera, y
por eso la amó entrañablemente, pues “sólo se ama
lo que bien se conoce”, decía él mismo con la sabiduría
que le concedieron los años.
No le interesaban las cofradías
académicas ni los finos salones literarios. Vivía aferrado
a la convicción de que el escritor es un obrero más dentro
de la sociedad y no un privilegiado que está sentado en un altar
de barro. Por eso mismo, consideraba que “el escritor, más que cualquier
otro debe ser el que transmita su pensamiento, el que guíe en cierto
modo a la sociedad”.
Con todo, Antonio Paredes Candia
fue toda una institución cultural y un personaje que sobrevivirá
al tiempo a través de sus obras y del Museo de Arte de la Ciudad
Satélite (El Alto), que afortunadamente lleva su nombre y reúne
todo el material historiográfico y artístico que acumuló
a lo largo de su vida. Todo un monumento nacional para un pueblo que no
siempre sabe reconocer a tiempo a sus hijos de mente lúcida y labor
ejemplar.
¿Culpa de quién? ¿De
los politiqueros o de la ignorancia? Quién sabe. Pero de una cosa
sí estamos seguros: Antonio Paredes Candia, a diferencia de los
cazadores de fama y fortuna, no necesitaba “reconocimientos oficiales”
para permanecer en el corazón de la gente humilde, de esos niños
y esas gentes que tanto amó en su infortunada Patria.
Defensor del folklore y la tradición
popular
Como todo investigador prolífico,
dedicó su tiempo y su existencia al acopio de datos concernientes
al costumbrismo. Encontró en el folklore y las tradiciones bolivianas
una veta rica que los orfebres de la palabra podrían trocarla en
un precioso cofre literario. Pero el desprecio por lo propio es tan grande
y tan grande la admiración por lo ajeno, que los investigadores
y escritores se alejaron del folklore nacional. De ahí que su preocupación
y su crítica se sintetiza en la frase: “Bolivia es el paraíso
del folklore con unos pocos fokloristas”.
Antonio Paredes Candia fue defensor
incansable del folklore y sus asuntos. No admitía la acepción
peyorativa del término ni que se lo usara con la ligereza propia
de quienes, alienados a la cultura occidental, tratan de “folklorismo”
cualquier manifestación profunda y ancestral del pueblo, sobre todo,
en algunas capas sociales en las que, con hondo desprecio por lo nacional,
miran con desdén la sabiduría popular.
Él sabía que, en una
sociedad discriminatoria y de profundos prejuicios sociales y raciales,
no es fácil establecer una disciplina cultural como el estudio serio
del folklore, consistente en la investigación valorativa de la cultura
popular. Más todavía, consciente de que el folklore es un
elemento vivo y no una arqueología, refutó las opiniones
tendenciosas de quienes criticaban la labor de los investigadores dedicados
a configurar la imagen cultural del país a partir de sus elementos
más peculiares como son el folklore y la tradición. Por eso
en su crítica a Miguel de Urioste, sub-jefe del Partido Movimiento
Bolivia Libre (MBL), afirmó categórico: “Folklore no es lo
feo, ni lo ordinario, ni lo ridículo de un pueblo. Tampoco es ‘pintoresquismo’,
ni mercadería para turistas ávidos de encontrar en un país
cosas y hechos exóticos que en el propio ya no existen o pertenecen
a su pasado. Hay términos, señor Urioste, que no deben usarse
alegremente” (Antigüedad y vigencia del vocablo folklore en la cultura
boliviana, 1999, p.159).
Para la pregunta obligada: ¿De
por qué Bolivia no formó a más investigadores que
recogieran el folklore y lo dieran a conocer al mundo? Paredes Candia tenía
dos respuestas: “Una, que siempre hemos estado gobernados por individuos
estultos, para quienes ha tenido más valoración una carrera
de caballos que una actividad cultural. Y otra, que nacía del prejuicio
social y racial de nuestras capas sociales, alta y media, que calificaban
al indio de un ser inferior y al mestizo de un individuo despreciable;
y que solidarizarse con los afanes que apasionaban a ellos, era negar el
porvenir de la Patria. Pose absurda, y hasta hilarante, que no era sino
un rasgo hipócrita de una sociedad que idénticamente al indio,
a quien miraba con desdén, creía en las supersticiones, en
los embrujamientos, y prefería curar sus dolencias con yerbas que
aconsejaban los curanderos nativos” (Antigüedad y vigencia del vocablo
folklore en la cultura boliviana, 1999, p.15).
