Tortura en Argentina
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Una
visión insólita
de la tortura
Víctor
Montoya
En una exposición
fotográfica realizada en el Museo de la Edad Media en Estocolmo
sobre el tema del castigo y la tortura medieval, me impactó la imagen
de una mujer desnuda, quien, las manos y los pies atados debajo de las
rodillas, yacía en posición fetal en el fondo de un recipiente
de cristal, donde el agua parecía moverse como en un nivel, mientras
ella sostenía el último atisbo de vida, los ojos y los labios
apretados de pavor.
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La imagen, que tenía el aspecto
de una piltrafa humana conservada en formalina, representaba a una mujer
acusada por el Santo Oficio de sostener pactos con el diablo y practicar
actos de brujería, y, por eso mismo, condenada a una muerte lenta
pero atroz.
La Inquisición, cuyas bases
fueron sentadas en el concilio de Verona en 1183, representó no
sólo la concreción de una mentalidad retrógrada que
impregnó la historia medieval, sino también a una maquinaria
que hizo posible la proliferación de torturas y quemas de supuestos
herejes, como todas las ejecuciones que seguían a los autos de fe,
con sus hogueras y sus víctimas ataviadas con sambenitos.
Las mujeres, acusadas de brujería,
eran conducidas a las cámaras de tormento, donde los verdugos doblegaban
la voluntad más firme. Se las mandaba a poner en potro, se les ligaba
los brazos, las piernas y el cuerpo. Las torturaban hasta el suplicio y
las hacían arder como antorchas en la hoguera.
Algunas sufrieron el dolor del empalamiento,
que era todo un arte de tortura durante la Inquisición. Consistía
en atravesarlas con una estaca por la boca, el pecho o el ano. La estaca
debía ser lo suficiente sólida para sostener el peso del
cuerpo. Primero se redondeaba la punta y luego se la untaba con aceite,
con el fin de procurar la muerte lenta de la víctima. Cuando se
había introducido la estaca en el ano, la infortunada era levantada
para que se hundiera gradualmente hasta quedar ensartada.
A las madres solteras las despeñaban
de una montaña o las fondeaban en el lago, entretanto a las adúlteras,
encadenadas de pies y manos, las paseaban por las calles y las desvestían
en público, delante de los verdugos que hacían chasquear
el látigo contra la piel.
La tortura más cruel, sin
lugar a dudas, era la “prueba del agua”, que consistía en sumergir
a la acusada en un recipiente, como en esa fotografía que me despertó
los recuerdos del pasado, pues quien haya sufrido el tormento en carne
propia, sabe que ese acto inhumano y despiadado es más doloroso
que la muerte y el olvido. Me refiero al “submarino”, a ese método
de tortura al que fui sometido durante la dictadura militar de Hugo Banzer,
y que consiste en sumergir al preso, colgado de los pies, encapuchado y
las manos atadas a la espalda, en un recipiente de aguas servidas.
¿Qué hizo tan temible
a la Inquisición? Pienso que ese despotismo draconiano cuyos métodos
se repitieron durante el nazismo y la “Operación Cóndor”:
la represión sistemática, la censura y las torturas, que
tenían la brutal consecuencia de marcar de por vida y llevar el
martirio al límite de la pesadilla. En este contexto, los latinoamericanos
fuimos perseguidos y torturados por el simple “delito” de haber simpatizado
con las ideas libertarias y habernos opuesto a la brutalidad de las dictaduras
militares, del mismo modo como les ocurrió a quienes cuestionaron
la función arbitraria de la Iglesia Católica durante la Inquisición,
que desató una ola de persecución contra miles de llamados
herejes, quienes acabaron sus días en la prisión, la tortura
y la hoguera.
La Inquisición fue abolida
en 1834, pero la tortura y la mentalidad que la alentó supo sobrevivirla.
De ahí que en América Latina, por citar un caso de esta historia
letal, sobran los dedos para contar las naciones cuyos gobiernos se abstuvieron
de aplicar la tortura como instrumento de escarmiento y humillación.
Por otro lado, en medio de la violencia
provocada por el terrorismo de Estado, han sido miles, quizás millones,
quienes fueron sometidos al suplicio. En Uruguay, en tiempos de la dictadura,
había un preso por cada 500 habitantes, en Paraguay se echaba en
prisión al primero que opinaba en contra del régimen de Strossner,
en Chile la palabra “tortura” pasó a ser parte del lenguaje coloquial
y en Argentina, donde innumerables presos desaparecieron en las mazmorras,
todos los sectores de la sociedad resultaron afectados por la brutalidad
de los aparatos represivos que pretendían combatir la subversión
por medio de la tortura y el terror institucionalizado.
Es suficiente pensar que la tortura,
esta práctica atroz vigente en todo el mundo, sigue siendo el instrumento
más eficaz para lograr la información requerida, para amordazar
conciencias y sembrar el pánico entre quienes rompen las normas
establecidas por los sistemas de dominación. La tortura, aun no
teniendo nombre ni rostro, es ejecutada por individuos que asumen la función
de verdugos, como si dentro de ellos cargaran una bestia o un asesino potencial.
En todo caso, para cualquiera que
haya sufrido las secuelas de la tortura, contemplar la imagen de una mujer
asida y sumergida en el agua, no sólo es un golpe a la lógica
y la razón, sino también una suerte de radiografía
de uno mismo, al menos cuando la fotografía tiene la fuerza de reproducir
ese trauma personal que habita en el pozo de la memoria.
Víctor
Montoya
Escritor boliviano
radicado en Suecia
montoya@tyreso.mail.telia.com
http://sololiteratura.com/victormontoya.htm
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