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Cangrejo ermitaño
Víctor
Montoya
Ya me había
sucedido antes, pero esta vez mi sueño me reveló lo que fui
en mi anterior vida o lo que seré después de la muerte: un
cangrejo ermitaño contemplando el mundo desde su mundo. Lo único
que no coincidía era el lugar de mi residencia y la forma estúpida
como perdí la vida. Todo lo demás, como en los mejores cuentos
de mutantes y metamorfoseados, era similar a mi vida cotidiana y al modo
de experimentarme a mí mismo.
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Si el sueño es el reflejo
incoherente del subconsciente, hecho de impresiones y experiencias habituales,
entonces el mío, que se mostró con tanta nitidez y coherencia,
es el fiel reflejo de una vida recluida en la soledad voluntaria, al margen
del ajetreo mundano, donde se originan y solucionan los problemas humanos.
A qué se debe esta mi conducta de solitario, probablemente, a factores
innatos y adquiridos que arrastro desde la infancia como una marca indeleble
en la piel del alma.
El sentirme un poco extraño,
como casi todos quienes leen estas líneas, no es extraño
para nadie, sobre todo, si partimos del criterio de que cada individuo,
indistintamente de su origen, raza y sexo, se ha sentido alguna vez diferente
a los demás, así esta sensación sólo sea el
producto de la imaginación.
Volviendo a lo que pensaba referirles,
debo anticiparles que no soy un bicho raro, sino apenas un hombre cuya
vida está situada en el límite exacto donde se juntan la
realidad y la fantasía, y donde uno es capaz de repetir a viva voz
el soneto de Quevedo: “Retirado en la paz de estos desiertos,/ con pocos,
pero doctos libros juntos,/ vivo en conversación con los difuntos,/
y escucho con mis ojos a los muertos”.
De otro lado, asumiendo mi condición
de narrador, quiero contarles mis pensamientos y sentimientos, y reiterarles,
si acaso no quedó claro, que me parezco a ustedes tanto en los defectos
como en las virtudes, salvo que en el sueño me vi convertido en
cangrejo ermitaño; tenía los ojos grandes y pendulares. Cerca
de mi boca había dos pares de antenas no muy largas, y en mi cuerpo,
en forma de tenazas, seis pares de miembros moviéndose como las
patas de una araña. Habitaba en el interior de una concha abandonada,
cuya abertura la tapaba con mi pinza derecha, mientras mis extremidades,
que seguían a mis pinzas, se arrastraban a tientas, evitando los
obstáculos.
Vivía, como suele suceder
en la dimensión onírica, cerca de una playa tropical, debajo
de las piedras de coral, asediado de algas marinas y grandes colonias de
invertebrados nadando en derredor. Aunque mis enemigos acudían en
bandadas a explorar los territorios de mi dominio, no abandonaba la concha
ni aun estando en los parajes rocosos que me servían de refugio,
pues hasta en los vericuetos más insondables, en las cuevas y pequeñas
oquedades, me acechaba el peligro y la muerte.
Cuando la brisa se arrastraba sobre
la arena y los bañistas se retiraban de la playa, trepaba por los
pináculos rocosos que se levantaban formando una pirámide
submarina, sobre las que nadaban en apretadas formaciones miles de peces
que, a la luz del poniente y en las aguas color turquesa, parecían
criaturas deambulando en un paisaje enigmático, casi paradisíaco.
En la isla, sobre la arena todavía
tibia, abandonaba la concha, amarraba un cinturón de hierba alrededor
de mi tronco y trepaba hacia las ramas del cocotero. Arrancaba el fruto
y lo dejaba caer sobre la arena, le quitaba las fibras una por una, desde
el punto donde se encontraba el ojo del coco. Luego hacía una abertura
con mis pinzas, raspaba la pulpa y me la comía a mi regalado gusto.
Después me metía en la concha con la misma lentitud con que
la abandonaba y, arrastrándome sobre mi abdomen, volvía hacia
el fondo rocoso de mi guarida, donde no llegaba el ruido de las agitadas
olas, salvo el siseo de los otros cangrejos que poblaban esos ámbitos
poco iluminados del mundo marino.
Así viví en el sueño,
hasta la última vez que salí a la superficie, ansioso por
comer la pulpa refrescante de un coco. Me arrastré por la arena
húmeda, dejando mis huellas allá donde no llegaban las olas.
Trepé al cocotero, corté un fruto con mis pinzas y lo dejé
caer sobre la arena. Después me dispuse a bajar retrocediendo, hasta
que de pronto perdí el equilibrio y, dando volteretas en el aire,
me descalabré mortalmente. Mis pinzas se quebraron con un ruido
sordo y mi cabeza se partió cual un cántaro de barro. Ahí
permanecí inmóvil, de espaldas, mirando el cielo por entre
las hojas del cocotero.
Al despertar, las piernas separadas
y los brazos cruzados, sentí un dolor intenso en la nuca y la espalda.
No me pregunten el motivo de tal dolor, lo desconozco, pues lo cierto es
que en el sueño, donde me transformé en cangrejo ermitaño,
existe un misterio hasta hoy desconocido por los psicoanalistas y aficionados
a la interpretación del subconsciente humano. Si algo recuerdo,
a plan de forzar la memoria, es que el sueño lo experimenté
después de una tremenda borrachera. Sin embargo, ésta no
es la única ni definitiva explicación, sino apenas un detalle
que nos aproxima al porqué del dolor que sentí a tiempo de
abrir los ojos.
En realidad, para quienes aún
tengan dudas, el cangrejo ermitaño de mi sueño era una alegoría
de mi vida, debido a que forma parte de mi personalidad más íntima.
Soy arisco con los desconocidos y casi nunca salgo de mi escritorio, donde,
con el transcurso de los años, logré establecer un ámbito
hecho a mi manera, con los personajes de la realidad y los fantasmas de
la imaginación. La soledad, que para algunos es un fatal castigo,
en mi caso constituye una hermosa compañera, con quien convivo día
a día, brazo a brazo, sin otra esperanza que la de evitarme un sueño
en el que se me acabe, así nomás, la libertad de haber elegido
una vida apartada de la superficialidad y la hipocresía. No, no
se imaginen lo peor, ya que una vida hecha de quietud y silencio es también
un modo de alcanzar la felicidad a costa de crecer hacia adentro y no hacia
fuera. No soy el primero ni el último en experimentar la satisfacción
que produce una vida de anacoreta, pues hay algunos que la ejercieron y
la ejercen por oficio o afición, ahí tenemos al Asterión
de Borges, quien, ante las acusaciones de soberbia, misantropía
y locura, decía: “Es verdad que no salgo de mi casa, pero también
es verdad que sus puertas (cuyo número es infinito) están
abiertas día y noche a los hombres y también a los animales.
Que entre el que quiera”.
Está comprobado que el sueño
de la razón produce monstruos, como advirtió Goya, el pintor
español que intentó retratar, a fuerza de lápices
y pinceles, los fantasmas que habitan en los cuartos oscuros de la memoria,
mucho antes de que los psicoanalistas nos acercaran a la interpretación
de los sueños, con explicaciones que no siempre satisfacen nuestra
curiosidad y nuestro afán por desentrañar los misterios inherentes
a los sueños que, como en mi caso, son cada vez más metafísicos
y macabros.
Víctor
Montoya
Escritor boliviano
radicado en Suecia
montoya@tyreso.mail.telia.com
http://sololiteratura.com/victormontoya.htm
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