Antonio Paredes Candia nos presentó
un amplio registro de su labor de investigación y sistematización
de la cultura boliviana, compendiada en más de una centena de obras
que él supo canalizar, por medio de la Editorial Isla, hacia el
público en general. Algunos de sus libros constituyen textos oficiales
de estudio en escuelas, colegios y universidades, por cuanto es raro encontrar
a un lector boliviano que no haya leído al menos un libro de su
cuantiosa producción bibliográfica.
Nadie más ni mejor que él
se dedicó a investigar el origen de los mitos y las leyendas, el
pasado milenario de los quechuas y aymaras, las creencias y las supersticiones
populares, el mestizaje y el sincretismo cultural de la colonia, las costumbres
de los habitantes del campo y las ciudades, el arte culinario y pictórico
en sus diversas manifestaciones, la importancia de la tradición
oral en la literatura nacional, la indumentaria y los códigos lingüísticos
propios de un país multicultural y plurilingüe.
Anécdotas de gobernantes
y gobernados
Contrariamente a lo que muchos se
imaginan, casi siempre mantuvo una actitud crítica ante las autoridades
gubernamentales y municipales, a quienes se enfrentó abiertamente
en repetidas ocasiones, acusándolos de corruptos y neófitos.
Tampoco dejó de ridiculizar a los tránsfugas y oportunistas
que, en su afán de buscar el poder y las prebendas económicas,
eran capaces de cometer cualquier estupidez para alcanzar sus propósitos.
Es más, estaba convencido de que “los políticos bolivianos,
además de ser corruptos en porcentaje que asusta, también
cometen payasadas de circo, que en cualquier lugar del mundo atrasado,
daría lugar a reír a mandíbula batiente”.
Aunque los señores del poder
le tenían tirria porque les cantaba las verdades en la cara, nunca
escondió su admiración y sus simpatías por quienes,
sin doblar la cerviz ni venderse al mejor postor, se enfrentaban al poder
con una actitud digna de encomio. Así, en su libro “Anécdotas
de gobernantes y gobernados”, refiriéndose a la conducta insobornable
del líder trotskista boliviano, dice: “Guillermo (Lora), en la actualidad
nacional, es el único político que merece respeto; los otros,
sin excepción, son politiqueros corruptos sumergidos en el estiércol
de su inconducta” y, para darle fuerza a sus palabras, recoge la siguiente
anécdota: “Lora es inflexible y sus desplantes son proverbiales.
No importa cuánto poder tenga el que se le ponga enfrente. Y, esto
lo sabe el ex Ministro de Hidrocarburos -un ex Urista- del gobierno del
Acuerdo Patriótico, que se encontró con él en la calle
y tuvo el desafortunado gesto de cruzar la calzada para saludarlo. Su seguridad
iba por detrás y hacía pocos días que había
sido posesionado en el cargo. El Ministro le extendió la mano en
gesto amistoso y alcanzó a decirle un agradecido “maestro”. Lora
lo paró en seco y le dijo: ‘¡Retírese carajo, yo no
le doy la mano a ningún traidor!’ Le recordamos el episodio y él
lo confirmó: El Ministro era Hebert Müller. ‘Yo no le di la
mano ni nada. A un traidor yo no puedo darle la mano’. Son lecciones que
nos dan sólo los políticos de la dimensión de Guillermo
Lora” (p. 84).
Debo acotar que su libro “Anécdotas
de gobernantes y gobernados” (La Paz, 2000), aparte de convocarme a la
reflexión y hacerme gozar un buen rato, traía una dedicatoria
escrita con su puño y letra: “A través de las anécdotas
muestro la degradación en que nos hacen vivir los políticos.
¡Qué feliz es usted que está tan lejos de este basural!...”.
Sus palabras, sin lugar a dudas, denotaban su preocupación por el
destino del país y el asco que le producían los politiqueros
pro-imperialistas que, una vez encaramados en el Palacio Quemado, se aprovechaban
de las arcas del Estado en beneficio personal y en desmedro de las mayorías
empobrecidas.
En su criterio, por demás
justificado a la luz de los acontecimientos históricos, los politiqueros
eran los destructores de su infortunada Patria. Con ellos afloraba la corrupción
institucionalizada y ellos, en uso y abuso de sus atribuciones, cometían
desmanes a espaldas del pueblo. Quizás por eso, en el mensaje que
me envió el 4 de julio de 2003, exhortando a los paceños
a oponerse a las autoridades ediles que pretendían modificar las
efemérides del 16 de julio, decía en tono de arenga: “¡Paceños
despierten! Sólo los pueblos castrados soportan que los traten como
a esclavos y agradecen los latigazos que reciben en sus espaldas. Ha pasado
el límite de aceptar que los politiqueros apátridas manoseen
a este pueblo. Si La Paz se ha caracterizado por ser cuna de la libertad
y tumba de tiranos, cuál es la razón para que ahora como
mujerzuelas de burdel aceptemos que hasta el símbolo de nuestro
orgullo nacional quieran seguir pisoteándolo (...) Si el apátrida
de Tuto Quiroga (ex presidente de Bolivia) cometió el crimen de
lesa historia, cambiando las efemérides cívicas de cada departamento;
aún es tiempo de que los paceños nos levantemos si el actual
gobierno persiste en la estupidez”.
Apuntes de una relación
epistolar
En su actitud de visionario, creía
en la universalidad de la literatura folklórica y popular. No es
casual que en una de sus cartas, fechada el 30 de octubre de 1998, además
de valorar la labor de algunos bolivianos en Europa y el “afán patriótico
de hacer conocer lo que produce Bolivia en el campo intelectual y artístico”,
me sugirió que, de ser posible, se tradujeran al sueco (“idioma
endiablado”, según su opinión) algunas obras de autores nacionales,
puesto que “lo que necesitamos es que otros pueblos nos conozcan en sus
propios idiomas. Pienso que por los muchos años que radican allí,
ustedes ya tienen dominio de la lengua. Así la labor de ustedes
sería excelente y de profundo agradecimiento de parte de esta infortunada
Patria. Tenemos autores que realmente merecen tomarse en cuenta: los novelistas
Wolfango Montes Vanucci y Néstor Taboada Terán, que son excelentes,
y así como ellos hay trabajadores de primera en todos los campos
intelectuales. Mientras éstos se esfuerzan en forjar un país,
los otros, los politiqueros, bellacos y rufianes, están hundiendo
en una cloaca de heces y miasmas, a esta infortunada Patria...”.
Sé que fue un lector afanado
de mi modesta producción literaria, a la cual tuvo acceso por diversos
medios. En su carta del 13 de septiembre de 2002, a modo de agradecerme
la recepción de mi libro “Cuentos de la mina”, escribió:
“Esté seguro que lo comentaré con el afecto que se debe a
un boliviano, quien viviendo tan lejos de la madre común, la enaltece
con su obra y su conducta (...) En paquete aparte le envío las dos
últimas publicaciones mías. La una es un pequeño ensayo
histórico sobre el folklore en Bolivia; la otra, la realidad espantosa
de la politiquería en que bambolea la Patria. Los únicos
que se callan o miran indiferentes la realidad nacional son los escritores
y artitas. Sorprende esta actitud...”.
En otra ocasión, luego de
leer mi crónica sobre “Una visión de la tortura Medieval”,
me solicitó expresamente que procurara conseguir en Suecia más
datos e imágenes sobre el castigo y la tortura, según me
reiteró entonces, para documentar e ilustrar su libro en preparación:
“El castigo - Trabajo y folklore”, que poco después fue editado,
como siempre, con sus propios recursos.
El último recuerdo que conservo
de él es la tarjeta navideña que me envío hace un
año, en cuyo reverso escribió; “He leído sus libros.
Lo felicito; me han gustado. Veo que usted ama a la Patria como yo la amo”.
Palabras que, además de devolverme mi bolivianidad, fueron suficientes
para tenerlo y sentirlo como a un verdadero amigo.
Víctor
Montoya
Escritor boliviano
radicado en Suecia
montoya@tyreso.mail.telia.com
http://sololiteratura.com/victormontoya.htm
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